“Leyes hay, lo que falta es justicia”
Ernesto Mallo

No es mi costumbre abordar reflexiones profesionales que tengan como protagonista a la clase política española pues, con independencia del cuidado observado en elegir las palabras que mejor trasladen mis pensamientos, antes o después siempre serán interpretadas en forma de parte, lo cual no tiene sentido pues yo no soy de nadie. No obstante, una vez más asumo el riesgo y a ello voy…
El título de este artículo constituye una afirmación cuya demostración, ahora mismo, no parece muy difícil de descubrir.
La productividad laboral es un término que alude a la eficiencia en la realización de las tareas que un profesional tiene encomendadas en su trabajo y que siempre deben estar relacionadas con los objetivos de la empresa u organización a la que pertenece.
Los objetivos de los partidos políticos son los mismos a los que en cada ciclo electoral se comprometen ante sus votantes, por lo que la productividad laboral de los políticos deberá orientarse a su dedicación exclusiva a estos menesteres.
En la actualidad, España evidencia una supuesta epidemia de casos de corrupción política que lamentablemente está afectando mucho a nuestra credibilidad internacional, precisamente en unos tiempos en los que la confianza se cotiza como un valor crucial para afrontar esta crisis económica que a más de medio mundo nos atenaza.
¿Hay más corrupción ahora que antes?. En mi opinión, la respuesta es no. Lo que ocurre es que la fuerza investigadora ha crecido mucho y por consiguiente ha descubierto más.
¿Y quién compone esa fuerza investigadora?. Pues precisamente los mismos políticos, cuyo afán por derribar a sus adversarios de otros partidos (y en ocasiones del propio) les ha convertido en cómicos remedos del conspicuo Sherlock Holmes, eso sí, más preocupados por destruir que de lo contrario.
Así las cosas, gran parte de la dedicación profesional de los políticos se centra en asuntos que nada tienen que ver con los programáticos, que son los que verdaderamente interesan a sus electores y justificarían su dedicación laboral, por lo que podemos concluir que ahora en España la productividad de la clase política es tan baja que, si pertenecieran al colectivo empresarial, nadie les contrataría para trabajar, añadiéndose por tanto más efectivos a las listas del paro: justamente lo que pretenden combatir.
La paradoja por tanto está servida…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
En todo arte escénico y audiovisual ocurre un hecho muy singular y es que los honores del éxito casi siempre se los llevan los intérpretes y en raras ocasiones el autor de las obras. Nuestra necesidad de personificar las emociones nos lleva a buscarlas en quienes directamente nos las ofrecen, identificándolas con ellos aun cuando no sean sus originarios creadores.
Esto ocurre en el cine o el teatro cuando, al confundir persona con personaje, mitificamos a los actores asumiendo tácitamente el engaño de los papeles que han interpretado (Elizabeth Taylor siempre será Cleopatra y Marlon Brando el Padrino). En la opera ocurre igual o aun más pues las emociones que destila llegan a ser tan intensas que la farsa aceptada puede tener proporciones esperpénticas (Caballé como Violeta falleciendo famélica de tuberculosis en La Traviata o Pavarotti como Rodolfo pasando penalidades alimenticias en La Boheme).
Debo reconocer que recientemente he sido presa una vez más de esta dulce confusión emocional asistiendo al recital que Joyce DiDonato nos ofreció en el Palau de la Música de Valencia en su gira mundial de presentación de su última grabación discográfica, “Drama Queens”. La música barroca italiana para voz de los siglos XVII y XVIII constituye la quintaesencia del sentimiento y la delicadeza llevadas al paroxismo. Autores como Scarlatti, Monteverdi o Vivaldi fueron capaces de trasladar a sonidos cuidadosamente hilvanados lo más profundo del sentir humano y con este material el instrumento aterciopelado de la gran mezzosoprano americana tenía que enamorar.
En primera fila y a dos metros de ella, embelesado por un torbellino de canto sentidamente interpretado, mi atención se dividía entre la belleza de lo que oía y el encanto de lo que veía, apuntándome todo hacia el centro de mi corazón. El hecho irremediablemente se había consumado y una vez más, uno de mis enamoramientos exprés me arrebolaba en mi sillón. De aquí a pedirle un recuerdo suyo en forma de dedicatoria, todo transcurrió sin querer mirar el reloj.
Mientras paseaba extasiado por las calles aun mojadas de vuelta hacia mi casa disfruté calladamente el placer de mi nuevo amor que, como todos los que también lo han sido, se convertiría serenamente en fiel cariño al salir el próximo sol…
Saludos de Antonio J. Alonso