“El Humor es caviar…

El Apartamento

…no lo extiendas como si fuera mermelada”, es una de las frases escritas por Oscar Wilde, el célebre y extravagante literato victoriano que, a tenor de todas las que se le atribuyen, bien parece que no pudo hacer otra cosa en su vida más que imaginar miles y miles de ingeniosos aforismos. En esa loca carrera por la masiva y poco contrastada adjudicación de sentencias, Woody Allen y Groucho Marx no le van a la zaga, convirtiéndose en una especie de santísima trinidad del refranero, posiblemente apócrifo, pero con firma de popularidad. Al final, casi todo en la vida es una cuestión de marca personal que, cuando la tienes, te llega a regalar aun lo bueno que nunca has llegado a realizar.

Volviendo al adagio oscarwildiano, hay que reconocer la aguda finura de su mensaje al descubrir, flagrantemente y por pasiva, a quienes entienden el humor como una manera de estar y no como una forma de ser, sin duda, el verdadero secreto para encantar a los demás. El humor, por tanto, es una cuestión de oportunidad en el momento adecuado y no de presencia adecuada en todo momento, lo que llega a cansar.

Si hay una manifestación incuestionable de la evolución inteligente de la especie humana en el mundo, esa es sin duda la que representa el humor o ese especial sentido al que se le viene a imputar. No puede haber mayor dificultad posible que la de crear humor, entendiéndose por este no el reproducido en forma de anécdotas o chistes (propio del gracejo o la interpretación) sino el inventado, casi siempre a bote pronto y a propósito de cualquier situación sobrevenida que no era posible anticipar. Tener sentido del humor supone eso que tan metafóricamente definimos como estar sembrado o lo que es lo mismo, preparado para germinar.  No tenerlo le significa al individuo tanto como Lichtemberg decía al aseverar que… nada determina más el carácter de una persona como la broma que la ofende, por lo que no es descabellado afirmar que cuanto menor es el sentido del humor mayor es la susceptibilidad.

Además puedo asegurar que no he conocido a nadie que, contando con sentido del humor, al unísono no posea inteligencias racional y emocional, lo que me lleva a pensar que quien verdaderamente desarrolla esa preciada y escasa cualidad también es acompañado con seguridad por todo lo demás para triunfar. La vida, afrontada con sentido del humor, supone toda una declaración de superioridad sobre los acontecimientos y pasa de ser un denso drama shakesperiano a una grácil comedia al estilo cinematográfico de Billy Wilder, donde el imperio de lo relativo de las cosas gobierna sobre la angustia que genera la miopía de lo absolutamente personal. No olvidemos que la tristeza es a la soberbia lo que el humor a la humildad.

Alguien dijo que… una persona sin sentido del humor es como un coche sin amortiguadores que, con cada piedra del camino, de dolor nos hace saltar.

Pues bien, pese a que la práctica del sentido del humor parece ser patrimonio casi exclusivo del ámbito privado de los individuos, lo conveniente y hasta necesario es su adecuada extensión al mundo laboral, sin que con ello deba comprometerse la comúnmente llamada seriedad profesional. La incuestionable necesidad de organizar a las empresas a partir de la construcción de unidades productivas no individuales sino grupales denominadas Equipos de Trabajo, conlleva una intensificación (en ocasiones crispante) de las interacciones personales que solo el sentido del humor puede engrasar. No hay mejor confraternizador que el humor adecuadamente empleado (tanto en tiempo como en forma), sin duda el verdadero desatascador de las tuberías de cualquier relación personal.

A quienes infantilmente defienden cada 1º de Abril el concepto utópico de diversión en el trabajo (Ver La Diversión en el Trabajo) simplemente como una actitud y sin más, yo les propongo la orientación más práctica y eficaz del trabajo con sentido del humor que, como todo aquello que se apoya en una aptitud, goza de más recorrido pues siempre es susceptible de mejorar. No olvidemos que solo se divierten en el trabajo quienes no desarrollan un verdadero compromiso con él (a la manera de los niños con sus cosas), mientras que los comprometidos son quienes finalmente encuentran en su profesión una vía madura y gratificante de desarrollo y realización personal aun a pesar de los esfuerzos y las dificultades que se puedan encontrar.

¿Humor o diversión? ¿Caviar o mermelada…?

Re-flexiones… 60, 194, 216, 304, 577, 685 y 766 –

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Re-flexiones… 806

“Los celos son una ceguera que arruina los corazones; quejarse y querellarse no representa signos de afecto sino de locura y malestar”

Gasparo-Gozzi

Gasparo Gozzi 

Los Reyes Magos ya tienen su mala falsificación

El vendedor de humo

Cuando hace algo más de dos mil años, Melchor, Gaspar y Baltasar firmaron en Oriente su primer contrato de trabajo como Reyes Magos, se encontraron solos en el gratificante negocio mundial del reparto de ilusión a los niños de cualquier país y condición. Siglos después y por sorpresa, les apareció un orondo competidor venido del Norte y ataviado con un grueso pijama rojo con blancos ribetes que parecían de algodón, que era experto en el marketing de la televisión y que adoptó diferentes nombres (Papa Noel, San Nicolás, Santa Claus,  etc.) según los países que visitó. La guerra comercial en el mercado de la fantasía y la emoción había comenzado, aunque ninguno de ellos sospechaba entonces que aquella larga y amigable rivalidad derivaría muchos años después en la irrupción de otros competidores que desatarían una agresiva y multitudinaria revolución.

Es bien cierto que cualquier negocio basado en ofrecer al consumidor algo por nada, sino antes si después, estará llamado comercialmente a triunfar pues no es costumbre en las transacciones mercantiles él no cobrar por los productos o servicios propuestos, lo que en definitiva es como regalar sin más contraprestación. Si además el cliente final es tan inocentemente agradecido como lo son los niños, la pervivencia del negocio estará secularmente asegurada con una pequeña excepción que afecta sensiblemente a la cuenta de explotación: ¿quién financiará los juguetes repartidos?

Este problema no pudo tener una mejor solución que la de franquiciar la real compañía nombrando tantos delegados como padres de criaturas hubiere, quienes en pago de sus risas y alegrías sufragarían al contado y sin más discusión los regalos entregados, llegando así a lograr configurar la fórmula mágica que se convirtió en éxito arrollador.

Pero todo éxito nunca es ajeno a su inevitable difusión entre quienes buscan ideas para prosperar y carecen tanto de ellas como del pudor ante la zafia copia de lo que ya tiene un dueño y señor. Para ellos, solo era necesario cambiar algunas de las piezas del triunfal entramado y así reproducir descaradamente un negocio milenario y universal que ha llegado a convertirse en una burla a la razón.

En principio fue necesario abaratar costes, cambiando el producto (los juguetes) por un servicio que ofreciese los mismos anhelantes resultados al consumidor: habría que vender directamente la ilusión. ¿A quién…? Pues a los padres de los niños que, aunque adultos, seguro es que no se resistirían a una mágica propuesta como es la de la consecución del éxito sin esfuerzo (basada en alquimistas recetas cuya argumentación solo tenía amparo en la manipulable emoción). ¿Y quién lo debía financiar? Nadie ejercería de mejor franquiciado pagador que las empresas en donde trabajaban los esperanzados progenitores, siempre en busca de alcanzar un resultado profesional mejor. Y todo ello además, logrando desestacionalizar la facturación.

Se había inventado el Showching (definido en… ¿Coaching o Showching…?) para arrebatarles a los Reyes Magos y a Santa Claus el monopolio de la venta de ilusión en forma de humo envasado en un tarro de cristal cerrado a presión (ver video pinchando en la imagen de encabezamiento de este post).

¿Quién ha sido finalmente el culpable de esta mala falsificación…?

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro