“La neutralidad, como principio inmutable, es una prueba de debilidad”
Lajos Kossuth

Nunca me han gustado las Rebajas porque suponen el reconocimiento público por parte del vendedor de un engaño previo en forma de precio mayor. Engaño que todos solemos aceptar tácitamente víctimas de una costumbre, tan arraigada en nuestra cultura, que nos ciega la capacidad de valorar.
En Rebajas, además, el comprador está dispuesto a considerar la utilidad de lo adquirido en un segundo plano, lo que le aleja diametralmente del sentido mismo de la compra racional que es la satisfacción de una necesidad (no olvidemos que lo que compramos lo pagamos con el dinero que obtenemos de nuestro trabajo, que así también se convierte en necesidad).
Asimismo, las Rebajas no son muy distintas al castizo regateo, aunque con unas reglas previamente marcadas y unos plazos que, si antes eran puntualmente calendarizados, ahora parece se extienden a cualquier momento y lugar.
Pero, ¿las Rebajas solo acontecen en los comercios? Pues no. También están presentes en muchas otras manifestaciones de nuestra vida, aunque no seamos plenamente conscientes de todo lo que nos vienen a condicionar.
Una situación que frecuentemente utiliza de las Rebajas es la del cortejo o ligue cuando, por conseguir un propósito sexual o sentimental, nos mostramos estratégicamente diferentes a quienes normalmente somos amabilizando nuestro carácter habitual para así mejor agradar. Al margen de otras muy principales cuestiones de índole emocional, este componente específico de compraventa relacional entre dos personas al conocerse, dependiendo del nivel de la rebaja inicial ofrecida por las partes, puede derivar en fracaso posterior al comprobarse el engaño en lo comprado cuando al fin concluye la temporada de esa galante liquidación y llega la verdad.
El ámbito profesional también está salpicado de peligrosas campañas de Rebajas siendo, por ejemplo, de las más comunes las derivadas de nuestra dificultad para decir no cuando es necesario negar. Asumir compromisos de realización de tareas o gestiones sin la verdadera convicción de su idoneidad e incluso factibilidad, es la mejor forma de rebajar el precio de nuestro tiempo de trabajo al no considerar a la priorización como la herramienta que le fija su valor real. Decir si a todo o a casi todo es vender nuestra profesionalidad por debajo de lo que vale y por tanto contribuir seriamente a desacreditarla ante los demás.
En la vida, rebajar para vender no suele traer buenos resultados si lo que buscamos es dignificar lo que somos y ofrecemos a los demás, defendiendo nuestra singularidad, valorándola y haciéndola valorar…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Nunca he conocido a nadie que, inmerso en un frenesí relacional, sea plenamente independiente en sus manifestaciones vitales. Por contra, en ocasiones me he cruzado con personajes cuyo singular anonimato social estaba a la altura de una gran coherencia con sus principios y valores, demostrada por su libertad de criterio al tenerse que expresar. A partir de aquí y como siempre, seguro que abundarán tantas excepciones como casi lectores de este artículo se puedan dar.
Independencia y soledad son dos atributos del ser humano que se autoalimentan biunívocamente de manera que cuanto más tenemos de una así también más de la otra y viceversa. Además es cierto que si bien la primera es buscada por todos, la segunda no y por razones que tienen mucho que ver con el signo actual de los tiempos, tan proclive a la inflación red-acional.
En cualquiera de las más comunes e históricamente asentadas manifestaciones de comportamiento vital como lo puedan ser el matrimonio, los hijos, el trabajo, las amistades, las aficiones, etc., rigen las leyes de lo grupal que determinan reglas para el necesario entendimiento mutuo. Así pues, al pertenecer a colectivos estamos obligados a aceptar marcos de actuación predeterminada que evidentemente vienen a condicionar nuestro actuar.
Por supuesto esto debe ser así pues lo contrario apuntaría a la anarquía, cuyo éxito nunca ha sido probado por más intentos que se hayan podido realizar. No obstante y con todo, las reglas de comportamiento social pueden ejercer de elementos limitantes para muchos que, por el interés o la necesidad de pertenecer a un determinado grupo o estamento, están dispuestos a abdicar de su ideario personal. Y es aquí en donde surge la cuestión capital: ¿vivir intensamente en sociedad, tanto profesional como personalmente, es incompatible con la independencia de criterio al hablar?
Yo creo que sí, aunque soy consciente de que sería más políticamente correcto (o güay) decir que no (lo cual, evidentemente, a mi independencia vendría a traicionar).
Uno de los ejemplos más representativos de lo anteriormente mencionado es el de la política, en donde los profesionales del gremio, debiendo, no ejercen su derecho a libremente opinar, sometidos a la disciplina de partido que les exige unidad. Un caso contrario sería el del ejército, cuya naturaleza misma no contempla la independencia en sus miembros por evidentes razones de eficacia en su operatividad. Entre ambos modelos se pueden reunir todos los demás, en algunos de los cuales participamos con desigual defensa de nuestra individualidad.
Personalmente debo definirme como un gran partidario de la independencia, pues es lo único que garantiza la protección de mi singularidad como persona frente a la influencia mimetizante de la colectividad. Lucho por tener palabra y poderla expresar con libertad. Libertad que soy consciente no es gratuita pues me impone un necesario pago en forma de aceptada y para mí compañera soledad, que abono prestamente con la ilusión de quien asume un posible menor mal por la obtención de un seguro mayor bien, eso si, según mi forma de pensar …
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro