Mi reconocimiento al “¿por qué?” de unos pocos

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A la pregunta de si la sociedad condiciona a las personas o son estas quienes configuran a la sociedad, lamentablemente debo responder que la ausencia habitual de una fuerte singularidad en la mayoría de los individuos determina que normalmente guie sus pasos la colectividad.

A partir de aquí soy consciente de que cada lector del párrafo anterior se reconozca como una excepción del mismo (lo que, de ser cierto, obviamente invalidaría mi teoría), considerando que su propia idiosincrasia y personalidad son lo suficientemente fuertes y definidas como para significarse incólumemente al margen de la influencia social.

Lo siento pero, mayoritariamente, nada más lejos de la realidad. Somos hijos del tiempo en que vivimos y de la región en la que habitamos, por lo que muchas de nuestras decisiones vitales están pintadas con las tonalidades propias de la tribu a la que pertenecemos y frente a la que usualmente no nos rebelamos, por más que nos consideremos de carácter especial.

Pero instalarse en esa comodidad que comporta la mansa aceptación de los planteamientos mayoritarios es una opción vital que no todos han elegido como forma de leer su presente y escribir su futuro, es decir, de gobernar su expectativa vital.

Algunos personajes señalados por la historia (o anónimos, que también los hay), han sido capaces de caminar por sendas no transitadas por los demás, aun a riesgo de su inquietante soledad. Ellos sin duda son quienes, siendo creadores de tendencias y opiniones, han contribuido al redireccionamiento de la brújula social hacia un norte de evolución y progreso que el resto del colectivo gregariamente se conforma en seguir, bien antes o bien después, pero siempre sin rechistar.

Ser miembro de ese selecto grupo de líderes es un distinguido honor que todos quisiéramos obtener y para tratar de conseguirlo solo hay que transitar por la vida siguiendo la orientación que les vino a caracterizar…

¡Nunca aceptar sin el ¿por qué? preguntar!

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

La berlanguiana “USA-filia” en España

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”Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo os la voy a pagar”… decía el bueno de Pepe Isbert encaramado al balcón del Ayuntamiento de Villar del Rio (Guadalix de la Sierra-Madrid) en la parodia cinematográfica dirigida en 1953 por Luis García Berlanga, “Bienvenido Míster Marshall”.

Casi sesenta años después, desgraciadamente los españoles seguimos evidenciando todo lo que en la película es motivo de chanza y ridiculización, pareciendo no haber pasado el tiempo por nuestra dignidad personal.

Llevo muchos años defendiendo la constatable efectividad económica de los USA (otros aspectos los podría condenar), basada en un pragmatismo empresarial y profesional profundamente asentado en su idiosincrasia nacional y cuyos incuestionables resultados cuantitativos puede que no resistiesen un análisis socialmente cualitativo, pero este sería otro asunto. Aun así, ese país se encuentra a la cabeza económica del mundo, lo que muy posiblemente y sin más ambages les gustaría protagonizar a la mayoría de los españoles.

Una de las circunstancias que hacen la vida atractiva es que no todos somos iguales (ni las personas ni los pueblos), lo que supone que normalmente haya algunos por encima y otros por debajo en cualesquiera de las escalas que queramos utilizar.

Tener por modelo a quienes son más competentes que nosotros es una recomendable fuente de inspiración que nunca debería confundir la admiración ante un mejor desempeño con la subsidiariedad por una supuesta superioridad. Nadie es superior a nadie pues, hasta la fecha, todavía no hay medida que holísticamente lo pueda comprobar.

Y hablando de medidas, si hay alguna que certifica el título de este artículo esa no es otra que la tácita aunque no por ello descarada orientación de los medios de comunicación españoles (quizás los de otros países también) en la apabullante cobertura de cualquier noticia que provenga de los Estados Unidos de América.

Los recientes acontecimientos del huracán “Sandy” (lo vivimos incluso en directo) o las mismas elecciones presidenciales (posiblemente superan en horas de emisión a cualquiera de las españolas) así lo atestiguan, aunque podríamos citar otros muchos ejemplos cuya trascendencia es menor y aun así encabezan portadas de prensa, radio y televisión. También los “Callejeros Viajeros” y otros “Comandos de Actualidad” se empeñan en trasladarnos las excelencias y curiosidades (que son siempre simpáticas) de un pueblo que sin más ayuda y con la sola repercusión de su poderosa industria cinematográfica ya tendría asegurado el protagonismo mediático mundial.

Todo ello nos ha llevado a un fenómeno curioso y es el del profundo conocimiento que tenemos de la realidad norteamericana, en muchas ocasiones aun mayor que el que podamos albergar sobre ciertas zonas de España (otras evidentemente no), que llevan años apagadas comunicacionalmente (¿existen…?) para resignación de sus habitantes, que paradójicamente son los mismos que atienden con fruición a lo que pasa cada día en la bolsa de Nueva York.

Debo reconocer que personalmente me abochorna esta situación que, sin querer significar trasnochados patriotismos, nos ha desmemoriado nuestro relevante pasado en la historia mundial de los últimos cinco siglos, convirtiéndonos en una moderna réplica de la más genuina Gracita Morales y sus venerados “señoriiitos”.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro