Re-flexiones… 744

“Entre la fe y la incredulidad, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Alégrate en este soplo presente en donde vives, pues la vida misma está en el soplo que pasa”

Omar Khayyam

Omar Khayyam

Desde la “Econo-mía” hacia la “Econo-nuestra”

Econo-mía

Dicen que los economistas somos expertos en predecir el pasado y yo añadiría que, aún incluso así, con demasiada frecuencia nos equivocamos. La razón es bien sencilla pues la Economía no es la ciencia que trata sobre el dinero (que es contable) sino sobre lo que las personas hacen con él (que no es ya tan contable). Cualquier especialidad que estudie los comportamientos de las personas lo tendrá siempre más difícil pues no olvidemos que todo tiende a complicarse mucho al intervenir las emociones en nuestros procesos de decisión basados en las económica y discutiblemente llamadas expectativas racionales.

Aun con todas sus limitaciones, lo que parece no tener discusión es que a todos nos interesa mucho esto de la Economía, pero sobretodo lo que de mía tiene la materia, quedando aparentemente en un plano subsidiario lo referido a los demás (es decir, la parte de nuestra). No olvidemos que en la Universidad, las propias facultades de Economía en sus programas formativos distinguen como diciplinas específicas la Microeconomía (que estudia el comportamiento individual) de la Macroeconomía (que se centra en el de la colectividad), afianzando propiamente esta separación al establecer escasos lazos de unión entre ambas.

Pero este interés mayor por lo particular frente a lo general que parece definirnos posiblemente no sea tal pues incorpora una singularidad y es que no presenta siempre la misma intensidad al variar significativamente según el signo del ciclo económico en que nos encontremos: prosperidad o recesión.

Cuando escribo estas palabras todavía nos encontramos inmersos en una situación de penuria económica (posiblemente en su tramo final) que pronto cumplirá su sexto aniversario de imbatible reinado en las portadas de todos los medios de comunicación. La consecuencia más evidente de esta preocupante realidad es el empobrecimiento notorio de la mayoría de la población, lo que quizás se encuentra mejor representado por la pérdida masiva de puestos de trabajo y por un estado patente de malestar y desconsuelo de los ciudadanos.

En esta difícil situación, los afectados, cansados y desmotivados por la ausencia de éxito en la defensa personal de lo propio, suelen reorientar sus miradas hacia lo colectivo como única y última salida a sus problemas. Es decir, se produce un tránsito desde el interés por la Econo-mía hacia el interés por la Econo-nuestra, en la confianza y espera de que sea lo Macro quien pueda resolver los problemas de lo Micro.

Desde luego, no podremos cometer mayor error que el de pretender hacer descansar la mayor parte de la resolución de nuestra Econo-mía en los demás, por más que estos (gobiernos, sindicatos, jueces, bancos, organizaciones empresariales, etc.) puedan injerir en ella definiendo marcos de actuación condicionantes. Nunca, pero nunca, se ha podido demostrar que las políticas económicas y los ámbitos regulatorios solucionan por sí mismos los problemas de los individuos y aunque puedan contribuir facilitando, la verdadera llave del progreso económico personal y responsable siempre estará en cada cual.

Transitar por el camino que discurre desde la Econo-mía primero hacia la Econo-nuestra después y no al revés es la mejor alternativa para contar con algunas opciones de poder llegar a un destino económico deseado y no por las circunstancias impuesto…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Cuidado con ser feliz… y además parecerlo

Parecer ser feliz

Si por arte de magia me ofreciesen a elegir en mi vida entre ser feliz o no serlo, seguro yo optaría por lo primero (hasta aquí, lo normal). Si a continuación la disyuntiva propuesta fuera entre el parecerlo o el disimularlo, sin dudar me decantaría instantáneamente por lo segundo (a partir de aquí, lo polémico y que me instala fuera de lo normal).

A nadie se le oculta que vivimos un mundo que no se diferencia de los anteriores en lo referido al anhelo universal que todos tenemos por ser felices. La lucha por la felicidad y no solo por la supervivencia nos distingue de los animales y es lo que motiva el inconformismo de muchos, autentica palanca continua para progresar. Todos queremos ser felices y estamos en nuestro derecho de intentarlo, aunque no tengamos el derecho de conseguirlo, que esto es cuestión del merecimiento ganado por cada cual.

No obstante, en la actualidad este derecho a ser feliz parece se ha convertido en una obligación o casi, pues en el imperio de los medios de comunicación social solo hay espacio para los felices, siendo el marketing y la publicidad los adalides de esta moda de impuesta felicidad. Tan es así que tanta exposición regalada de dicha y bienestar llega a falsear su verdadero coste, en la apariencia constante de gratuidad para alcanzarla. Mediáticamente todos semejan ser felices y este fingido parecerlo también es lo que en ocasiones equivocadamente llegamos a imitar.

Sin embargo parecer ser feliz o muy feliz (siéndolo o no) resulta poco práctico a la larga, por mucho que los gurús del positivismo maten por defender esta puerilidad. Eso sí, queda bien y en esa corrección política se encuentra el engaño pues, en definitiva, la vida práctica y efectiva no se rige por lo que debiera ser sino por lo que es en realidad.

Hace más de una década, un giro favorable en mi vida me llevo a un estado de satisfacción continuada (me apura llamarlo felicidad por no molestar o por si acaso no lo fuese) que duró varios años y que en la actualidad todavía presenta cierta vigencia, aunque algo matizada respecto de lo inicial. Entonces quise hacer partícipe con entusiasmo a mi entorno social de mi buenaventura con la intención simplemente de ofrecer y sin la pretensión de recibir a cambio, en la creencia de que la carga de energía positiva que me sobraba podría ser aprovechada por los demás.

Nada más lejos de la realidad pues, sin esperarlo, recibí lo que nunca podría imaginar.

Mostrarme feliz, abiertamente en público, me enfrentó a los incómodos silencios de muchos y a la dolorosa distancia de alguna que otra amistad. Ser feliz y parecerlo (aun en su más contenida manifestación) puede incomodar a quien no lo es y se impone la obligación de aparentarlo ante la sociedad.

Desde entonces no renuncio a ser feliz y a contribuir decididamente a que lo sean los demás pero, eso sí, con cuidado mesurado y sin excesiva publicidad…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro