“La independencia siempre fue mi deseo; la dependencia siempre fue mi destino”
Paul Verlaine

Llegó hace más de medio siglo con la ilusión que trae la abundancia y parece no querer marcharse pues hoy cuenta con una mayoritaria aprobación. El imperio de lo cuantitativo gobierna nuestras vidas sometiéndolas a una desbocada carrera por la acumulación, cuando la Historia nos ha probado que el número no tiene nunca la importancia del valor y que la arrogante cantidad siempre se empequeñece frente a la discreta calidad de lo que es bueno y con seguridad mejor.
Ser o tener mucho, por más que ahora pueda parecer la solución, nunca será comparable a ser o tener algo especial que posea distinción. El mérito no se encuentra en la ansiosa colección sino en el frugal deleite de lo singular y único, aquello que nos hace sentirnos tan particulares como lejos de la masificación.
Prosperar en la vida es ya un acto reflejo que, marcado en el ADN del hombre, no requiere por este de ninguna reflexión. Nacemos para progresar y cuando por aconteceres de la existencia detenemos nuestro avance, llega la frustración. De jóvenes todos queremos triunfar en la vida y para ello mecánicamente tomamos el camino que la sociedad equivocadamente nos muestra como ganador: el de ser y tener más que los demás, el de ser un acumulador. ¡Qué general engaño maquiavélicamente urdido para perpetuar esta situación! Y todo por no detenernos a buscar una salida a esta autopista sin límites de velocidad que nos lleva desgraciadamente al obligado consumismo y la trasnochada representación. Esa salida que nos desvíe hacia la ponderación del crecimiento personal frente al material pues en ello se encuentra la clave de ser, de ser no más sino mejor. Cantidad y calidad, una dualidad que cada vez menos resiste una serena comparación.
Normalmente el éxito de los negocios se evidencia por el incremento de la facturación, pero esto en las personas realmente no tiene la misma significación. Las personas no prosperan por poder contar por decenas sus viviendas, por cientos sus zapatos, por miles sus acciones y por millones sus saldos en lejanas cuentas bancarias de Sebastopol. Las personas crecen en su vida por fomentar su capacidad de distinción, aportando a los demás destellos de calidad, la que siempre acompaña a quien descubre y promueve sus competencias personales en aquello para lo que mejor nació.
No me interesa mucho la gente acaudalada o con posición pues de ellos solo obtengo presunciones varias y aun más, en ocasiones aviesas miradas de un soslayo prepotente y ganador. Tienen lo que no me dan ni quiero, pues prefiero a quienes ofrecen algo especial que no pueda comprarse con dinero (un consejo, un beso, una felicitación) y que en definitiva es todo lo que si requiere de una verdadera cualificación.
Los cuantificados atesoran bienes y cargos mientras que los cualificados te asesoran bien y sin cargo. ¿A quién le concedes más reputación?
Mucho cambiarían las cosas si todos nos educásemos en la cualificación en lugar de la cuantificación pues seriamos más capaces de dar, al no ser nuestro destino el acopio y la recolección. Pero además ofreceríamos algo mucho mejor, al haber invertido nuestro tiempo en enriquecernos de la única forma que tiene sabor y es eligiendo que es lo mejor que podemos hacer con nuestra vida para que nos valga algo más que para dejar una buena herencia que nunca incluyó un abrazo sincero y reconfortador…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Decir algo malo o negativo referido a los demás y con independencia de ser mentira o verdad es lo que se define como maledicencia, pero… ¿es maledicente quien se remite a la evidencia y a la sinceridad?
Nuestra vida se gobierna por comunicaciones, unas interiores que responden a nuestros pensamientos y otras exteriores que formalizamos con los demás. Las primeras no afectan a nadie más, mientras que las segundas siempre lo hacen, incluso en ocasiones a nuestro pesar. Hablar comporta una ineludible responsabilidad, dado que el destino de nuestras palabras nunca será neutral, al no ser nosotros los dueños de su significado por más empeño que en ello pongamos, pues lo finalmente entendido será propiedad de quien las reciba y de su manera de interpretar.
Por tanto, mediatizados por una interpretación que es ajena y casi siempre desconocida, será aconsejable cuidar al máximo el contenido de nuestras comunicaciones cuando estas se refieran a los demás. Pero… ¿qué significa cuidar?, ¿cuidar es decir lo que conviene o decir la verdad?, ¿lo que conviene puede llegar a ser maledicencia tanto como lo pueda ser decir una incómoda verdad?, ¿dónde se encuentra la frontera entre lo conveniente y la realidad? Reconozco no contar con respuestas universales a estas preguntas tan generales, que sin duda tendrán su caracterización y solución en cada situación particular.
Por otra parte, sí parece fácil aceptar la existencia de un irreprimible afán por hablar de los otros como fórmula de congraciarnos con los unos, en una especie de amable fomento de la complicidad que suele ser traicionada frecuentemente cuando esto lo realizamos sin discriminar, no distinguiendo unos de otros y por tanto, convirtiéndonos en incontrolados mensajeros del chismorreo y la procacidad. Frecuentemente, las palabras se nos van y en especial cuanto mejor nos vamos encontrando en una conversación de esas que, al final, nos lleva a hablar más allá de la cuenta, opinando sin freno alguno de los demás.
Hablar mal mintiendo es claro que no tiene justificación ni perdón, pues normalmente suele venir explicado por asuntos de envidia, venganza, rencor o enemistad. Los infundios pronto se traducen en calumnias y sus problemáticas consecuencias llevarán finalmente a la insatisfacción de todos los que activa o pasivamente participan de esa feria contagiosa de la difamación social.
Pero hablar mal, asistidos por la razón y la verdad, si puede encontrar en algunos casos exculpación, pues de lo contrario, el silencio precautorio y equivocadamente conciliador ejerce de ocultador de las incorrectas actuaciones de otros, cuya responsabilidad será siempre necesario demandar. Sin denunciar, nunca nada se corregirá y la valentía que para ello se requiere no puede convertirse en cobardía por el que dirán. Callar por no hablar mal, aun diciendo la verdad, en mi opinión conlleva tanta culpa como hablar mal mintiendo, en lugar de honestamente callar.
En este asunto tratado aquí confieso mi asumida inflexibilidad, pues nunca he congeniado ni estimo que en un futuro lo haga con aquellos maestros del guardar su ropa al nadar, amigos proclamados de todos aunque enemigos ocultos de los demás, que nunca toman postura incómoda frente a los otros convirtiendo su engañosa benedicencia en la peor maledicencia que podamos encontrar…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro