¿Poder o querer cambiar…?

Confundir querer con poder es la peor manera de engañar a uno mismo y a los demás. En… Las excusas son siempre causas cómplices así lo quise explicar. No hay nada peor que vivir parapetado en la disculpa y alejado de la realidad. Cambiar siempre es posible y no tiene situación ni edad.

Esto lo han demostrado unos estudios de la Universidad de Edimburgo y del Centro de Investigación de Oregón en donde, tras analizar amplias muestras poblacionales a lo largo de decenios, concluyen que las personas podemos cambiar muchos rasgos de nuestra identidad y de hecho así ocurre normalmente en nuestra vida, aunque de ello no seamos muchas veces conscientes porque lo más habitual es cambiar dejándonos llevar por las circunstancias y no a partir de la proactiva decisión personal.

Efectivamente, la clave se encuentra en la manera de cambiar: a favor o en contra de la corriente. Cambiar por efecto o cambiar por causa. Cambiar por reacción o cambiar por decisión. Que nuestra vida nos cambie o que nosotros la queramos cambiar.

Ante las dificultades de la realidad es muy común trasladar ese crepuscular discurso que finaliza diciendo… yo soy así y no puedo cambiar, toda una declaración de punto y final ante cualquier actuación nuestra que no es del agrado propio o de quienes nos tienen que aguantar. Y a partir de aquí, la liberación de toda responsabilidad: la patata en el tejado de lo imposible o de los demás. El mirar a otra parte en donde nunca se encuentra el camino del desarrollo personal. La resignación vestida de falsa incapacidad.

Y… ¿cómo cambiar? Si yo lo supiera no estaría escribiendo aquí sino en el New York Times. Cada quien es cada cual y resulta imposible recetar algo que a todos pueda encajar. Es como buscar una aguja en un pajar. Ahora bien, de lo que no hay duda es que para cambiar hay que querer primero de verdad y luego, si se puede o no, ya se verá…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Viajar a capitales cada vez me aburre más…

Viajar a capitales cada vez me aburre más y no por haber perdido mi infatigable curiosidad por las cosas, pero resulta que ahora casi todo lo que veo me parece casi igual.

Allá por los años sesenta, me acuerdo de niño que cualquier desplazamiento con mis padres resultaba ser una fuente de sorpresa continua para mis ojos por las diferencias encontradas en el paisaje y el paisanaje, todo distinto a lo que yo tenía por habitual. No digamos ya los viajes anuales a Segovia para veranear, ciudad que me parecía de otro mundo por sus costumbres, sus casas, sus bares, sus comercios, sus trajes y hasta su hablar. A los 15 años fui con una excursión escolar a Andorra y aquello me pareció el colmo de la sofisticación y la modernidad. De aquel entonces, los recuerdos de mis viajes son muy de memoria, pues la fotografía tenía su coste y se reservaba para ocasiones más principales en las que gastar un par de carretes que, claro, luego había que llevar a revelar.

Al hacerme adulto y prosperar aprovechando la mejora del nivel de vida que en España fue general, me aficioné a viajar a las grandes capitales del mundo occidental para conocer cuál sería el futuro de una Valencia todavía provinciana y que no terminaba de despegar. Paris, Londres, Roma, Munich, Nueva York, Viena, Ginebra, Lisboa, Milán y tantas otras más que ayer me maravillaban y hoy todas me parecen bastante igual (solo algunos edificios y ciertos museos las vienen a apellidar). Las mismas tiendas, cafeterías, cines, vestimentas, ademanes y hasta el idioma inglés, que gobierna en su universalidad. Caminar por la calle Serrano de Madrid es hacerlo por la 5ª de Nueva York, la de los Campos Elíseos de Paris, Oxford Street de Londres, Vía del Corso de Roma o Vittorio Emanuele de Milán. Es evidente que ya no se viaja para ver, comprar y sorprender a los demás. Ahora, para la mayoría, lo original ya es lo usual (incluso para una minoría acaudalada esto también es más o menos igual) y el viajar se reduce más o menos a marcar nuestra presencia en las ciudades que protagonizan el cine o la televisión y así no ser menos que los demás.

El mundo desarrollado se está homogeneizando hasta un nivel total por esa globalidad comercial que muchos países desean para aspirar a más, pero otros condenan porque les resta los privilegios de exclusividad que hasta ahora han venido a disfrutar.

Ante esta realidad cabe la posibilidad de viajar al mundo no desarrollado para buscar exóticas culturas diferentes y contrastar. Yo ya lo hice y confieso que ya no me llega a compensar conocer formas de vida que, en mi lugar de residencia, nunca se darán. Porque yo no viajo para compararme con quien lo está pasando mal, sino para conocerme más y aprender a vivir en mi tiempo y en mi ciudad…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro