“El infierno está lleno de músicos aficionados”
La TV o la parálisis del sillón
Un aparato de televisión apagado vale tanto como el tiempo que nos ahorra en su visualización o lo que es mejor, vale lo que nuestra inteligencia es capaz de generar libre de toda sedación.
Hay muchos relatos y películas de ciencia-ficción que plantean un mundo donde las personas son gobernadas por un ente superior que, en un alarde de capacidad colectiva de hipnotización, consigue que piensen y actúen todas de una misma manera, anulando su capacidad de decisión. Hoy esto ya no es ciencia y mucho menos ficción. La televisión ejerce de dios barrenador de cualquier intento de actividad neuronal que no sea la de la aceptación zómbica de su visión. La televisión centrifuga la razón y amordaza la actuación, por lo que tiene un coste mucho mayor que el de su mero consumo y es el de la desactivación de nuestra proactividad tras apagar el televisor. La televisión nos manda aun cuando no estamos sentados en el sillón.
Dos horas al día de televisión son 7,5 años de una vida gastados sin que valga ninguna explicación. Totalmente perdidos y no por alguna obligación, sino por nuestra libre decisión. Más de un 8% de nuestra existencia tirado al contenedor de una basura llena de lo único que no se puede comprar ni vender, porque el tiempo es un tesoro sin posibilidad de enajenación.
¿Qué hace a la televisión ser plenipotenciaria gobernadora de nuestro salón? Pues… la parálisis de unas mentes que prefieren ser espectadoras de otras biografías en lugar de escribir su propio guión, la costumbre de finalizar el día eludiendo el compromiso con la propia superación, la resignación a que lleva un mundo que está perdiendo su ilusión en un futuro mejor y en fin, el estar leyendo este artículo y no tomar ya una decisión…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
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“Estos son mis principio. Sino le gustan, tengo otros”
En la historia de la humanidad, la capital discusión filosófica sobre qué principios deben regir la conducta de las personas parece multiplicada en su importancia y trascendencia ahora que se nos plantea la oportunidad de trasladarlos a las máquinas, en su imparable evolución hacia la inteligencia artificial.
La Real Academia de la Lengua Española, en una de sus acepciones, define principio como… norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta. Desde luego, lo de pensamiento es algo muy privado que no afecta a nadie más que al propio pensador, pero la conducta ya es otra cosa, al interferir en su aplicación con los demás. Es por ello que nuestros principios son tan importantes pues, al determinar nuestra conducta, definen nuestra relación social. Hasta tal punto puede ser esto condicionador que, en función de sus principios, alguien pueda regalar o robar, salvar vidas o asesinar.
Ahora que la evolución de las máquinas llama a la puerta de su autonomía decisional, el dilema de establecer cuáles son los principios que deberán regir su comportamiento lleva a trascender nuestra responsabilidad desde el ámbito personal de cada cual al general de la sociedad. Establecer que elección tendrá que seleccionar un vehículo autónomo en caso de posible accidente con riesgo vital, es uno de los muchos ejemplos que podemos encontrar en este momento crucial de la filosofía como investigadora de lo que define a la persona como ser racional y espiritual.
Así las cosas, es indudable que el desarrollo tecnológico se ha adelantado desgraciadamente al moral, por cuanto no hay un modelo de comportamiento ético aceptado y seguido como general (ver cada día las noticias de actualidad) que podamos trasladar a las máquinas con garantías éticas de ecuanimidad. Si las máquinas tienen que adoptar los principios que caracterizan nuestra realidad, mucho me temo que pronto peligrará la humanidad como ya anticipó Groucho Marx al esperpentizar la facilidad de muchos para cambiar su moral en favor del gusto de cada cual…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro












