“Por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad”
Diego Luís Córdoba

Me llamo Antonio, soy varón y tengo la sensación de que la ONU se olvidó de mí al configurar su calendario anual de Días Internacionales. Esto no sería tan grave si no fuera porque, junto a la mía, la omisión alcanza a la mitad de la población mundial. El resto, desde hace más de un siglo, ya tiene en todos los marzos su representatividad.
En un intento por focalizar la atención mundial hacia aquellos asuntos globales y de interés que siendo relevantes requieren de una necesaria reparación, la Organización de la Naciones Unidas hace algunas décadas instituyó una suerte de internacional competición con el santoral cristiano al dedicar ciertos días del año al recuerdo, la publicidad y en algunas ocasiones a la reivindicación. Batalla presumiblemente perdida pues, no siendo festivos, su atractivo popular seguro es menor, pese a los esfuerzos exagerados de los medios de comunicación por darles notoriedad.
El pasado 8 de marzo, un año más, se celebró el Día Internacional de la Mujer, que si antes incluía lo de Trabajadora ahora parece que ya no. Quizás ello sea para no limitar la atención a uno solo de los aspectos que preocupan a las féminas y así aprovechar la jornada para extender el ámbito reivindicativo, además, a todo lo demás. Por ellas, sinceramente no me parece mal. Nunca quitaré a nadie su derecho a reclamar lo que considere merece, siempre que ello discurra por los cauces del respeto general.
Pero… ¿y yo? Soy hombre y no por ello carente de demandas también ante la sociedad, que algunas bien podría considerar propias de mi género pues estimo no solo son mías sino que afectan a muchos varones más (demandas que para no distraer el objeto de este artículo no es ahora el momento de identificar). ¿Cuál es la razón por la que, como hombre, no se me facilita también un Día de visibilidad y expresión internacional? ¿Será quizás por una suerte de condena secular al silencio que debo penar por los excesos pasados y presentes cometidos por aquellos varones que nunca me representarán? Pueda serlo, pero en mi opinión esto no es lo principal, pues si seguimos buscando soluciones por el camino de los bandos llegaremos al destino de los reinos (de taifas), enfrentados siempre pero obligados a cohabitar.
No puede haber mayor paradoja que la de pretender acercar en derechos y obligaciones a los dos géneros de la especie humana desde la reivindicación corporativa y particular de mujeres y hombres, cada cual por su cuenta y lugar (Día Internacional de la Mujer y si fuera el caso, Día Internacional del Hombre). Así, siempre iremos mal pues desde trincheras enfrentadas y armadas solo hay posibilidad de herir y matar, nunca de pactar.
Siempre he defendido el dialogo en mesa circular, donde posicionalmente nadie es de nadie pues todos se encuentran juntos al estar siempre en un mismo lateral. Por tanto, no se trataría de compensar buscando otro Día Internacional… para la defensa masculina sino más bien plantear uno solo, el de la Persona como tal y sea cual sea su condición sexual.
Incluso mejor, podría ser festivo, el que celebraría la ilusión por compartir desde la búsqueda del derecho a la equidad una vida que bien merece la pena juntos caminar…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Trabajar a pie de obra fue la dolorosa condena sentenciada al pecado de Adán que, según el relato bíblico, todos resignadamente hemos heredado a la espera de un milagroso indulto que ahora ya nos parece mucho más cercano por el efecto salvador del imparable desarrollo de los Sistemas de Información, que han logrado estrechar veloz y visiblemente la cintura del mundo actual.
Adán falleció, pero hoy algunos de sus descendientes se obstinan en que no nos llegue el perdón y así perpetuar el rito procesional sufrido en las horas punta de las jornadas laborables en la gran ciudad. Todos juntos a su sitio a trabajar y luego de vuelta a casa consumiendo el apretado tiempo del que mal disponemos y unos nervios que luego nos impiden disfrutar y descansar.
Si algo caracteriza a la Tercera Revolución Industrial (¿o es la Cuarta ya?) que ahora nos contempla es que precisamente ya no es materialmente industrial sino nebulosamente virtual, constituida a partir de nada que se pueda tocar pues se basa en la electrónica comunicacional. La geografía, como histórica condicionadora de nuestro actuar, ya no tiene ese sentido escolar cuando las distancias en lugar de medirse entonces en kilómetros ahora se calculan en un caudal de bits transferencial. Valencia puede llegar a estar más lejos de Alicante que de Paquistán para asombro de cualquier cartógrafo de un siglo atrás. De aquí a la teletransportación de personas y cosas parece que solo media el transito restante a una próxima Revolución Industrial.
La realidad del geométrico progreso tecnológico actual nos permite hasta que ya no sea imprescindible estar en cada lugar para interactuar, gestionando nuestra vida a una distancia tal que la Tierra parece una canica de cristal. Esto es tan así que, en muchas ocupaciones, bien parece no sería necesario desplazarse a trabajar si no fuera porque siempre hay alguien que no confía en nuestra honestidad, sospechando que la ausencia de presencia necesariamente derivará en fraude e impunidad.
No nos confundamos, el teletrabajo como alternativa generalizada laboral en el mundo empresarial hoy en día es una autentica entelequia, que no viene condicionada por una tecnología ya suficiente para lograr garantizar la deslocalización efectiva de muchos empleados, sino que dependerá de la consideración a su responsabilidad que de ellos tengan sus superiores y esta doy prueba por conocimiento propio que ahora es muy limitada o aun diría más, es desgraciadamente marginal.
Aquellos descendientes de Adán son estos jefes que parece se alimentan compulsivamente de la asistencia presencial de unos subordinados para los que fichar parece debe ser más una cuestión de esclavismo territorial que de simple reporte eficiente de su actividad profesional. Y es que muchos de quienes gobiernan nuestras empresas todavía no entienden que…
¡Lo importante es el rendimiento y no el tiempo o el lugar…!
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro