Del querer Tener al querer Ser

A mi edad he comprendido algunas cosas de la vida, aunque todavía me faltan muchas más por averiguar. Este camino no finalizará nunca, afortunadamente para mi declarada aversión a ese aburrimiento que genera la falta de curiosidad.

El tránsito hacia la equilibrada madurez que toda persona debiera recorrer viene caracterizado por el progresivo abandono de la necesidad del Tener para centrarse en el Ser, en un viaje de vuelta hacia la esencia de la propia personalidad.

Si nacemos “siendo”, al punto se inicia un camino que viene caracterizado por el ingobernable instinto por Tener y así venimos al mundo llorando, esa manera de exigirlo todo en la consideración de que ese todo nos pertenece sin más. Pero pronto este espejismo irá difuminándose paulatinamente, pues lo que nos encontraremos después nos recordará que vivimos en un mundo transaccional en donde para Tener siempre deberemos compensar, pagando con nuestro dinero o con nuestro tiempo, ambas monedas del comercio vital.

Si Tener exige siempre un pago, Tener mucho implicará pagar mucho más, lo que nos obligará a utilizar mucho dinero que, de no tenerlo, deberemos conseguir destinando mucho tiempo a trabajar. Utilizar mucho tiempo para obtener mucho dinero determinará que aquello que podamos conseguir con él no lo podamos disfrutar, por no contar con el tiempo conveniente para poderlo usar.

A este disparatado bucle sin fin en el que se ha convertido la vida de los habitantes de los países desarrollados y que a todos nos tiene secuestrados, solo le veo una única solución: cambiar nuestra natural orientación vital del Tener por otra que no nos obligue al mencionado pago transaccional.

¿Qué es lo único que, al ya tenerlo, no necesitamos comprar? Pues nuestra propia personalidad. Todos nacemos con un único patrimonio existencial, que es nuestra identidad personal. Esa que deberemos configurar para llegar a convertirnos en aquel o aquella que deseamos Ser y no en quien nos impone la sociedad.

Querer Ser no necesita de ningún pago dinerario, pues se ampara en el deseo de crecimiento y desarrollo personal, algo sin duda mucho más recompensador que todos los bienes materiales que podamos coleccionar a lo largo de una vida y que nunca, verdaderamente, nos pertenecerán…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro