Callejeros, viajeros y otros comandos de actualidad

No hay mayor fenómeno televiso en las últimas décadas que los programas que, en un desenfadado y coloquial formato reporteril, nos muestran las vidas comunes de personajes anónimos que habitan nuestro país o los del extranjero más lejano.

Tanta es la aceptación de estos espacios que prácticamente es posible cruzar la semana laboral, noche tras noche, conociendo las interioridades de la vida de los demás pues la mayoría de las cadenas generalistas y autonómicas los han incluido con evidente descaro replicante en el “Prime Time” de su parrilla.

La drástica reducción de los presupuestos televisivos ha desembocado en una serie de soluciones baratas, entre las que se encuentra lo de echar a patear la calle a un par de reporteros con su cámara, sin más.

Pero, ¿como una fórmula tan simple y espontánea ha tenido tanto éxito en horarios de máxima audiencia, compitiendo sin desmayo desde hace muchos meses con todo lo que se les ponga por delante?

En mi opinión, la causa principal que justifica todo esto no es otra que esa irresistible y desaforada fuerza que todos sentimos desde que nacemos: compararnos con los demás.

Vivimos en un permanente estado de alerta febril en la contrastación de características y singularidades con nuestros semejantes, chequeando en cada momento mil y un datos de quien aparece frente a nuestros ojos en un festival cibernético de información velozmente procesada y al tanto comparada con nuestra mismidad.

Y… ¿por qué? No hay otra explicación que la que se refiere a la necesidad que todos tenemos de reafirmación personal y que nos lleva a un persistente reseteo del “yo” frente al “ello”, todo para tranquilizar a nuestra conciencia que siempre nos pregunta cual es nuestro lugar.

Conocer para aprender de los demás es aconsejable pero ver el mundo desde nuestro sofá nunca será lo mismo que viajar callejeando para comandar nuestra propia actualidad…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Greenpeace y la subjetividad

Soy consciente de que la objetividad no existe y aun así me empeño quijotescamente en alcanzarla, sobre todo cuando de información pública se trata.

Uno de los pilares basales de toda sociedad desarrollada debe ser el derecho a la información para sus habitantes, cuyo conocimiento les faculta para tomar más acertadamente sus propias decisiones. Es indudable que cuanto más sabemos, más comprendemos y por tanto, normalmente mejor podemos elegir entre lo que queremos y no queremos para nuestra vida.

La información no tiene por qué ser única. Es más, yo diría que conviene una cierta multiplicidad de orientaciones que garantice la libre expresión de cada cual al testimoniar la realidad. Cuando todos dicen lo mismo, hay que comenzar a preguntarse el “por qué”.

El reciente incidente protagonizado por el Presidente de Greenpeace-España, Juan López de Uralde, al colarse en la cena de Jefes de Estado de la reciente Cumbre del Clima celebrada en Copenhague y su posterior detención en prisión, ha sido comentada por todos los medios de comunicación españoles con una asombrosa unanimidad.

Quiero declarar, en primer lugar, que defiendo la necesidad imperiosa de cuidar nuestro planeta para legar una herencia que nunca será propiedad de nadie, pero que cada generación podrá disfrutar felizmente en usufructo si somos respetuosos con el medio ambiente.

Pero también quiero significar con igual fuerza mi creencia en las leyes como reguladoras del comportamiento humano y garantes del principio de libertad de expresión allí donde y como esté permitido.

Yo comparto el fondo de la reivindicación del Presidente de Greenpeace-España pero no puedo aplaudir su manera de manifestarla, rompiendo toda norma y volviendo una vez más a desacreditar los nobles planteamientos de esa organización ecologista, cuyas atrabiliarias formas de expresión dan la escusa perfecta a sus contrarios para condenarlos sistemáticamente en cada actuación que acometen.

Lo peor es que en España, poco mas que se ha recibido a Juan López de Uralde como un héroe del ingenio y adalid de la picaresca patria por defender “a su graciosa manera” (ha sido acusado de dos delitos incuestionables como son la suplantación de personalidad y el allanamiento de morada), algo en lo que posiblemente la mayoría de todos nosotros creemos y que además es políticamente correcto.

Pero, ¿cuál hubiese sido la postura de los medios de comunicación españoles si exactamente la misma actuación en la Cumbre del Clima la hubiese protagonizado un independentista gibraltareño en reivindicación de su soberanía británica…?

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro