“El idioma del corazón es universal: solo se necesita sensibilidad para entenderlo y hablarlo”
Charles Pinot Duclós

Blog de Antonio J. Alonso Sampedro
Duda razonable y reflexión
A menudo me pregunto en qué medida mi percepción sobre la realidad que me rodea se acerca objetivamente a ella o por el contrario pueda yo vivir, sin conscientemente saberlo, inmerso en una suerte de autoengaño distorsionador de mi existencia que me la presente no como es sino como quisiera que fuera. Todavía no tengo la respuesta, aunque sigo en busca de ella.
El año pasado por estas fechas escribía… ¿La vida es sueño…?, tras presenciar en Madrid la magistral adaptación de la obra teatral homónima (sin interrogantes, claro) de Pedro Calderón de la Barca que montó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y que me brindó la oportunidad de reflexionar sobre la dualidad entre la realidad y la ficción a partir del mito de la caverna de Platón.
Un año después, también en el Teatro Pavón de Madrid y por la misma CNTC, he tenido la oportunidad de disfrutar embelesadamente de otra obra cumbre del Siglo de Oro Español, La verdad sospechosa, escrita por Juan Ruiz de Alarcón en 1621 y que nos presenta, con la maestría de quien bien conoce la vida y mejor maneja el verso de la palabra, las consecuencias que la mentira puede acarrear en nuestra existencia percibida.
Es indudable que desde la afición por la mentira siempre partirán dos caminos que atienden a las consecuencias por ella generada, tanto para los demás (ver… La Mentira) como para uno mismo, precisamente el objeto de este artículo.
El personaje protagonista de La verdad sospechosa es el galán Don García, fino maestro del enredo y del embuste hasta tal punto que su habilidad no solo consigue embaucar rendidamente a quien se le tercie por en medio, sino que incluso él mismo llega a ser víctima de sus propios engaños, creyéndose convencidamente lo autofabulado.
Don García, con ser hijo del siglo XVII, también lo pudiera ser del presente (la puesta en escena de la representación mencionada traslada al siglo XIX la acción, en clara alusión a la universalidad del texto), pues el llegar a convencerse de incluso aquello falso que el mismo dice es tan actual como también lo fuera entonces.
No descubriré nada nuevo si afirmo que la construcción de una vida enladrillada de mentiras suele responder comunmente a la necesidad de búsqueda de una escapatoria a una realidad insatisfactoria. Realidad que desgraciadamente nunca cambiará por más que nos empeñemos en distorsionarla con la ausencia de la verdad. Todavía guardo el agridulce recuerdo de un personaje cercano a mi familia y ya desaparecido que, dotado desde joven de grandes cualidades para prosperar en su vida, la vivió desgraciadamente en la creencia ciega de sus mentiras, malgastando torpemente su presente y arruinando tristemente su futuro y el de los demás que le acompañaron.
Si admitimos que somos lo que decimos más que lo contrario, el decir frecuentemente lo que no nos representa ni conviene (y la mentira es parte de ello) terminará por hacernos peor, como no éramos y como quizás no volvamos a ser, pues anclar una vida en la farsa supone un camino sin retorno del que participará seguro y al final siempre… el arrepentimiento.
Y si de final hablamos, nada mejor para concluir que la frase que por voz de Tristán (el sabio, fiel y atribulado mentor de Don García) cierra lacónica y desesperanzadamente La verdad sospechosa…
En la boca del que mentir acostumbra, es la verdad sospechosa
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Si la madurez tiene algo de positivo es que, llegados a ella (pues antes sería un despropósito), nos permite poder responder a la pregunta que titula este artículo. Claro, eso siempre que nos la lleguemos a formular, pues hay quien finaliza sus días tal y como los comenzó, en una eterna infancia ajena a cualquier responsabilidad.
Volviendo al título mencionado, es evidente que la interpelación excluyente que este propone no es exactamente la que en la práctica se ajusta más a la realidad, pues caben múltiples matices de elección entre los dos extremos señalados (pasión o serenidad). Sin embargo y con independencia de la situación finalmente escogida en nuestro dial vital, de manera natural solemos encontrarnos más cerca de un lado que del otro y en esto influirá decisivamente la idiosincrasia de cada cual.
Así las cosas y para simplificar mi análisis me referiré a los dos términos opuestos utilizados en el encabezamiento aun a riesgo de recibir las sugerencias de algunos lectores impulsivos que no hayan reparado en el párrafo anterior y me trasladen, con toda su buena intención pero despistadamente, los tradicionales… no todo es blanco o negro o también, en el centro está la virtud. Lo asumo con resignada estoicidad.
Continuando entonces, diré que defiendo la idoneidad de perfilar una toma responsable de postura sobre el estilo de vivir (lo de implantarla es otro cantar), pues esta decisión determinará nuestras bases troncales de actuación vital. Por comenzar desde lo más sencillo y esquemático, es evidente que optar por la serenidad obligará a un mayor conservadurismo actitudinal asumiendo menos riesgos en cada situación, lo que nos llevará a minimizar los fracasos pero también a limitar los éxitos. Por otra parte, elegir el apasionamiento como estilo de vida nos instalará irremediablemente en el frenesí de una montaña rusa del que podremos esperar grandes sensaciones, jugando a la lotería de que las positivas a las negativas puedan superar.
Pero la elección entre serenidad o apasionamiento como estilo de vida a desarrollar, siendo conveniente y hasta necesaria, en realidad no es tan sencilla como esta esquematización a dos simples palabras pueda parecer, pues tiene mucho de estructural (de nuestro temperamento) y menos de coyuntural (de nuestro carácter), lo que nos complica sobremanera el proceso efectivo que nos lleve a cambiar. Aun así, siempre recomendaré (por experiencia propia, lo confieso) que los pasionales se serenen y que los serenos se apasionen, todos buscando ese equilibrio que les genere mayor bienestar…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro