“Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender”
Marie Curie

Recientemente escribía Los Informívoros, título apelativo que propone nuestra definición como consumidores contumaces de un exceso de información que a muchos puede llevar hacia una obesidad mediática no deseada… a menos que la disciplina de una dieta comunicacional nos preserve del atracón. Dieta que para ser efectiva no deberá producir apetito por desinformación, para lo que será imprescindible elegir adecuadamente lo consumido en un ejercicio personal de priorización.
En este mismo sentido yo finalizaba el artículo aludido con una llamada al consumo consciente de información proponiendo… primero elegir y luego consumir. Pero elegir priorizando la información que más conviene no es tarea sencilla y no tanto por la inabarcable cantidad de inputs a la que nos enfrentamos cada día como por la forma estratégica en que estos se nos aparecen, es decir, sin nuestra intermediación.
Como consumidores integrales que somos, todos tenemos nuestras preferencias y esto también ocurre en asuntos de información. Desde hace varias décadas está bien demostrada nuestra tendencia mayor a fijarnos en aquello que se acerca a nuestros gustos por lo que, de ser conocidos por quienes nos proveen de contenidos, el riesgo de conspiración mediática puede condicionar nuestra libertad de elección.
No es un secreto que, por ejemplo, el rastro que deja nuestra navegación por Internet es sabido por quienes gestionan la información (y no necesariamente la publicitaria), por lo que muchos de los contenidos que electrónicamente manejamos se encuentran previamente sesgados hacia nuestras preferencias, lo que nos propicia un consumo condicionado que no siempre responde a nuestra libertad de elección.
Pero esto no solo ocurre en la Red ni es una novedad que antes fuera desconocida. Clay A. Johnson, en su libro La dieta informativa, recoge que en 1996 Roger Ailes fundó Fox News (el canal conservador de noticias más importante de USA) con una premisa muy clara: dar a la audiencia información que le confirme lo que opina. El éxito fue total pues nada hay de consumo mediático más tentador que aquello que, en lugar de cuestionarla, reafirme nuestra opinión.
Si hoy ser Informívoro ya no es una posible elección, al menos debemos cuidar que si lo sea nuestra dieta de comunicación, como mejor medida para preservar una salud mental sin la cual siempre quedará perjudicada nuestra capacidad de decisión…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
La fama tiene eso que te permite jugar la vida en una división de honor, cuyas reglas difieren de las del resto de los anónimos para los que la cuesta normalmente se presenta peor. Yo no soy famoso y por ello me he convertido en un escalador.
En estos días, participando en las tandas clasificatorias para el gran premio de motociclismo de Assen, se cayó de la moto Jorge Lorenzo, fracturándose una clavícula que ese mismo día se operó, con la intención consumada de correr la prueba dos después. Una vez más, los medios de comunicación han titulado de superhombre a alguien que, de serlo, es seguro no está solo en esto de sobreponerse a las adversidades, aunque solo a él se le conozca y reconozca, quedando otros muchos ocultos por su anónima condición.
No voy a detallar más aquello que puede consultarse pormenorizadamente en el artículo Mis 15 días en Agosto, que relata e ilustra mi accidentado viaje en moto del verano de 2011 cuando en Suiza me fracturé una clavícula, lesión que acompañó mi soledad viajera a lo largo de 5.000 kms. por carreteras europeas y sin mediar operación reparadora alguna ni asistencia médica durante largos días de agudo dolor. Todo, movido por una musical ilusión.
Sinceramente, pese a multiplicar por muchos los días de aflicción, sufrimiento y desamparo y además doblar en edad a Jorge Lorenzo, yo no me considero un superhombre y además parece que los demás tampoco de mí tienen esa consideración. Es curioso pero, en aquellas ocasiones en las que en círculos de conocidos he tratado de comparar ambas situaciones, normalmente he salido perdedor de una contienda que nunca busco pues, de este tipo de desigualdad valorativa, soy buen conocedor. Para la mayoría, resultan más meritorios los 45 minutos de carrera de un piloto lesionado y reparado por lo mejor de lo mejor que mis interminables y solitarios 12 días viajando compunjidamente fracturado con una moto que dobla en peso a la del superhombre anterior.
Es evidente que no se puede competir con la fama, que siempre establece filias sobredimensionadoras de los éxitos y dispensadoras de los fracasos para aquellos que la tienen y viceversa para los que la carecen. Esta ineludible realidad obliga a quienes jugamos en una división menor al esfuerzo de un mayor merecimiento, que deberemos saber aceptar como parte de las reglas de un juego que siempre nos reta a subir de escalón.
Pretender progresar en la vida y olvidar que esta no suele presentar las mismas oportunidades para todos es la mejor forma de ausentarse de una realidad que ahora mismo no podemos rápidamente solventar, aunque si denunciar y tratar de reparar con decisión. Sin ser famoso también se puede anónimamente triunfar y para ello creo que el adecuarse fluida y dignamente a las circunstancias es el secreto para no caer en la desmotivación…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro