“El mundo ha sido creado para ser recreado”
Georges Duhamel

Blog de Antonio J. Alonso Sampedro
Duda razonable y reflexión
Si por arte de magia me ofreciesen a elegir en mi vida entre ser feliz o no serlo, seguro yo optaría por lo primero (hasta aquí, lo normal). Si a continuación la disyuntiva propuesta fuera entre el parecerlo o el disimularlo, sin dudar me decantaría instantáneamente por lo segundo (a partir de aquí, lo polémico y que me instala fuera de lo normal).
A nadie se le oculta que vivimos un mundo que no se diferencia de los anteriores en lo referido al anhelo universal que todos tenemos por ser felices. La lucha por la felicidad y no solo por la supervivencia nos distingue de los animales y es lo que motiva el inconformismo de muchos, autentica palanca continua para progresar. Todos queremos ser felices y estamos en nuestro derecho de intentarlo, aunque no tengamos el derecho de conseguirlo, que esto es cuestión del merecimiento ganado por cada cual.
No obstante, en la actualidad este derecho a ser feliz parece se ha convertido en una obligación o casi, pues en el imperio de los medios de comunicación social solo hay espacio para los felices, siendo el marketing y la publicidad los adalides de esta moda de impuesta felicidad. Tan es así que tanta exposición regalada de dicha y bienestar llega a falsear su verdadero coste, en la apariencia constante de gratuidad para alcanzarla. Mediáticamente todos semejan ser felices y este fingido parecerlo también es lo que en ocasiones equivocadamente llegamos a imitar.
Sin embargo parecer ser feliz o muy feliz (siéndolo o no) resulta poco práctico a la larga, por mucho que los gurús del positivismo maten por defender esta puerilidad. Eso sí, queda bien y en esa corrección política se encuentra el engaño pues, en definitiva, la vida práctica y efectiva no se rige por lo que debiera ser sino por lo que es en realidad.
Hace más de una década, un giro favorable en mi vida me llevo a un estado de satisfacción continuada (me apura llamarlo felicidad por no molestar o por si acaso no lo fuese) que duró varios años y que en la actualidad todavía presenta cierta vigencia, aunque algo matizada respecto de lo inicial. Entonces quise hacer partícipe con entusiasmo a mi entorno social de mi buenaventura con la intención simplemente de ofrecer y sin la pretensión de recibir a cambio, en la creencia de que la carga de energía positiva que me sobraba podría ser aprovechada por los demás.
Nada más lejos de la realidad pues, sin esperarlo, recibí lo que nunca podría imaginar.
Mostrarme feliz, abiertamente en público, me enfrentó a los incómodos silencios de muchos y a la dolorosa distancia de alguna que otra amistad. Ser feliz y parecerlo (aun en su más contenida manifestación) puede incomodar a quien no lo es y se impone la obligación de aparentarlo ante la sociedad.
Desde entonces no renuncio a ser feliz y a contribuir decididamente a que lo sean los demás pero, eso sí, con cuidado mesurado y sin excesiva publicidad…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Es evidente que el título de este artículo nunca lo suscribiría Charles Darwin pues él sería más partidario del original, un proverbio peruano que reza… O te aclimatas o te aclimueres y que, en mi opinión, vale bien para mis respetados y siempre queridos animales pero no tanto para los seres humanos en su eterna aspiración por progresar.
La evolución de las especies se ha caracterizado desde el comienzo de los tiempos por una lucha por la perdurabilidad en la que la vida se trata de preservar. No ha habido mejor razón para aceptar las reglas del juego que la naturaleza impone, pues de no hacerlo no se es y esto indudablemente es lo que evita todo ser vivo, tenga instinto de supervivencia o incluso conocimiento intelectual .
Excepto aquellas personas que desgraciadamente todavía en este mundo deben pugnar por sus necesidades más básicas (prácticamente a la manera de los animales) y de las que nunca me olvido, las restantes nos manejamos en terrenos de anhelos de mejora socioeconómica, cuyos grados son diferentes según las aspiraciones de cada cual. Las sociedades desarrolladas, complejas y probablemente injustas, imponen una reglamentación vital distinta a la de la naturaleza y por tanto parece que en correspondencia también deberá ser diferente la enunciación del antes citado refrán.
Que la vida sea un asunto de sabia navegación en ríos de aguas cambiantes (procelosas unas veces, calmas otras) no debe suponer que nuestro timón tenga siempre que adecuarse buscando la fácil continuidad de la corriente, pues en ocasiones convendrá aproar remontando con esfuerzo el curso fluvial para conseguir alcanzar nuestros deseos. Una vida descansada en el rio que nos lleva puede llegarnos a fatigar de puro aburrimiento y desesperarnos por falta de ese rumbo propio que nos lleve a lo que queremos alcanzar.
Me parece que aclimatarse no es malo, de no hacerlo norma exclusiva en nuestra vida al quererlo extender a todas sus manifestaciones (normalmente llevados por la comodidad), en lugar de seleccionar aquellos momentos y situaciones en los que desmarcarse de lo colectivo (de la corriente) sea necesario para ejercer una distinción proactiva y protagonista, pues no olvidemos que lo igual nunca es ni será tan apreciado como lo diferente por los demás.
Es cierto que la vida tiene sus reglas y muchas de ellas convendrá seguirlas, pero hacer de todas una ley invariante es la mejor manera de encontrar la coartada para llegar a confundirnos mansamente con la colectividad, apagando nuestra voz en la de un coro que suele cantar igual. Aunque no podamos ser siempre solistas, debemos reclamar nuestros pequeños momentos de singularidad alzando la voz y rompiendo en ocasiones algún que otro precepto que, sin dañar a nadie, nos permita testimoniar con educada rebeldía nuestra presencia en nuestro entorno vivencial.
Cuando en esto pienso siempre recuerdo esa impactante escena de En el fin del mundo, una de las películas de la saga Piratas del Caribe, en la que el marinero Bill Turner (el padre de Will Turner/Orlando Bloom) vive insertado simbióticamente en una pared del barco, en un proceso de condenada transformación hacia la misma, perfectamente aclimatado a su entorno pero contemplativamente aclimuerto en su desdichada vida de marinero inmortal…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro