Los 7+1 Hábitos de Covey

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Stephen R. Covey es uno de esos idolatrados personajes que tanto predicamento tienen en USA pues se dedican a “facilitar” el éxito a la gente, sin duda el primer mandamiento que a todo estadounidense le enseñan al nacer.

Como él, solo unos pocos han logrado tener presencia en los lugares de honor de las estanterías de las librerías de medio mundo, convirtiéndose en escritores récord en ventas y superando incluso a las estrellas más “bestsellerizadas” de la narrativa internacional. Es evidente que los tiempos cambian y el pragmatismo vital parece haber vencido al decimonónico concepto del Romanticismo, entendido este como el desprecio a la siempre cruda realidad en favor de una vida no materialista dedicada al espíritu, el arte y la belleza.

No obstante Covey, con ser hijo de su patria y de su tiempo, es uno de los pocos autores americanos que, alejado del estereotipo tan frecuente del tele-predicador “flower-power”, podemos leer sin sospechas de superficialidad ”yankee” en la mayoría de sus reflexiones.

De todas, sin duda su principal aportación a la explicación de los mecanismos que rigen el que podríamos definir como comportamiento práctico para desenvolverse exitosamente en la sociedad del siglo XXI, es la contenida en sus libros “Los 7 Hábitos de la gente altamente efectiva” y “El 8º Hábito”. Obras (sobre todo la primera) que van más allá de la mera fabulación, anclándose en investigaciones y estudios académicos que prestigian sus reveladoras conclusiones sobre el autoliderazgo.

Según el autor, “Los 7 Hábitos de la gente altamente efectiva” son:

1º- Sea proactivo: Actúe o los demás lo harán por usted.

2º- Comience con un fin en su mente: Busque sus destinos identificando su misión personal.

3º- Establezca primero lo primero: La vida es una cuestión de prioridad, no de tiempo.

4º- Pensar en ganar/ganar: El ganar/perder nunca ofrecerá continuidad, agotándose en sí mismo.

5º- Primero comprender y luego ser comprendido: Escuchar antes que hablar es la fórmula de la comunicación empática.

6º- Fomentar la sinergia: La cooperación creativa logra que, uno más uno sean tres.

7º- Afilar la sierra: Solo la mejora continua garantiza hacer lo mismo con menor esfuerzo.

“El 8º Hábito” nos habla de cómo interrelacionar adecuadamente el cuerpo, el corazón, la mente y el espíritu a partir de las necesidades, las pasiones, el talento y la consciencia.

Ni que decir tiene que las propuestas del Dr. Covey no son nuevas pues tampoco lo es el Hombre como tal, objeto de intensa reflexión filosófica a lo largo de los últimos milenios. Como todas, la riqueza de sus aportaciones se encuentra en la particular combinación que nos propone de actitudes y conductas ya conocidas y su adecuación a la tipología de sociedad actual.

Buscar respuestas absolutas a las preguntas absolutas que se plantea el Ser Humano siempre será un error por cuanto el conocimiento solo avanza cuando las preguntas nos quieren llevar a otras preguntas para conformar un largo camino, el de la sabiduría, cuyo final siempre será indeterminado.

Recomiendo positivamente la lectura de estas dos obras, aunque advierto que por más que busquemos nunca encontraremos en ellas (ni en ninguna otra más) esa soñada y constantemente anhelada “varita mágica” que nos resuelva sin esfuerzo el eterno problema de vivir felizmente nuestra propia vida… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Jerarquía, Redarquía y Política


Jerarquía, en su acepción social, podríamos definirla como el orden que se establece entre las personas a partir de una única línea de cadena de mando. El ejemplo más evidente es el que define y caracteriza a la estructura militar.

El neologismo Redarquía todavía no aparece con normalidad en los diccionarios aunque, buscando un paralelismo con el vocablo anterior, podríamos decir que atiende al orden que se establece entre las personas a partir de varias líneas de cadena de mando entrelazadas de forma cruzada entre sí (a la manera de un arte de pesca). Por ejemplo, la configuración de trabajo participativo en la creación y desarrollo de los programas informáticos de código abierto lo definiría perfectamente.

Por su parte, la Política es la actividad humana que trata del gobierno de la sociedad a partir de la acción del Estado, entendido este en sus múltiples versiones geográfico-administrativas (nación, región, municipio, etc.). Por tanto, es evidente que la Política deberá organizar y organizarse a partir de algún sistema de distribución de mando y competencias.

Es un hecho contrastado que históricamente los colectivos sociales, en cualquiera de sus manifestaciones, han estado estructurados de forma jerárquica, asumiendo esa herencia primitiva de la ley del más fuerte que ha reinado secularmente en la Naturaleza y ya protagonizaba la vida de nuestros primitivos ancestros. El paso de los siglos no ha logrado cambiar mucho esta situación, pues la Jerarquía va indisolublemente asociada al Poder y este a los deseos más profundos del ser humano por conseguirlo y perpetuarlo (¡…mi tesoooro…!).

redarquia1.jpgPues bien, la aparición de un nuevo concepto de interacción organizativa social (también puede ser empresarial, deportiva, etc.) que descentralice el Poder jerárquico se ha comenzado a demostrar como posiblemente más eficiente, pues así ha ocurrido en aquellos pocos reductos donde se ha logrado practicar y no ha sido limitada por el mismo Poder (casos de éxito como Google o el F.C. Barcelona lo atestiguan).

De todo ello seguramente no deben ser conocedores aún los partidos políticos cuya propia estructura organizativa es tan férrea y endogámicamente jerárquica que genera tales despropósitos como que la actual campaña electoral para la elección de gobiernos autonómicos y municipales en España está siendo, una vez más, protagonizada mediáticamente por sus primeros directivos nacionales cuyo discurso de ámbito nacional, tan alejado de los temas domésticos que nos ocupan y preocupan, bien podría servir exactamente para las elecciones generales del próximo año, aunque estas no lo sean.

Un sistema redárquico de regulación interna en los partidos políticos propiciaría que fueran principalmente los candidatos locales aquellos quienes tomasen el protagonismo de la presente campaña (la suya), trasladando sus propuestas programáticas locales y específicas de mejora a sus electores. Precisamente lo que se vota en estos comicios.

Al final, no puede haber mayor paradoja que la propiciada por quienes se nos muestran repetida y cansinamente en los espacios electorales de todos los telediarios nacionales y que finalmente nunca son los que aparecen en las listas electorales locales y a quienes finalmente solemos elegir sin apenas conocer, precisamente por que todos sabemos que ellos solo son peones en una estructura jerárquica que siempre les dictará lo que deben y pueden hacer… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

“Osabama” bin Laden y la Hipocresía Social


Transcurridos escasos días (mientras esto escribo) desde el anuncio de la noticia de la muerte de Osama bin Laden y todavía con más sombras que luces respecto de lo realmente sucedido, una vez más ha quedado demostrado que la Justicia Universal hace mucho tiempo que solo es una cuestión de Hipocresía Social.

Nadie y nunca, ni el hombre más poderoso de la Tierra, debería actuar fuera de la ley sin la obligación de responder personalmente por ello ante un tribunal. Tribunal que en ningún país humanizado (y los hay que, pese a su protagonismo mundial, no lo son) bendecirían la muerte deliberada e interesada de alguien por más atrocidades que este hubiera podido y pudiera realizar (véase los G.A.L.).

La discusión sobre esta cuestión es tan sencilla como la eterna división dialéctico-filosófica entre los partidarios y los denunciantes de la milenaria Ley del Talión o la que se refiere a eso de que… los fines justifican los medios. Sin más.

En mi Taller 12 Hombres sin Piedad: Las Claves del Liderazgo, en donde el análisis integral de la famosa película del recientemente desaparecido Sydney Lumet nos lleva a identificar muchos de los comportamientos humanos que acontecen en entornos de fuerte tensión y constante dificultad (tal como la vida misma), hay un pasaje que incorpora una sutil trampa que lleva a caer en la Hipocresía Social si no se es capaz de mantener una férrea conciencia independiente y crítica respecto de nuestra emoción más visceral.

Se trata de la escena en donde uno de los personajes se desacredita por las formas al mandar callar a otro (al que todos los espectadores repudiamos por su reiterado comportamiento ofensivo, especialmente con los más débiles) amenazándole con partirle la cara de no hacerlo.

La reacción habitual de mis alumnos es automática y unánime: sonrisas de satisfacción, entre calladas unas y sonoras las más, al comprobar que, al fin, alguien hace justicia enfrentándose al individuo más odiado de la película. Es evidente que en ese momento, normalmente nadie realiza el necesario esfuerzo de imparcialidad que le lleve a ser consciente de que el personaje en cuestión, al emplear la amenaza física contra el otro, está perdiendo una razón que en el fondo tiene aunque la inadecuada forma se la venga a retirar.

La vida se llena cotidianamente de ejemplos en los que las personas ignoramos la imprescindible coherencia que nuestras opiniones y actos deben a nuestros valores, olvidando frecuentemente la capacidad de discernir entre lo que nos enciende el corazón y lo que aconseja nuestra razón (precisamente el hecho diferencial con el resto del reino animal).

Aceptar ciega y resignadamente los comportamientos de quienes dicen ser los buenos (por defender un orden que finalmente siga preservando su poder) sin cuestionar la legitimidad de los mismos, para luego si recriminar actuaciones similares protagonizadas por aquellos que carecen de ese mismo poder, no deja de ser injusto y sin duda la peor y más triste manifestación humana de Hipocresía Social.

obama-osama.jpgPor todo, no estaría de más que la Academia Sueca revisase honestamente sus discutibles criterios en el reparto de Premios Nobel de la Paz que, en alguna reciente ocasión, parecen haber confundido la única letra que a Osama de Obama pueda separar… 

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

El ejemplo de “Circo del Sol”


Desde hace años, uno de los casos más utilizados por las Escuelas de Negocios para ejemplificar el éxito empresarial en mercados maduros es el de Circo del Sol, marca canadiense conocida y disfrutada por medio mundo desde 1984, tanto por su lograda proyección internacional como por la gran amplitud del rango de edades de sus clientes.

Esta pasada Semana Santa viajé a Madrid por asuntos familiares y tuve la oportunidad de asistir a una función de “Corteo”, uno de sus actualmente 22 espectáculos en representación que, justamente, presumen de lleno diario allí donde se presentan.

Como ya viene siendo habitual cada vez que acudo a una de sus funciones salí muy satisfecho pues, al margen del esmerado cuidado y la bella factura conjunta del espectáculo, en cada producción siempre hay algo que es absolutamente excepcional y fuera de toda categoría. En este caso fue “Paraíso”, un número de trapecistas sin trapecio móvil (con marcos coreanos) donde las jóvenes y ágiles artistas revolotean ingrávidamente por los aires lanzadas literalmente por los brazos de unos fornidos y necesariamente precisos portores (hay un momento excepcional en el que una trapecista es lanzada hacia atrás y por debajo de las piernas de un portor, describiendo una inverosímil parábola ascendente hasta ser recibida por el que se encuentra a sus espaldas: absolutamente antológico y ajeno a toda lógica newtoniana).

En definitiva, la fórmula de este incuestionable éxito mundial sigue repitiendo unas constantes que han sido y son habituales en el circo de siempre: números de habilidad y riesgo aderezados con música y humor (solo excluyen los tradicionales animales amaestrados). No obstante, Circo del Sol triunfa frente a todas las demás ofertas circenses (incluso algunas mucho más veteranas y arraigadas en nuestra cultura popular) y todo ello sin traicionar ni transgredir en nada la herencia de un espectáculo más que centenario. ¿Cuál es la razón…?

De todas las variables que determinan el éxito de una propuesta empresarial o profesional (precio, producto, distribución, publicidad, etc.) hay una, quizás la más complicada de perfeccionar, pero que invariablemente siempre se ha revelado como la más eficaz con independencia de las circunstancias acontecidas en cada momento (crisis o bonanza económica, inestabilidad política o social, etc.). Se trata sin duda de la Calidad.

La Calidad entendida como un conjunto de atributos que trasladan al consumidor una atractiva y profunda sensación de conveniencia en el retorno de la inversión esperado. Aquello que atesora Calidad se explicará siempre por si mismo ahorrando muchos de los esfuerzos habituales en su comercialización, pues serán los propios usuarios quienes se encargarán inconsciente y gratuitamente de ello.

Hoy en día, en un escenario económico presidido por la madurez de la mayoría de los mercados y en donde es imposible pretender su sustitución inmediata por otros nuevos, la única receta que nunca fallará en aquellos es proponer Calidad en todo eso que pretendamos ofrecer (productos, servicios o incluso nuestra propia fuerza de trabajo laboral).

Además, la Calidad es la única cualidad que tiene la peculiaridad de ejercer calladamente una invisible e irresistible atracción en todos nosotros, combatiendo y difuminando esa tendencia universal a la priorización del Precio en las decisiones de compra (precio que fácilmente se olvida cuando lo que consumimos nos satisface realmente de verdad). Por esto mismo, sinceramente hoy solo conservo el recuerdo de un bello espectáculo por el que ya no me acuerdo lo que pagué o volveré a pagar en la próxima ocasión que se me presente para volver a ver al Circo del Sol…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro