La “Coopetición”, también en el trabajo

Ganar-Ganar

Este artículo lo escribo desde la serenidad para contestar de manera abierta y genérica a quienes, instalados sincera o interesadamente en el País de las Maravillas, defienden una tipología de trabajo en las empresas más propio de un plácido convento de Hermanitas de la Caridad que de la exigente realidad que define las complejas relaciones laborales que se desarrollan en las organizaciones de la actualidad.

Si combinamos semántica y conceptualmente los términos cooperación y competición llegaremos al de Coopetición, el singular vocablo que ampara unas interesantes reflexiones publicadas en 1996 por Brandenburguer y Nalebuff cuyo contenido, en resumen, digamos pretende orientar hacia una mejor estrategia inter-empresarial en entornos de mercados competitivos. Su postulado principal defiende que las relaciones entre empresas no están sometidas necesariamente a la Teoría de juegos de suma cero en donde cuando una gana la otra debe perder, ya que sí es posible alcanzar entre sociedades Acuerdos Ganar-Ganar (de suma no cero) basados en la cooperación competitiva o la Coopetición, tal y como estos autores la quisieron nombrar.

Pero el título del presente artículo no alude a lo que pueda acontecer entre las empresas sino en el seno de las mismas, de tal manera que también podamos utilizar el término Coopetición para definir una nueva tipología de relación de trabajo entre sus empleados.

Volviendo al País de las Maravillas, considero gratuito detenerme a demostrar una vez más que trabajar eficientemente en cualquier compañía hoy en día no es tarea nada fácil, por más que algunos se empeñen en tergiversar la realidad con sesgados cantos a la utopía que suenan en playback muy bien pero luego en el directo se escuchan muy mal (véase La trampa de la Amabilidad). Como ya he mencionado con anterioridad, la creciente exigencia a a la que están sometidas las empresas se deriva de forma directamente proporcional a sus empleados, extremándoles las demandas de rendimiento y productividad, lo que provoca continuados escenarios de tensión y crispación a cuya evidencia no podemos dar la espalda con esotéricos pronunciamientos a lo Hare Krishna mas oriental.

Pues bien, la organización interior de las empresas también puede regirse por la Teoría de los juegos de suma no nula por lo que, es la Coopetición entre empleados lo único que les mejora como individuos, pasando de ser escuetos trabajadores de un grupo laboral a comprometidos coopetidores de un equipo profesional.

Así las cosas, la difícil misión de lograrlo no es responsabilidad única de cada cual y/o de su superior, pues de este modo nuevamente estaríamos reproduciendo el modelo de solución laboral basado en lo individual. Por consiguiente, en toda organización será necesaria la construcción (desde luego, nada sencilla) de un nuevo actor con carácter colectivo denominado Equipo (algo que vale más de lo que es la suma de sus partes), cuyo interés particular ya no sea propio sino grupal. Solo así será posible que casi todos, Coopitiendo, podamos Ganar-Ganar

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

El falso mito de la… “Fuerza de Voluntad”

Maratón de Valencia

Recientemente se ha celebrado una nueva edición del Maratón Popular de Valencia. La mayoría de los animosos espectadores congregados en la línea de meta manifestaban su admiración por la fuerza de voluntad de los participantes que la cruzaban, aunque estos ciertamente saben que la clave de su éxito es otra, tanto sea para correr los míticos 42,195 km. como para cualquier tarea exigente que en su vida se propongan alcanzar.

Llevo treinta y siete años practicando deporte a diario y ya hace algunos que rebasé los 75.000 Kilómetros… re-corridos. Es indudable que ni yo ni nadie puede sostener el peso de una tarea en el tiempo que requiera de un esfuerzo continuado durante decenios a base de Fuerza de Voluntad pues esta, a semejanza del arco, solo aprovecha para dar el impulso a la flecha pero no para mantener su velocidad.

No nos equivoquemos: la Fuerza de Voluntad sirve para comenzar pero no para continuar y en esta vida no triunfa el que mucho inicia sino el que todo o casi todo logra terminar. Finalizar lo principiado no es cosa de mayor o menor voluntad sino fundamentalmente de capacidad de Perseverancia, sin duda esa gran competencia oscura y silente que es ya probado se encuentra en la clave de la explicación de todo éxito que merezca la pena intentar.

La Perseverancia, ejemplificando, es lo que nos permite mantener el pie en el acelerador de nuestro vehículo para que este, tras el arranque, no se detenga. Y mantener el pie en el acelerador será siempre menos esforzado que andar soltándolo y presionándolo constantemente. Tan es así que, lo que aceptablemente soportamos después de dos horas de conducción por carretera, nos agota rápidamente de acontecer en ciudad.

Entonces, dado el significativo valor de la Perseverancia en nuestra vida… ¿cómo la podríamos mejorar? Pues desde luego no solo con proponérselo. La Perseverancia es una entelequia, por lo que no es posible mejorarla en si misma sino solo en su aplicabilidad, es decir, en aquellas situaciones que precisan de ella. Siendo entonces esto así… ¿cuál puede ser la herramienta que nos pueda permitir ser constantes en cada actividad diferente sin sentir el agotador peso del esfuerzo continuado? Pues indudablemente… los Hábitos, la más efectiva palanca de transmisión de la Perseverancia al ser particularizables en función de los requerimientos de cada situación o tarea y además no necesitan de Fuerza de Voluntad ya que, una vez instalados en la costumbre, automatizan nuestro actuar.

En mis años de dedicación profesional como Business Coach, puedo asegurar que no he encontrado una fórmula de entrenamiento proactivo para mis clientes más eficiente que la que incluye la incorporación de Hábitos como grandes catalizadores de los procesos de cambio hacia la mejora personal. Hay quienes equivocadamente todavía consideran que el cambio es una cuestión básicamente de Fuerza de Voluntad, cuando realmente lo es de Perseverancia instrumentalizada en Hábitos, ya que es bien probado que nunca cambiaremos por impulsos sino por lograr garantizar el mantenimiento de los mismos sin cejar.

Quienes el domingo pasado finalizaron el Maratón de Valencia lo consiguieron por haber incorporado, meses o años atrás, el Hábito de correr casi todos los días. Afortunadamente yo también cuento con ese Hábito y pese a ser consciente del esfuerzo que ahora mismo me espera, a estas horas ya estoy deseando salir a entrenar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Las dos mochilas de George Clooney

La mochila de George Clooney

Este artículo es políticamente incorrecto y reconozco avergonzadamente no haber tenido el valor de escribirlo antes de descubrir y poder contar con el cinematográfico aval de George Clooney, tras el que aquí (algo ventajistamente) me vengo a escudar. En esta vida, lo mismo pero manifestado por personas diferentes es valorado de forma muy distinta por los demás, lo cual no es nada justo aunque hace tiempo que soy consciente de que, por ahora, esto es lo que hay.

En Up in the Air, George Clooney interpreta (afortunadamente algo más contenido de lo habitual) a Ryan Bringhman, un peculiar personaje cuya dedicación laboral es la de viajar incesantemente por todo su país (USA) comunicando (eso sí, de manera muy profesional) despidos empresariales en las compañías que le vienen a contratar. Pese a ello, el tipo cae bien al espectador pues demuestra a lo largo de toda la película que, aun de forma quizás excesivamente aséptica, su honesto interés se centra en causar el mínimo dolor a los afectados ante una penosa situación que no ha sido decidida por él pero que tiene que implementar.

Además, aprovechando su incansable peregrinar aereo, Bringhman/Clooney se dedica en sus ratos libres a impartir conferencias sobre motivación (¡vaya paradoja!) por todo el país, una de las cuales se nos presenta en el filme y constituye el motivo argumental de este artículo. La escena (ver aquí) dura algo más de tres minutos y se divide en dos partes bien diferenciadas (cada una referida al dispar contenido de una mochila) e intencionadamente separadas por el plano de un avión aterrizando, en clara alusión metafórica a la movilidad como vehículo de avance personal.

La primera parte es la que sin duda suscribiría cualquier manual de autoayuda de esos que inundan las estanterias de la FNAC, en donde se postula la conveniencia de aligerar de bienes materiales el peso de nuestra metafórica mochila existencial para así caminar más ligero por nuestro trayecto vital. Nadie, en su sano juicio, podría negar que la carga de pertenecías físicas lastra la vida, ejerciendo de hipotecante limitador de las posibilidades de libre elección en cada momento y por tanto, de absoluto condicionador del desarrollo personal. Hasta aquí, lo políticamente correcto y que nadie osaria cuestionar.

La segunda parte es más comprometida y valiente, pues mantiene la descriptiva alegoría de la mochila repleta y cargada sobre nuestros hombros, pero cambia el contenido llenándola esta vez de personas en lugar de cosas, para así llegar finalmente a la misma conclusión precedente: la dificultad de moverse y progresar.

El análisis y la valoración correspondiente a lo relacionado con esta segunda mochila recomiendo realizarlo prescindiendo de la alocución final de nuestro personaje (cuando menciona a los cisnes y a los tiburones), pues constituye un ejemplo comparativo propio quizás de un tipo de cultura diferente a la nuestra y que traslada un juicio de valor excesivamente singular y quizás poco afortunado, que puede confundir y desnaturalizar lo esencial del mensaje inicial.

Por tanto, igualar como constitutivo de carga vital a las cosas y a las personas llegando a la conclusión de que ambos pueden materializarse en frenos de nuestra vida es una inusual declaración de principios, posiblemente compartida por muchos pero seguramente silenciada también por aquellos que la acepten más en privado que en público, condicionados sin duda por su evidente e incómodo componente de incorrección social.

Sinceramente, ¿alguien sería capaz de proclamar convencida, pública y desvergonzadamente que, al igual que nuestros bienes materiales, nuestras relaciones personales pueden llegar a ser motivo de carga vital? George Clooney en Up in the Air si… y sin ser objeto de condena popular.

¿Y si esta también fuera mi opinión personal…?

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

“La verdad sospechosa”

La verdad sospechosa

A menudo me pregunto en qué medida mi percepción sobre la realidad que me rodea se acerca objetivamente a ella o por el contrario pueda yo vivir, sin conscientemente saberlo, inmerso en una suerte de autoengaño distorsionador de mi existencia que me la presente no como es sino como quisiera que fuera. Todavía no tengo la respuesta, aunque sigo en busca de ella.

El año pasado por estas fechas escribía… ¿La vida es sueño…?, tras presenciar en Madrid la magistral adaptación de la obra teatral homónima (sin interrogantes, claro) de Pedro Calderón de la Barca que montó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y que me brindó la oportunidad de reflexionar sobre la dualidad entre la realidad y la ficción a partir del mito de la caverna de Platón.

Un año después, también en el Teatro Pavón de Madrid y por la misma CNTC, he tenido la oportunidad de disfrutar embelesadamente de otra obra cumbre del Siglo de Oro Español, La verdad sospechosa, escrita por Juan Ruiz de Alarcón en 1621 y que nos presenta, con la maestría de quien bien conoce la vida y mejor maneja el verso de la palabra, las consecuencias que la mentira puede acarrear en nuestra existencia percibida.

Es indudable que desde la afición por la mentira siempre partirán dos caminos que atienden a las consecuencias por ella generada, tanto para los demás (ver… La Mentira) como para uno mismo, precisamente el objeto de este artículo.

El personaje protagonista de La verdad sospechosa es el galán Don García, fino maestro del enredo y del embuste hasta tal punto que su habilidad no solo consigue embaucar rendidamente a quien se le tercie por en medio, sino que incluso él mismo llega a ser víctima de sus propios engaños, creyéndose convencidamente lo autofabulado.

Don García, con ser hijo del siglo XVII, también lo pudiera ser del presente (la puesta en escena de la representación mencionada traslada al siglo XIX la acción, en clara alusión a la universalidad del texto), pues el llegar a convencerse de incluso aquello falso que el mismo dice es tan actual como también lo fuera entonces.

No descubriré nada nuevo si afirmo que la construcción de una vida enladrillada de mentiras suele responder comunmente a la necesidad de búsqueda de una escapatoria a una realidad insatisfactoria. Realidad que desgraciadamente nunca cambiará por más que nos empeñemos en distorsionarla con la ausencia de la verdad. Todavía guardo el agridulce recuerdo de un personaje cercano a mi familia y ya desaparecido que, dotado desde joven de grandes cualidades para prosperar en su vida, la vivió desgraciadamente en la creencia ciega de sus mentiras, malgastando torpemente su presente y arruinando tristemente su futuro y el de los demás que le acompañaron.

Si admitimos que somos lo que decimos más que lo contrario, el decir frecuentemente lo que no nos representa ni conviene (y la mentira es parte de ello) terminará por hacernos peor, como no éramos y como quizás no volvamos a ser, pues anclar una vida en la farsa supone un camino sin retorno del que participará seguro y al final siempre… el arrepentimiento.

Y si de final hablamos, nada mejor para concluir que la frase que por voz de Tristán (el sabio, fiel y atribulado mentor de Don García) cierra lacónica y desesperanzadamente La verdad sospechosa

En la boca del que mentir acostumbra, es la verdad sospechosa

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Vivir… ¿serena o apasionadamente?

Vivir serena o apasionadamente

Si la madurez tiene algo de positivo es que, llegados a ella (pues antes sería un despropósito), nos permite poder responder a la pregunta que titula este artículo. Claro, eso siempre que nos la lleguemos a formular, pues hay quien finaliza sus días tal y como los comenzó, en una eterna infancia ajena a cualquier responsabilidad.

Volviendo al título mencionado, es evidente que la interpelación excluyente que este propone no es exactamente la que en la práctica se ajusta más a la realidad, pues caben múltiples matices de elección entre los dos extremos señalados (pasión o serenidad). Sin embargo y con independencia de la situación finalmente escogida en nuestro dial vital, de manera natural solemos encontrarnos más cerca de un lado que del otro y en esto influirá decisivamente la idiosincrasia de cada cual.

Así las cosas y para simplificar mi análisis me referiré a los dos términos opuestos utilizados en el encabezamiento aun a riesgo de recibir las sugerencias de algunos lectores impulsivos que no hayan reparado en el párrafo anterior y me trasladen, con toda su buena intención pero despistadamente, los tradicionales… no todo es blanco o negro o también, en el centro está la virtud. Lo asumo con resignada estoicidad.

Continuando entonces, diré que defiendo la idoneidad de perfilar una toma responsable de postura sobre el estilo de vivir (lo de implantarla es otro cantar), pues esta decisión determinará nuestras bases troncales de actuación vital. Por comenzar desde lo más sencillo y esquemático, es evidente que optar por la serenidad obligará a un mayor conservadurismo actitudinal asumiendo menos riesgos en cada situación, lo que nos llevará a minimizar los fracasos pero también a limitar los éxitos. Por otra parte, elegir el apasionamiento como estilo de vida nos instalará irremediablemente en el frenesí de una montaña rusa del que podremos esperar grandes sensaciones, jugando a la lotería de que las positivas a las negativas puedan superar.

Pero la elección entre serenidad o apasionamiento como estilo de vida a desarrollar, siendo conveniente y hasta necesaria, en realidad no es tan sencilla como esta esquematización a dos simples palabras pueda parecer, pues tiene mucho de estructural (de nuestro temperamento) y menos de coyuntural (de nuestro carácter), lo que nos complica sobremanera el proceso efectivo que nos lleve a cambiar. Aun así, siempre recomendaré (por experiencia propia, lo confieso) que los pasionales se serenen y que los serenos se apasionen, todos buscando ese equilibrio que les genere mayor bienestar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Desde la “Econo-mía” hacia la “Econo-nuestra”

Econo-mía

Dicen que los economistas somos expertos en predecir el pasado y yo añadiría que, aún incluso así, con demasiada frecuencia nos equivocamos. La razón es bien sencilla pues la Economía no es la ciencia que trata sobre el dinero (que es contable) sino sobre lo que las personas hacen con él (que no es ya tan contable). Cualquier especialidad que estudie los comportamientos de las personas lo tendrá siempre más difícil pues no olvidemos que todo tiende a complicarse mucho al intervenir las emociones en nuestros procesos de decisión basados en las económica y discutiblemente llamadas expectativas racionales.

Aun con todas sus limitaciones, lo que parece no tener discusión es que a todos nos interesa mucho esto de la Economía, pero sobretodo lo que de mía tiene la materia, quedando aparentemente en un plano subsidiario lo referido a los demás (es decir, la parte de nuestra). No olvidemos que en la Universidad, las propias facultades de Economía en sus programas formativos distinguen como diciplinas específicas la Microeconomía (que estudia el comportamiento individual) de la Macroeconomía (que se centra en el de la colectividad), afianzando propiamente esta separación al establecer escasos lazos de unión entre ambas.

Pero este interés mayor por lo particular frente a lo general que parece definirnos posiblemente no sea tal pues incorpora una singularidad y es que no presenta siempre la misma intensidad al variar significativamente según el signo del ciclo económico en que nos encontremos: prosperidad o recesión.

Cuando escribo estas palabras todavía nos encontramos inmersos en una situación de penuria económica (posiblemente en su tramo final) que pronto cumplirá su sexto aniversario de imbatible reinado en las portadas de todos los medios de comunicación. La consecuencia más evidente de esta preocupante realidad es el empobrecimiento notorio de la mayoría de la población, lo que quizás se encuentra mejor representado por la pérdida masiva de puestos de trabajo y por un estado patente de malestar y desconsuelo de los ciudadanos.

En esta difícil situación, los afectados, cansados y desmotivados por la ausencia de éxito en la defensa personal de lo propio, suelen reorientar sus miradas hacia lo colectivo como única y última salida a sus problemas. Es decir, se produce un tránsito desde el interés por la Econo-mía hacia el interés por la Econo-nuestra, en la confianza y espera de que sea lo Macro quien pueda resolver los problemas de lo Micro.

Desde luego, no podremos cometer mayor error que el de pretender hacer descansar la mayor parte de la resolución de nuestra Econo-mía en los demás, por más que estos (gobiernos, sindicatos, jueces, bancos, organizaciones empresariales, etc.) puedan injerir en ella definiendo marcos de actuación condicionantes. Nunca, pero nunca, se ha podido demostrar que las políticas económicas y los ámbitos regulatorios solucionan por sí mismos los problemas de los individuos y aunque puedan contribuir facilitando, la verdadera llave del progreso económico personal y responsable siempre estará en cada cual.

Transitar por el camino que discurre desde la Econo-mía primero hacia la Econo-nuestra después y no al revés es la mejor alternativa para contar con algunas opciones de poder llegar a un destino económico deseado y no por las circunstancias impuesto…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Cuidado con ser feliz… y además parecerlo

Parecer ser feliz

Si por arte de magia me ofreciesen a elegir en mi vida entre ser feliz o no serlo, seguro yo optaría por lo primero (hasta aquí, lo normal). Si a continuación la disyuntiva propuesta fuera entre el parecerlo o el disimularlo, sin dudar me decantaría instantáneamente por lo segundo (a partir de aquí, lo polémico y que me instala fuera de lo normal).

A nadie se le oculta que vivimos un mundo que no se diferencia de los anteriores en lo referido al anhelo universal que todos tenemos por ser felices. La lucha por la felicidad y no solo por la supervivencia nos distingue de los animales y es lo que motiva el inconformismo de muchos, autentica palanca continua para progresar. Todos queremos ser felices y estamos en nuestro derecho de intentarlo, aunque no tengamos el derecho de conseguirlo, que esto es cuestión del merecimiento ganado por cada cual.

No obstante, en la actualidad este derecho a ser feliz parece se ha convertido en una obligación o casi, pues en el imperio de los medios de comunicación social solo hay espacio para los felices, siendo el marketing y la publicidad los adalides de esta moda de impuesta felicidad. Tan es así que tanta exposición regalada de dicha y bienestar llega a falsear su verdadero coste, en la apariencia constante de gratuidad para alcanzarla. Mediáticamente todos semejan ser felices y este fingido parecerlo también es lo que en ocasiones equivocadamente llegamos a imitar.

Sin embargo parecer ser feliz o muy feliz (siéndolo o no) resulta poco práctico a la larga, por mucho que los gurús del positivismo maten por defender esta puerilidad. Eso sí, queda bien y en esa corrección política se encuentra el engaño pues, en definitiva, la vida práctica y efectiva no se rige por lo que debiera ser sino por lo que es en realidad.

Hace más de una década, un giro favorable en mi vida me llevo a un estado de satisfacción continuada (me apura llamarlo felicidad por no molestar o por si acaso no lo fuese) que duró varios años y que en la actualidad todavía presenta cierta vigencia, aunque algo matizada respecto de lo inicial. Entonces quise hacer partícipe con entusiasmo a mi entorno social de mi buenaventura con la intención simplemente de ofrecer y sin la pretensión de recibir a cambio, en la creencia de que la carga de energía positiva que me sobraba podría ser aprovechada por los demás.

Nada más lejos de la realidad pues, sin esperarlo, recibí lo que nunca podría imaginar.

Mostrarme feliz, abiertamente en público, me enfrentó a los incómodos silencios de muchos y a la dolorosa distancia de alguna que otra amistad. Ser feliz y parecerlo (aun en su más contenida manifestación) puede incomodar a quien no lo es y se impone la obligación de aparentarlo ante la sociedad.

Desde entonces no renuncio a ser feliz y a contribuir decididamente a que lo sean los demás pero, eso sí, con cuidado mesurado y sin excesiva publicidad…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

¡Si te aclimatas… te aclimueres!

Piratas del Caribe

Es evidente que el título de este artículo nunca lo suscribiría Charles Darwin pues él sería más partidario del original, un proverbio peruano que reza… O te aclimatas o te aclimueres y que, en mi opinión, vale bien para mis respetados y siempre queridos animales pero no tanto para los seres humanos en su eterna aspiración por progresar.

La evolución de las especies se ha caracterizado desde el comienzo de los tiempos por una lucha por la perdurabilidad en la que la vida se trata de preservar. No ha habido mejor razón para aceptar las reglas del juego que la naturaleza impone, pues de no hacerlo no se es y esto indudablemente es lo que evita todo ser vivo, tenga instinto de supervivencia o incluso conocimiento intelectual .

Excepto aquellas personas que desgraciadamente todavía en este mundo deben pugnar por sus necesidades más básicas (prácticamente a la manera de los animales) y de las que nunca me olvido, las restantes nos manejamos en terrenos de anhelos de mejora socioeconómica, cuyos grados son diferentes según las aspiraciones de cada cual. Las sociedades desarrolladas, complejas y probablemente injustas, imponen una reglamentación vital distinta a la de la naturaleza y por tanto parece que en correspondencia también deberá ser diferente la enunciación del antes citado refrán.

Que la vida sea un asunto de sabia navegación en ríos de aguas cambiantes (procelosas unas veces, calmas otras) no debe suponer que nuestro timón tenga siempre que adecuarse buscando la fácil continuidad de la corriente, pues en ocasiones convendrá aproar remontando con esfuerzo el curso fluvial para conseguir alcanzar nuestros deseos. Una vida descansada en el rio que nos lleva puede llegarnos a fatigar de puro aburrimiento y desesperarnos por falta de ese rumbo propio que nos lleve a lo que queremos alcanzar.

Me parece que aclimatarse no es malo, de no hacerlo norma exclusiva en nuestra vida al quererlo extender a todas sus manifestaciones (normalmente llevados por la comodidad), en lugar de seleccionar aquellos momentos y situaciones en los que desmarcarse de lo colectivo (de la corriente) sea necesario para ejercer una distinción proactiva y protagonista, pues no olvidemos que lo igual nunca es ni será tan apreciado como lo diferente por los demás.

Es cierto que la vida tiene sus reglas y muchas de ellas convendrá seguirlas, pero hacer de todas una ley invariante es la mejor manera de encontrar la coartada para llegar a confundirnos mansamente con la colectividad, apagando nuestra voz en la de un coro que suele cantar igual. Aunque no podamos ser siempre solistas, debemos reclamar nuestros pequeños momentos de singularidad alzando la voz y rompiendo en ocasiones algún que otro precepto que, sin dañar a nadie, nos permita testimoniar con educada rebeldía nuestra presencia en nuestro entorno vivencial.

Cuando en esto pienso siempre recuerdo esa impactante escena de En el fin del mundo, una de las películas de la saga Piratas del Caribe, en la que el marinero Bill Turner (el padre de Will Turner/Orlando Bloom) vive insertado simbióticamente en una pared del barco, en un proceso de condenada transformación hacia la misma, perfectamente aclimatado a su entorno pero contemplativamente aclimuerto en su desdichada vida de marinero inmortal…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

¿Coaching o Showching…?

Juegos Reunidos Geyper

Conseguir definir clara y perfiladamente una nueva profesión no es asunto fácil y todavía lo es menos cuando algunos se empeñan sin ningún cuidado ético ni pudor en asociarla con aquello que evidentemente no es. El Coaching hoy en España se ha convertido en un trasunto de Arca de Noé donde parece tener cabida cualquier despropósito con tal de lograr hacer caja sin compasión. La confusión está servida y sus lamentables consecuencias nos las estamos merendando los esforzados profesionales que intentamos vivir deontológicamente de esta disciplina, que ya no la conmoce ni la madre que la parió.

Recientemente en el programa de la 1 de TVE, Comando Actualidad, se han emitido dos reportajes (de minuto 38:35 a minuto 49:21) que patentan esta realidad y no pueden ser más explicativos de esta transmutación. Algunos de mis amigos, tras verlos, me preguntaron si eso es lo que hago en mi trabajo como Coach y yo no pude por menos que tratar de deshacer la equivocación. Desgraciadamente el resto de espectadores seguro asociarán lo visto al Coaching, quedándose erróneamente con esa noción cuando en realidad lo presentado no es más que Showching y francamente, de dudosa condición.

No pretendo definir aquello que otros han sabido explicar antes y mejor que yo, por eso siempre me ha parecido más prudente describir Lo que no es el Coaching en un intento de exclusión de todo lo que ahora se pretende introducir a machamartillo en el cajón de esta profesión. De la multitud de manifestaciones apátridas a la esencia del Coaching, sin duda son esas que se basan en las atrabiliarias y forzadas dinámicas infantilizantes de los participantes (supuestos Coachees) las que son más desnaturalizadas y sonrojantes para quienes seguimos lo que Sócrates nos enseñó.

La explicación a todo ello hay que buscarla en razones presupuestarias y de auto-confusión. Presupuestarias pues el Coaching (que nace como una disciplina cuya dinámica efectiva es uno a uno), ante la situación de dificultad económica que nos contempla, paulatinamente va siendo transitado por algunos avezados vendedores hacia formulas grupales (uno a cinco, a diez, a quince, etc.) que luego derivan peligrosamente hacia los formatos tipo curso (uno a treinta, a cincuenta, a cien, etc.) con objeto de abaratar los costes por persona y así lograr una mejor comercialización. De auto-confusión porque, en un mundo reactivamente instalado en el espectáculo soez y facilón, el show business ya es una religión que profesan quienes necesitan creerse que su mejora profesional y personal pasa por bailar espasmódicamente y gritar estentóreamente en un rito de catarsis grupal que, sinceramente, no les llevará a ningún lugar más allá de un ratito (disfrutado por algunos pero padecido por los más) de Juegos Reunidos Geyper de salón.

Todo proceso de facilitación del cambio personal hacia la excelencia (Coaching), debido a su consustancial y tremenda complejidad, no podrá nunca reducirse a pizpiretos juegos de salón y quien ello proponga tendrá tanta responsabilidad en el engaño como quien lo acepte soñando siempre en circenses fórmulas malabares (Showching) que le curen todos sus males en jornadas de estafada esperanza y fugaz ilusión…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

¡Hola guapa…!

Ciego

El otro día me encontraba en una acera de Valencia guardando el casco en mi moto allí aparcada cuando a mis espaldas escuche un efusivo y galanteador… ¡Hola guapa…! Debo confesar que una hormonal curiosidad por contrastar la veracidad del piropo me obligo a girarme con presteza para observar a su afortunada receptora quien, pude atestiguar según mi gusto personal, lo merecía pero en algún grado inferior. La halagada señorita, apostada en el escaparate de un comercio de moda donde seguramente trabajaba, no cabía de gozo y satisfacción por el cumplido percibido, regalando mohines y carantoñas al caballero lisonjeador mientras este entraba a la tienda con determinada intención. Caballero que al instante pude constatar con gran estupefacción por mi parte era un ciego de aspecto reglamentario: con sus gafas negras, su bastón blanco y alzado el mentón.

Que nadie se sonría tras leer lo anterior pues… ¿alguien puede negar que ante un dudoso cumplido recibido no lo ha gustosamente aceptado y sin pararse a mayor comprobación? Yo no.

Casualmente esa misma semana, facilitando una sesión de Business Coaching, tuve un conflicto dialéctico con un cliente quien, instalado en una impuntualidad constante y demostrada por mis mediciones, no la aceptaba obcecándose en justificarla obstinadamente con todo tipo de disculpas peregrinas basadas en las socorridas circunstancias externas que, en su opinión, le excusaban en cualquier situación.

Es evidente que, con independencia de su verosimilitud, todos afrontamos de diferente manera las opiniones de los demás según sea su orientación, lo que nos lleva normalmente a atender y cargar de credibilidad más a las positivas que a las negativas, con la consiguiente pérdida de perspectiva real. La indulgencia en la frontera de entrada del halago combinada con la severidad en la de aceptación de la crítica nos instala en una suerte de atracción de feria donde los espejos combados distorsionan nuestra imagen con asumida aceptación .

Todo proceso de mejora profesional y personal parte del intento de objetivizar a la mayor medida posible el auto-reconocimiento de las deudas que tenemos con nosotros mismos, pues sin ello nada sería necesario cambiar y por lo tanto todo nos seguirá igual. No hay efecto sin causa y por consiguiente no habrá motivo que nos lleve a la acción (Motiva-acción) de creernos convencidamente que nos encontrarnos cercanos a nuestra mejor situación.

Escuchar a los demás, ofreciendo igualdad de oportunidades y crédito a todas las opiniones sensatas, es el único camino para asegurarse la posibilidad de un destino mejor. Cualquier discriminación interesada nos reafirmará en nuestras fortalezas pero desgraciadamente nos ocultará nuestras debilidades que, siendo muchas o pocas, todos tenemos la responsabilidad y obligación de reparar para construir una vida en constante recalificación.

Al final, de toda esta historia me asalta una duda que nunca podré despejar respecto de la idoneidad de la ropa que pudo haberse comprado el mencionado caballero invidente, al confiar ciegamente en la halagadora opinión de su muy deudora por piropeada dependienta tras el mostrador…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro