La mayordomía empresarial

Mayordomía empresarial

No es un secreto que yo descubra ahora el que la realidad de las relaciones entre líderes y sus equipos todavía sigue definiéndose muy en términos feudalistas, en donde el sometimiento total y aceptado de los segundos a los primeros podríamos definirlo como de mayordomía empresarial.

Por más que así lo parezca, no toda la responsabilidad del liderazgo efectivo la tiene siempre el Líder en una organización, pues son sus colaboradores quienes deben asumir decididamente la parte de protagonismo que también les corresponde en la mejora constante de los resultados empresariales y que en muchas ocasiones, acomodaticiamente eluden, descargando en sus superiores toda la responsabilidad.

En mis cientos de procesos de actuación como Business Coach he llegado a la conclusión de que muchos responsables de equipos de trabajo viven instalados (por supuesto, erróneamente) en su virreinato particular, que además desgraciadamente es alentado por quienes lo conforman en un intento constante de agradar, aun cuando se encuentren en permanente desacuerdo con sus criterios (el jefe siempre tiene la razón, incluso cuando no la tiene) y lo vengan a callar.

Por supuesto, no seré yo quien aliente la rebeldía y el desacato pues esto no lleva nunca a ningún lugar conveniente, pero tampoco apoyaré a quien se instale en la injustificable dejación de su responsabilidad para con la empresa en la que trabaja. Responsabilidad que siempre le exigirá la defensa adecuada y educada de aquello que considere como mejor, a pesar de quien le tenga que pesar.

Repetir un rendido señor, sí señor sin solución de continuidad es la peor contribución que pueda hacerse a las organizaciones para las que trabajamos y a esos líderes tóxicos que solo buscan en sus colaboradores… mayordomos de su incompetencia empresarial.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Re-flexiones… 605

“Nada hay más admirable y heroico que sacar valor del seno mismo de las desgracias y revivir con cada golpe que debiera darnos muerte”

Louis-Antoine Caraccioli

Louis-Antoine Caraccioli

La TV y la Inteligencia Emocional

Gran Hermano

Si hay un ejemplo universal de utilización torticera de los postulados de la Inteligencia Emocional, sin duda ese es el protagonizado por la televisión de hoy, que se ha convertido en el mayor generador de analfabetos emocionales a mayor gloria de los llamados Reality Shows o Telerrealidad.

De siempre, una de las estrellas de la programación televisiva han sido los concursos en sus más variadas manifestaciones, cuyo modelo inicial se asentaba en la competición del saber y la habilidad o lo que es lo mismo, de competencias personales o profesionales que eran la envidia de espectador normal. Es evidente que ahora todo esto ha cambiado, pues ya son desgraciada mayoría los programas de telerrealidad que embarcan a los inocentes concursantes en absurdos sinsentidos al servicio de su triunfal demostración de inestabilidad y descontrol emocional. Ahora quienes vencen son los que menos Inteligencia Emocional demuestran, pues precisamente es lo que premia el espectador actual, siempre ávido por presenciar anónimamente desde su sillón como los demás pierden los papeles, incapaces de poderse autocontrolar.

Ejemplos como “Supervivientes”, “La casa de tu vida”, “Esta cocina es un infierno”, “Operación triunfo”, “El factor X”, “La voz”, “Fama ¡a bailar!”, “Tu cara me suena”, “Tu sí que vales”, “Mujeres, hombres y viceversa”, “Granjero busca esposa”, “¿Quién quiere casarse con mi hijo?”, “Supermodelo”, “Splash”, “Famosos al agua” o sobre todo “Gran Hermano” representan la quintaesencia de la telerrealidad. Concursos cuyos premios siempre se obtienen por dejarse llevar más por el corazón que por la razón, en una demostración palmaria de inmadurez personal.

No lo podré nunca demostrar, pero estoy convencido de que en los cástines de “Gran Hermano”, el criterio de selección principal de participantes es el de su volubilidad emocional (que en algunos casos llega hasta la inestabilidad mental). Es lo que da juego y vende, pues parece ser que nos gusta ver (con la bendición de la caja tonta) a quien nos supera en errores y debilidades a modo de ejercicio de exorcización colectiva de nuestro mal particular. Hemos cambiado a los ganadores por ser mejores que nosotros, por los ganadores por ser peores que nosotros, curioso referente de idoneidad que fatalmente deriva en un equivocado camino de progreso social.

Los concursos televisivos ya no se ganan por excelencia sino por normalidad, lo que nos permite creer que también podríamos llegar a ganarlos nosotros. Aquí está su socializante éxito. El éxito de la ganada mediocridad.

No hace mucho escribía La moda de la Inteligencia Emocional cuyo contenido es también válido para lo aquí tratado, pues de moda están en las TV de todo el mundo las emociones con gestión irregular. Quienes defienden el mundo de las emociones como gobernador plenipotenciario del ser humano, en ocasiones no distinguen el que no todo vale, añadiendo ellos mismos share a una telebasura que quizá por ello nos merezcamos y debamos pagar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro