El Planeta de los… Paticortos

Por todos es conocido que las modas vienen y van, normalmente alentadas por astutos intereses comerciales que no dudan en apostar estratégicamente por lo incesantemente nuevo para así generar incesantemente nuevas ansias de comprar.

En lo que respecta a nuestra indumentaria, esto ocurre también, amparando los cambios que se nos proponen a partir de novedosas tendencias, rompedores estilos y rabiosa modernidad, en una suerte de carrera atropellada sin fin que a todos nos obliga a permanecer constantemente en guardia continua para ajustar coherentemente nuestra imagen a la contemporaneidad.

No dudo que las modas en el vestir parten de un cierto paradigma de honestidad que, aunque comercialmente interesada, tiene un buen fondo de verdad: pretenden favorecer, mejorando (de alguna u otra forma) la imagen de aquellos que las siguen. Para ello y pese a tantos cambios propuestos en la historia de la Humanidad, las modas nunca han traicionado las leyes más básicas de la estética universal. Aquellas que definen las proporcionalidades del cuerpo humano, que han sido invariantes desde la antigüedad y fueron inmortalizadas en el Renacimiento por El Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, generando con posterioridad las bases de algunas de las más bellas obras maestras de la Pintura o la Escultura con las que hoy nos podemos deleitar.

¿Nunca han traicionado…? Pues no. Este respeto a toda una histórica unanimidad estética, por primera vez, se ha perdido con el comienzo del siglo XXI. Siglo en el que decidida y descaradamente se nos ha invitado al mayor despropósito hasta la fecha imaginado: que acortemos dramáticamente, aunque solo de forma visual, la longitud de nuestras extremidades inferiores en un imposible acercamiento involucionista a nuestros ancestros los primates, tal y como aparecía en aquella famosa película protagonizada por Charlton Heston y que luego continuaron más.

Efectivamente, uno de los rasgos comúnmente aceptados de belleza (en humanos y también en animales) es la longitud de sus extremidades, considerándose que aquellas especies que las disfrutan largas (caballos, gacelas, felinos, etc.) componen de sí mismos una imagen mucho más armoniosa que quienes deben conformarse con permanecer siempre más cerca del suelo que les sirve para caminar (reptiles, cerdos, patos, etc.). Hasta ahora y en todo momento se había profesado una evidente admiración hacia aquellas personas a las que la naturaleza les había regalado unas piernas largas, pero en la actualidad esto ha cambiado radicalmente y todos parece ansiamos tenerlas cortas, misión bien fácil con solo ajustarnos uno de tantos pantalones de talle y tiro ultra-bajos que inundan los escaparates de los comercios de nuestras ciudades. Si Mario Moreno Cantinflas levantase la cabeza no daría crédito a una moda que, cuando él (sin saberlo) la creó, le sirvió para triunfar como ilustre cómico del atrabiliarismo indumentario y la voz singular.

Por una razón de exhibicionismo hormonal, es evidente que los primeros en adoptar las nuevas modas son los más jóvenes y que tras ellos, atraídos por imitar la ansiada imagen fresca de la juventud, vienen los grupos sociales de más edad. Esto lo sabe bien la industria de la moda, de ahí que el blanco de todas sus propuestas se dirija a la adolescencia, pues ya se encargará gratuitamente esta de influir poderosamente en sus hermanos mayores o incluso en sus padres, todos deseosos de aparentar .

Pues bien, ¿qué justifica el que por primera vez la moda haya traspasado la inviolada frontera estética de la proporcionalidad? Solo puede haber una explicación a ello: la extrema generalización social de la influenciabilidad como rasgo distintivo de unos tiempos que no fomentan la personalidad. Nunca como ahora las personas han estado sometidas a tantos estímulos externos que, pudiendo ser fuente de conocimiento, solo ejercen de peligrosos manipuladores de mentes al faltar generalmente su contrapeso necesario: el desarrollo personal del Criterio Propio como único recurso válido para ejercer la independencia individual.

En el río de la vida, dejarse llevar por la corriente general siempre será más cómodo y descansado, aunque ello nos pueda condenar a ser súbditos del desnaturalizado y cómico Planeta de los… Paticortos, algo de lo que el futuro se reirá sin parar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

¿Cuántos años “tienes”…?

Esta pregunta es quizás una de las más comprometidas de cuantas cotidianamente suelen formularse, pues quien responde cree (erróneamente) que debe informar sobre los años transcurridos desde el de su nacimiento (su edad) y eso parece se ha convertido en el mayor secreto a guardar en un mundo gobernado por la tiránica imposición de aparentar una eterna imagen de mocedad.

Pero ser joven, para todos los que ya lo hemos sido, sabemos lo que representa: mucho ruido y pocas nueces, al no haber correspondencia equitativa alguna entre la riqueza exterior (el cuerpo) con la interior (la mente), de manera general. Correspondencia que el sabio transcurso del tiempo, en una suerte de ying/yang-escos vasos comunicantes, se encargará siempre de equilibrar.

La cuestión de la edad cronológica debería ser secundaria, pues los años vividos no pueden volverse a vivir y por lo tanto son imposibles ya de aprovechar. El único y gran patrimonio que pueda atesorar cada cual es el tiempo que le resta por gastar. Los años que tenemos no son los vividos, sino los esperados, pues si algo se tiene es para usarlo y no para deberlo guardar. Esta es, sin duda, la verdadera paradoja del tiempo en cualquier momento de la humanidad.

De este modo, ¿cuántos años tienes…?, resulta ser una difícil pregunta a responder porque nadie conoce cuánto tiempo le queda por vivir y parece ser que la mayoría ni siquiera quisieran saberlo, postura pueril donde las haya, pues la posibilidad de concretar con cuanto contamos siempre nos permitiría mejor poderlo administrar.

Además, hay otro factor que es tan o más determinante que la perspectiva de vida futura y no atiende tanto a la cantidad cuanto a la calidad. Se trata de cómo vivir los años que nos puedan quedar. Los veinteañeros parecen ser unos privilegiados por contar con un largo horizonte vital, privilegio solo potencial porque de cómo lo vivan dependerá el cómo lo lleguen a aprovechar. Quien ya ha cumplido la sesentena no debiera creerse con menor valor que el joven, si en su voluntad está el maximizar el aprovechamiento del tiempo que todavía tiene en lugar de sestear

A un año de cumplir los cincuenta confieso no saber cuántos años tengo (por vivir), pero si puedo asegurar que los quiero disfrutar sin mirar atrás y con la ilusión de contar con una oportunidad para mejorar cada día un poco más… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Mi Pregunta más Poderosa

Soy de los que piensan que una pregunta siempre vale más que mil respuestas pues, estas, realmente solo lo son si antes se formula aquella. Además, la pregunta abre los caminos que las respuestas tienden a cerrar. Preguntarse por todo lo que es y debe ser de nuestro interés es la mejor forma de sabiduría pues saber no es aceptar, almacenar y detenerse, sino cuestionar, aligerar y avanzar.

El conocimiento humano necesita de la pregunta que, como el disparo de un arcabuz, se expande en todas sus posibilidades de contestación para ofrecernos la oportunidad de poder elegir la respuesta más nos pueda interesar. Si entender lo que nos rodea es necesario, entendernos a nosotros mismos es imprescindible y anterior. Todo proceso de conocimiento comienza desde el yo (por ser lo más próximo) y continua necesariamente hacia el ello, en un recorrido eternamente circular.

Pero para conocerse bien es conveniente no aceptarse totalmente, evitando así el peligro de dar por cerrada una realidad personal (la actual) que siempre puede ser susceptible de mejorar si evitamos la autocomplacencia y la resignación vital. Cuestionar constantemente nuestro caminar nos puede llenar de inquietud, esa que paradójicamente siempre es necesaria para movernos a cambiar a otra ruta que nos permita avanzar más.

En mi trabajo como Coach utilizo mayoritariamente la pregunta como recurso movilizador de las conciencias y espejo reflectante de las idiosincrasias para conseguir los objetivos deseados. Preguntar no es difícil, aunque hacerlo atinadamente para acertar en la diana racional y emocional de cada cual representa el reto más importante de quienes nos dedicamos a esta actividad.

Mi experiencia me ha permitido llegar a manejar una numerosa colección de Preguntas Poderosas (así se las llama en Coaching) que utilizo predeterminadamente con quien y cuando conviene. De todas ellas, si desgraciadamente tuviera que elegir solo una como la más incisiva, holística, movilizadora, comprometedora y desencadenante de reflexiones vitales, seria esta:

Elige solo tres palabras que definan exactamente (cada una de ellas), como ha sido tu vida pasada…, como es la presente… y cómo será la futura…

De las respuestas depende el futuro de cada cual… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

La Resiliencia… ¡hoy más que nunca!

Resiliencia

La Resiliencia (del latín resilio o volver a atrás) es un término que inicialmente fue utilizado por la Ingeniería con objeto de definir la capacidad que tiene un material para recobrar su forma original tras estar sometido a una presión deformadora. En los años setenta del pasado siglo la Psicología Positiva lo incorporó a su doctrinario identificando como resiliente a todo individuo que, frente a las adversidades, desarrolla un fuerte espíritu de lucha y adaptación que le permite reconstruirse y desarrollar valiosas propuestas de futuro para él y los demás.

Para mi desgracia pero inevitablemente, de nuevo vengo con nuevos términos que tienen otros antecedentes mucho más reconocibles en nuestro acervo lingüístico tradicional. En este caso, podríamos decir que una persona resiliente es algo similar a lo que siempre hemos conocido por estoica (fuerte ante la adversidad y la desgracia) pero, ¡qué le vamos a hacer!, en ocasiones parece que lo nuevo siempre es mejor y más apropiado aun sin muchas veces serlo.

Una de las tipologías humanas que más interés despierta a los biógrafos o los directores de cine es la de esos personajes que han construido su vida a partir de una sola ley: levantarse siempre una vez más de las que se han caído. Ejemplos como Gandhi, Nelson Mandela, Stephen Hawking, Ana Frank, Teresa de Calcuta o muchos de los grandes personajes del mundo pre-contemporáneo son arquetipos del espíritu de flotabilidad que distingue a los triunfadores de aquellos que se resignan a asumir calladamente sus circunstancias. Pero como aquellos y sin conocerlos, estoy convencido de que existen otros muchos que de forma más anónima han construido sus vidas desde el compromiso asumido con su futuro y la entereza de ánimo necesaria para lograrlo.

No hay una sola receta que asegure como implementar exitosamente la Resiliencia en nuestra vida sino que, como toda buena paella, es un conjunto de ingredientes que sabiamente combinados ofrecen un resultado muy apetecible.

Los diez más determinantes, quizás podrían ser:

1- Autoestima: La positiva percepción que se tiene de uno mismo.

2- Introspección: La auto-observación ecuánime.

3- Independencia: El mantenimiento de la necesaria distancia física y emocional ante lo que nos afecta sin caer en el aislamiento.

4- Sociabilidad: La tendencia a establecer lazos emocionales con los demás.

5- Iniciativa: La capacidad de fijarse metas y caminar hacia ellas.

6- Sentido del Humor: La práctica constante en la búsqueda del lado cómico de la vida.

7- Creatividad: La innovación dentro de la rutina.

8- Empatía: La orientación hacia la comprensión de las circunstancias que afectan a los demás.

9- Pensamiento Crítico y Analítico: La reflexión sobre las causas de la adversidad y la identificación de sus soluciones.

10- Perseverancia: El mantenimiento firme en las actuaciones necesarias para la consecución de los objetivos propuestos.

Ser resiliente, más que una virtud, hoy en día es una necesidad ante esta compleja realidad que no facilita nada y exige mucho a quienes miran la vida con las ganas de ser cada día algo más… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Los Jefes Autocráticos

Todos cuantos desarrollan su vida laboral como empleados por cuenta ajena (incluso algunos de los… por cuenta propia) han tenido un Jefe, lo tienen o lo tendrán. Mientras el sistema de gestión directiva de las empresas y organizaciones continúe apoyándose exclusivamente en la jerarquía de poder, los Jefes seguirán existiendo y desgraciadamente, en la mayoría de los casos, serán un mal difícil de evitar.

Pero… ¿realmente son todos los Jefes un mal ineludible? Algunos los hay que son un bien valioso, los Líderes, cuya diferencia con los otros es muy sencilla y parte de su propio nombre: al Jefe le gusta jefear y al Líder, liderar. Jefear es el mal arte de mandar mientras que liderar lo es del buen invitar. Es Jefe quien puede y Líder quien quiere, pues el Jefe necesita del poder que le da el cargo tanto como el Líder solo de su propia valía personal.

Una de las principales características que distingue al Jefe es su pertinaz tendencia a que los demás hagan todo a la manera propuesta por él, entendiendo que nunca hay alternativa ni solución que mejorar. El porqué, cómo, cuándo y dónde de cada acción o tarea no admiten discusión a su entender, pues la imposición es la seña más propia y distintiva de su autocrática identidad.

Los Jefes autocráticos ejercen como el mejor papel secante del talento de los miembros de su equipo y lo que es peor, ello sin saberlo, pues esa no suele ser su voluntad consciente al no ser malas personas de suyo, sino malos profesionales de facto en su actuar. Su gran problema es el miedo atávico y la aversión al riesgo siempre asociado a que una tarea se realice de manera distinta a la habitual. Su exacerbado yoismo se une con la seguridad que albergan de saber siempre más que los demás o en su caso, de intentarlo aparentar.

Los Jefes autocráticos desconocen el muy actual concepto de Empoderamiento (Empowerment), esa recomendable práctica directiva que consiste en conferir la necesaria autonomía a los colaboradores para que decidan por sí mismos en aquellas cuestiones que pertenezcan a su ámbito de responsabilidad. Así, la experiencia ganada les capacitará para desarrollarse como mejores profesionales, aportando paulatinamente más valor a su empresa y mayor autoestima a su personalidad.

¿En cuántas ocasiones nos hemos cruzado con un Jefe Autocrático al estilo de Max y Max?…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

¡Digan lo que digan… los demás!

Sin duda alguna la Diferenciación se constituye hoy en día como el principal factor crítico de éxito para todos aquellos (instituciones, organismos, empresas, profesionales o particulares) que aspiran a progresar para conseguir sus objetivos propuestos. Solo lo distinto es merecedor de una atención que cada vez es más difícil captar en este mundo, tan curado de espanto y al que ya se le han administrado todas las vacunas que quedaban de sorpresividad.

En la exitosa moda actual española de emisiones televisivas de biopics (biografías llevadas al cine) sobre personajes relevantes de los últimos cuarenta años de nuestra historia (Juan Carlos I, la Duquesa de Alba, Adolfo Suarez, Alfonso de Borbón, Paquirri, Lola Flores, etc.), recientemente pudimos ver el correspondiente a Raphael, en mi opinión, la mejor voz masculina de música ligera nacida en España (aún por delante de los formidables Nino Bravo y Camilo Sesto).

No todos estarán de acuerdo con esta valoración musical sobre Raphael pero si con la constatación de que se trata de una estelar figura de la canción que, tras cincuenta años de carrera profesional, todavía sigue llenando auditorios. ¿Por qué?

Raphael es diferente y esa distinción caracterizada tanto por su aterciopelada y envolvente voz (le llamaban… la voz de humo) como por su singular y muy personal teatralidad escénica, le ha posicionado en un lugar muy destacado de la atención de los demás. Atención en ocasiones muy crítica, que ha sido musicalmente contestada y defendida por el cantante con exitosas piezas reivindicativas compuestas por Manuel Alejandro como Digan lo que digan o Que sabe nadie.

Ya lo cantaba también otra veterana figura de la canción española como lo es Juan Manuel Serrat: Cada quien es cada cual…, en clara alusión a la especificidad como personas que cada uno de nosotros llevamos dentro pero que, desgraciadamente, nos obstinamos en acallar para transitar hacia esos terrenos anónimamente más cómodos en la que nos instala la confusión mimética con la multitud.

Desde que nacemos nos educan en la tradición y las costumbres que, siendo enriquecedoras pues testimonian mucho de la sabiduría del pasado, nunca deberían llegar a condicionar las potencialidades de los miembros de una colectividad que, sin lugar a dudas, puede ganar más con el impulso que con la inmovilidad. Las sociedades que fabrican individuos que se limitan a reproducir lo instaurado se aseguran su continuidad, pero no su progreso.

Asumir dócilmente las formas de vida de nuestro alrededor sin el necesario cuestionamiento sobre su idoneidad con uno mismo se configura como la peor de las autocensuras y la mejor resignación.

Ser y hacer lo mismo que los demás, viviendo a la defensiva, es el mayor seguro para preservarnos de las miradas y las críticas ajenas pero nunca nos garantizará la felicidad que supone el ejercicio de demostrar nuestra rica singularidad, pese a todo lo que puedan decir y digan… los demás.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

“Amador”

Todos desembarcamos en la vida acompañados por las fichas de un rompecabezas personal que compone la imagen de aquello que podrá dar de sí nuestro futuro, siendo misión de cada cual el esforzarse por juntarlas para aprovecharlo plenamente.

Algo de esto cuenta Amador, el anciano “amador” protagonista de la película del mismo nombre dirigida por el más socialmente comprometido guionista del cine español, Fernando León de Aranoa (“Familia”, “Barrio”, “Los lunes al sol”, “Princesas”, etc.) y estrenada recientemente en España, por desgracia y a tenor del público asistente a las sesiones, parece que con la calificación de “para mayores de treintaytantos años”.

Amador” es la mejor película de Fernando León hasta la fecha por su tiralineado guión de precisión, que se abre para finalizar cerrándose sobre sí mismo sin olvidar nada de lo inicialmente propuesto. En un tono deliberadamente tragicómico (quizás algo excesivo y estereotipado en los casos del cura y la veterana prostituta) y con un tempo calculadamente parsimonioso (su director parece hacer honor al nombre de la productora que el mismo ha creado: “El Reposo”), los acontecimientos nos golpean con la brutalidad lacerante de una injusta realidad contemporánea que siendo dolorosamente innegable, muchos todavía quieren ignorar.

Si las omnipresentes flores que aparecen en la película ejercen de frágiles metáforas inodoras sobre la futilidad de la vida actual, los tres rompecabezas que articulan la historia (el de la “Vida” de Amador, el del “Desamor” de Marcela y el de la “Infidelidad” de Nelson) nos hablan de la necesidad de construir sin descanso todo lo que tiende, también sin descanso, a despedazarse constantemente a nuestro alrededor (siempre he pensado que la vida consiste en construir, sin solución de continuidad, un castillo de naipes que tiende a caer constantemente, bien por su propia fragilidad o bien porque nos lo derriban).

Amador no completará el puzle de su vida (impagable el primer plano de su mano inerte con una de las últimas fichas a modo de crucifijo responsorial), dejando un gran amor por vivir y traspasando la tarea de finalizarlos (el puzle y el amor) a su desclasada cuidadora Marcela, quien prolongará su vida en la del hijo que está esperando.

A Amador, como a tantos otros, le faltó tiempo para concluir su vida, quizás porque lamentablemente la comenzó “demasiado tarde…”. La vida no tiene espera pues, por más larga que pueda ser, siempre será “demasiado corta…”. En el cartel anunciador de la película aparece… “Somos nuestras decisiones”.

Mi agradecimiento a Fernando León por la inalterable entereza de sus propuestas cinematográficas sin concesiones a la torticera hipocresía que nos invade y por compartir hace años en el Centro Cubano de Madrid una singular cena conmigo y con mi hermana, por aquel entonces cuando ellos eran pareja.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Nacer para Vender

Muchos piensan que para vender hay que nacer pero yo opino que nacemos para vender.

Mi primer trabajo oficial aconteció, una vez finalizados mis estudios universitarios, cuando fui contratado para desarrollar funciones comerciales en la oficina principal de una conocida entidad financiera en el centro de Valencia. Hasta la fecha nunca había vendido profesionalmente o de ninguna otra forma y la verdad, ni me sentía preparado para ello (no conocía nada acerca del mundo financiero y mucho menos sobre el comercial) ni mi idiosincrasia (tímido e introvertido) se ajustaba al perfil ideal que requería el puesto laboral, por lo que la confianza en el éxito de mi futuro no era muy elevada. A los tres meses conseguí abrirle una cuenta de nueve cifras (en antiguas pesetas, claro) a El Corte Inglés y una semana más tarde me nombraron director de una sucursal urbana. Tras ella vinieron otras cinco cada vez mayores y luego una dirección provincial. Siempre vendiendo. En 2002 reorienté satisfactoriamente mi trayectoria profesional hacia el Business Coaching, cuyos servicios ahora también debo seguir vendiendo.

Continúo siendo la misma persona tímida e introvertida de siempre y no creo conocer muchas más técnicas de venta que cuando comencé, aunque reconozco que la experiencia me ha facilitado un poco la mejora.

Mi caso, en realidad, no es muy diferente al de tantos otros profesionales que han obtenido éxitos comerciales sin estar predestinados a ello. ¿Dónde está entonces la explicación?

Yo creo que para vender en el mundo profesional, ni se nace ni uno se hace, pues la venta (en todos los sentidos) es un ejercicio obligado en el conjunto de nuestra vida. Desde que nacemos y debemos convencer a unos extraños (luego los llamaremos padres) para que nos alimenten justo cuando tenemos hambre, hasta que morimos y dejamos en manos de otros (nuestros hijos) el que queremos sea el destino final de nuestros huesos. Entre los padres y los hijos, todas las demás personas que hemos conocido han sido objeto de nuestras ventas personales.

Nacemos para vender pues todo en la vida es una necesaria transacción constante, que nos obliga a establecer millones de acuerdos ganar/ganar para obtener lo que queremos. Todos vendemos en cada momento sin normalmente saberlo y lo hacemos efectivamente porque, de una manera u otra, hemos desarrollado inconscientemente técnicas comerciales muy personales que adecuamos a nuestra particular idiosincrasia para avanzar hacia la consecución de nuestros propósitos.

Todos sabemos vender, pues de lo contrario no sobreviviríamos. Por tanto, si en nuestra vida tenemos los ejemplos que lo demuestran, hay que buscarlos y re-aprender de ellos.

El primer día que tuve que vender en la calle los productos financieros del banco en que comenzaba a trabajar me di cuenta de ello y desde entonces no lo he olvidado… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Las tres Claves del Éxito: 3-El Esfuerzo

Ganarás el pan con el sudor de tu frente (La Biblia, Génesis 3:19), frase bien conocida por todos y que con más de dos milenios parece que no ha perdido vigencia desde entonces, si bien ahora la deberíamos matizar.

Pero no solo el libro sagrado de los cristianos nos habla del Esfuerzo, pues el concepto es tan universal que no distingue de religiones ni épocas, llevando al consenso a todo aquel que ha escrito su nombre en el recuerdo de la historia del pensamiento:

·        Jamás el esfuerzo desayuda la fortuna, Fernando de Rojas

·        Nuestra vida vale lo que nos ha costado en esfuerzo, François Mauriac

·        Una habilidad mediana, con esfuerzo, llega más lejos en cualquier arte que un talento sin él, Baltasar Gracián

·        Lo que hagas sin esfuerzo y con presteza, durar no puede ni tener belleza, Plutarco

·        Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado, Mahatma Gandhi

·        El secreto de mi felicidad está en no esforzarme por el placer, sino encontrar placer en el esfuerzo, André Gide

El Esfuerzo, impuesto o elegido, posiblemente no deviene por un castigo divino sino por el simple hecho de que en lo material (adquirir una vivienda, cambiar de vehículo, etc.), todavía en el siglo XXI no hay suficiente para todos, por lo que se genera un valor de compra que hay que pagar. De otra parte, en lo inmaterial, no dándose estas consideraciones economicistas, también ocurre que aquello que más apreciamos lo hemos conseguido siempre con Esfuerzo (conservar un amor, confiar en uno mismo, conseguir el reconocimiento de los demás, etc.). El Esfuerzo es una realidad incuestionable en nuestra vida y por ahora, no es evitable si queremos obtener buenos resultados.

Lo cierto es que el Esfuerzo como concepto, aunque ha persistido inalterable durante los siglos, no ha mantenido el mismo grado de exigencia en las personas a lo largo de la Historia, pues la evolución global conseguida por el ser humano ha ido facilitando paulatinamente su tránsito por la vida. De aquí que la frase de apertura de este artículo, ahora deba entenderse en el contexto actual de los países desarrollados (en otros, desgraciadamente es plenamente aplicable) y sea extensiva a otros aspectos de nuestro caminar vital.

Esta palpable realidad (acelerada desbocadamente en la última generación), ha configurado una sociedad desentrenada en el Esfuerzo y que por tanto lo evita habitualmente o lo aborda, en su caso, cuando no tiene más remedio y con temor e incapacidad. En mi experiencia personal como corredor aficionado, pronto aprendí que el entrenamiento necesario para afrontar con garantía un maratón no era tan solo físico sino también muy psicológico, al tener que acostumbrar asimismo a la mente a afrontar y persistir en el Esfuerzo, por ejemplo no aflojando el ritmo de carrera o resistiendo las frecuentes y sugestivas tentaciones de abandonar.

Por tanto, en la mejora de nuestra capacidad de Esfuerzo también cabe el entrenamiento que (al igual que en el mundo del deporte) se aconseja sea progresivo, buscando inicialmente retos cuya sencilla consecución nos encamine a enfrentarnos a otros de mayor complejidad. Afrontar empeños que requieren grandes dosis de Esfuerzo sin el conveniente acostumbramiento al sacrificio que conlleva es la mejor garantía para fracasar.

El Esfuerzo es la tercera y última Clave para el Éxito que, precedida por la Actitud y por la Aptitud, ejerce como la espoleta del explosivo de nuestra potencialidad como seres humanos y con las demás, nos puede garantizar aquello que es a lo máximo que siempre podremos aspirar:

¡¡¡Llegar a ser la mejor versión de uno mismo!!!

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Las tres Claves del Éxito: 2-La Aptitud

Si en mi anterior artículo hablaba de la Actitud como una de esas tres Claves del Éxito para triunfar en la vida y cuyo carácter es básicamente predisposicional, en este lo haré sobre la Aptitud (del latín aptus o capaz) más vinculada a lo que sabemos y como lo aplicamos, es decir a lo competencial.

¿Quién no ha oído esa conocida frase que dice… fulanito es muy competente? Suena bien y todos sabemos lo que significa: que fulanito hace muy bien las cosas. Cuando alguien es capaz de realizar con excelencia su cometido (profesional o personal) es competente y por tanto podemos decir que reúne la Aptitud necesaria para desempeñar exitosamente sus tareas.

Pero… ¿qué se necesita para tener Aptitud? Solo dos condiciones: saber y aplicar.

Saber es indispensable para conocer cómo desempeñar un cometido. El conocimiento adquirido nos ahorra el tener que descubrir por nosotros mismos, en cada momento, el cómo hacer algo nuevo. La traslación del saber (anterior y nuevo) de una generación a otra es lo que nos permite avanzar como especie en la naturaleza pues esas mismas generaciones pueden disponer del tiempo necesario para reflexionar sobre nuevos retos del conocimiento. De otra manera, siempre estaríamos dándole vueltas a lo mismo en un bucle sin fin, con el único y parsimonioso progreso que establecen las leyes darwinianas.

El saber se adquiere por la formación, que nos garantiza la comprensión teórica del mundo pretérito y del contemporáneo. Formarse es indispensable hoy, pero también lo es mañana pues todo cambia y se impone la actualización permanente. La formación, arrinconada habitualmente en la primera etapa de nuestra existencia, solo puede ser garantía de obsolescencia de no tener una vocación de continuidad vitalicia.

Pero solo el saber no garantiza la Aptitud, pues lo que conocemos debemos también aplicarlo. Aplicar de forma adecuada lo que en nuestra vida hemos aprendido se convierte en la alquimia necesaria para pasar de la teoría a la práctica. Es lo que comúnmente llamamos la experiencia o esa capacidad para poner en valor los conocimientos adquiridos con pleno aprovechamiento.

La experiencia normalmente se incorpora a lo largo del transcurso del tiempo (mayor o menor según el espabilamiento de cada cual) y ese tiempo es el que la sociedad no nos suele conceder en su exigencia de resultados inmediatos, urgiendo siempre la puesta en valor de las personas a la mayor brevedad posible. Brevedad que solo es factible alcanzar acelerando el pausado proceso natural experiencial mediante técnicas de Coaching (entrenamiento práctico), siempre más cercano al aplicar como la formación lo está del saber…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro