¿Hombre o Hambre emocional…?

Mente-Cuerpo-Emoción

Comienzo esta Coach-tión significando mi militante posición al tratar una vez más un tema en el que son los demás quienes tienen la responsabilidad de su atronadora actualidad, pues solo baste con comprobar las decenas de metros que en las librerías ahora ocupan cientos de ejemplares sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con los sentimientos y la emocionalidad, sin contar asimismo con los millares de conferencias y cursos que inundan de propuestas una Internet que a la mismísima Srta. Francis bien le hubiera gustado conocer y utilizar.

Así las cosas voy a terminar creyendo que, además del descubrimiento del ADN, el otro gran avance de la ciencia biogenética actual es la catalogación del Hombre como ser eminentemente emocional, si nos atenemos a la desproporción de información circulante entre esto mismo y aquello que se pueda referir a su componente racional. ¡Ah! y no me quiero olvidar del Cuerpo, como vehículo físico de todo lo demás y que también es necesario atender y cuidar, aunque esto lo trataré en otro artículo y en este mismo lugar.

Pues bien, lo digo ya sin esperar al final: ¡Hay mucha más Hambre que Hombre emocional!

¿Por qué no se habla hoy del Hombre racional…? ¿Será porque de repente y por un azar evolutivo ya no lo es…? ¿Será porque todo lo relacionado con lo racional se asocia a esfuerzo y dedicación cuando lo emocional queda más cerca del placer y la diversión…? ¿Será porque las leyes del mercado ahora determinan que el dinero fácil se encuentra tratando de la emoción y no de la razón…? Será, será…

Apuntando tanto y en ocasiones tan mal a lo emocional es evidente el riesgo que corremos de desatender aquello que individualmente forma el sustento basal de nuestro desarrollo personal y colectivamente justifica el lugar que ocupamos en la escala social de las especies de este mundo, cuya lograda explicación no olvidemos ha sido y es racional.

Parece ser que ya no somos animales racionales sino emocionales y esto algunos lo quieren demostrar como un triunfo de la sensibilidad coronaria frente a la mentalidad cerebral, como si de tal suerte abandonásemos (a la manera de los fantasmas del cine) el reino de lo tangible y mundanal para instalarnos en el de lo etéreo y celestial. Cuanto de oportunismo hay en esos discursos que aprovechan sombrías épocas de dificultad como la actual para apelar a vanas esperanzas, fes y caridad, en lugar de constatar la cruda realidad y es que de la oscuridad solo se sale analizando, actuando y volviéndolo a intentar.

Yo no soy una máquina de calcular y como cada cual también me veo afectado por ese carrusel emocional que influye en mi vida tanto como en la de los demás y que muchas veces ni casi puedo gobernar. Pero todo ello no me debe instalar en la resignación de lo aleatorio e inevitable y que nos es justificado por salirse de lo que con dificultad podemos controlar, pues tengo la convicción de que la construcción de mi vida pasa por decidir qué y cómo ser y ello no lo puedo dejar al arbitrio único de mi corazón sino que también y sobre todo, lo debo reflexionar.

Yo soy un hombre que defiende lo racional porque siempre apoyo a los que van perdiendo, todavía más cuando considero que merecen una oportunidad para ganar. A quien siga con Hambre emocional le propongo Pensar y a quien ya piense, Amar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Re-flexiones… 908

“En mi propia casa como en la ajena, he creído sentir que la poesía, al penetrar en la palabra, la descompone, la abre como un capullo a todos los matices de significación”

José Gorostiza

José Gorostiza

¿Hay que tener… OCHO APELLIDOS VASCOS?

Ocho apellidos vascos

Tener OCHO APELLIDOS VASCOS para algunos pueda ser un signo de acreditada distinción, posiblemente la que supone el contar con la suficiente memoria para ser capaz de recordarlos en su longitud y complejidad.

Yo nací en los años sesenta del pasado siglo en un pueblo valenciano del interior y recuerdo que en mi infancia, cuando nos visitaba un niño de la capital, todos sin dudar creíamos que era mejor y hasta más, solo por ser miembro de un clan que provenía de la gran ciudad. El paso del tiempo y algunos de esos niños con los que compartí juegos, estudios y luego trabajo, me demostraron sin quererlo que la pertenencia no determina necesariamente la competencia si la intención decidida por progresar se sobrepone a la resignación pasiva frente a lo que nos pueda tocar. Yo mismo y pronto recabé en la capital aunque siga considerándome algo de pueblo, pues lo que de niño inicias tiene un difícil borrar.

Hace algunos meses escribía La Fortuna Geográfica en un intento de constatar el aleatorio condicionante que para el desarrollo de las personas supone su lugar de nacimiento, defendiendo la tesis de que este en ocasiones nos puede quitar más que dar. Por ello, confiar ilusionadamente en recibir por vivir en un determinado entorno social es finalmente tan ingenuo como pretender pasear por la Gran Vía de Madrid con la esperanza de que los cajeros bancarios despachen gratuitamente billetes sin preguntar a quien los dan.

De mayores ya, es una realidad que todos aquellos que vivimos en una comunidad, sin ser necesariamente cierto, consideramos que pertenecemos a un colectivo social mejor que el de los demás, enorgulleciéndonos de nuestras virtudes corporativas que siempre dejan en ridículo a las de quienes viven en otra zona o localidad. Nos instalamos en esa confortable seguridad de quien se siente arropado por lo que viene siendo su costumbre tradicional, aún sabiendo que la complacencia es el enemigo de la versatilidad. Por eso algunos piensan que no tiene sentido cambiar.

El fulgurante éxito que la película de Emilio Martínez Lázaro está demostrando en las taquillas españolas (en los momentos en los que escribo estas líneas ya solo tiene por delante en recaudación a Avatar), no es otro que el mismo que ha encumbrado desde hace décadas los chistes de… un francés, un inglés y un español… que, a fuerza de combinar ingeniosamente tópicos y lugares comunes, han logrado que no seamos capaces de concebir a sus protagonistas de manera diferente a los estereotipos que entre todos hemos llegado a crear. Estereotipos que además somos nosotros mismos quienes también nos encargamos de perpetuar al tender a actuar idénticamente como tales, asumiéndolos como verdaderos, inevitables y hasta meritorios para nuestra integración social.

Si bien es cierto que cada tribu o grupo social (familia, barrio, población, comunidad y estado) pueden generar sus propias señas de identidad y que indudablemente son constitutivas de su riqueza patrimonial, no lo es menos el sinsentido que representa hacer de ello competencia por la exclusiva superioridad. No es más hablar un idioma que otro como tampoco lo es el hábito en el vestir, en el comer o en el veranear. Desde lo alto de una nave espacial, todo ello aparece como un irrelevante y naíf tipismo en este complejo mundo que es seguro hoy reclama otros focos de prioridad.

Mis APELLIDOS no son OCHO ni son VASCOS. Tengo solo DOS y ESPAÑOLES, motivo suficiente para certificar que estoy muy vivo para poder decidir (como los de Bilbao) ser de aquí o de allá aunque, sinceramente, a mí tanto me da…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro