“Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas”
Un Epílogo que es más principio que final
En el Índice de “La duda razonable”, a la Introducción le sigue el Epílogo para luego numerarse los seis capítulos que componen la narración. ¿Un error…? No, pues su contenido (que efectivamente es posterior al relato de los hechos) nos viene a indicar lo que a continuación se leerá: un largo “flash-back” que girará alrededor de la novela que está escribiendo Henry Davis y cuyo título y argumento se confundirán, en un juego de matrioskas apariencias, con el que el propio lector se apresta a comenzar…
Epílogo
Cuando una inesperada mañana de 1981, Henry Davis recibió la cordial llamada del Presidente de la Universidad de Columbia anunciándole que “La duda razonable” era finalista del Premio Pulitzer de novela junto a “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole, con toda amabilidad agradeció aquel súbito honor y se excusó rechazando el participar. Davis, ajeno ya a cualquier vanidad, no deseaba competir con una obra cuyo flamante título le evocaba algo de su angustiado pasado que nunca podría olvidar y que por siempre le llevaría a dudar…
Antonio J. Alonso Sampedro
Re-flexiones… 2.263 (duda)
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Duda con Dado o Duda con Dedo
No creo que exista algo tan cierto en la vida como la Duda, esa compañera entrometida y nunca invitada que, al igual que una segunda sombra, no se despega de nuestra capacidad de decidir y aún más, de nuestra percepción de un mundo que quizás no sea tal y como nos lo llegamos a imaginar. La Duda, nuestra mejor aliada o el peor enemigo con que nos podamos enfrentar. Al fin, todo dependerá de cómo la queramos gestionar.
Cuando decidí embarcarme en la inacabable aventura de escribir “La duda razonable” era consciente de que el libro debería homenajear a la Duda (a la Duda Razonable, claro está), como único posicionamiento vital que nos lleva a transitar hacia el desarrollo personal. Por esto, la historia que busqué imaginar pretendió cerrar muchas de las puertas que quedaron abiertas en la película “12 hombres sin piedad” pero… para volverlas a abrir al final. La necesaria coherencia con el propio título del libro me impedía concluir un relato abrillantado por la certeza total y así traicionar lo que no tiene falsedad: que la Duda, como garante de la búsqueda de la verdad, nunca debe llevar a cerrar la realidad.
Dar nueva vida a Davis (tras dejarlo marchar por las mojadas escaleras de aquel Tribunal cuando en la pantalla aparecía un agridulce “the end”, que no era un verdadero final), me ha enseñado que la vida tiene un coste que aumenta tanto cuanto uno menos quiera aceptar. Por dudar, Davis salvó una anónima vida, pero luego la suya estuvo a punto de acabar. Nada es gratuito porque todo tiene su valor en esa extraña moneda con cara y cruz de implicación personal.
Aun así, resulta ser muy diferente la Duda de quien en su vida todo lo rifa con un Dado que no cesa de lanzar, que aquella otra Duda del que con el Dedo siempre apunta hacia lo que pretende alcanzar…
Antonio J. Alonso Sampedro










