“Hay poca gente lo bastante cuerda que prefiera la censura provechosa a la alabanza traidora”
Líder-tiones… 15
Capítulo III – El relato de Davis
(viene de Líder-tiones… 14)… Pese a los improcedentes intentos de algunos por desenmascarar al que calificaban como “traidor”, nadie lo descubrió hasta que él mismo nos lo quiso comunicar. Fue nº9 y a mí no me extrañó, pues no olvidaba aquella intervención en la que no quiso aceptar los reiterados prejuicios manifestados por nº10 como criterio válido para juzgar. Era muy posible que no considerase al incriminado inocente pero, como yo, admitía la duda razonable y ello le impulsaba a demorar este juicio a la espera de otros argumentos que le acercasen a la verdad. Como él mismo dijo: “quería oír más”. Además, se sentaba en la mesa a mi lado y creo que esta cercanía, física y también emocional, en algo tuvo que afectar. Nº9, con su valentía y su integridad, impidió una ejecución segura a la vez que de manera tácita me alentó para proseguir y no cejar. Por todo ello y por su anciana debilidad, durante el resto del proceso traté de apoyarlo protegiéndolo de los demás.
Creo recordar que tras esta votación accedí a los lavabos en donde me encontré, uno tras otro, con nº7 y nº6, lo que nos facilitó charlar con ese tipo de franqueza que se ampara en la privacidad. Consciente del peligro que suponía para la estabilidad del jurado aquella pueril obsesión de nº7 por acudir a su partido de béisbol se me ocurrió razonarle en términos de prioridad, en un intento de que alcanzase a diferenciar la trascendencia dispar de los dos compromisos entre los que tenía que optar, aunque me temo que no lo llegó a captar. Tras salir él entró nº6, quien me vino a preguntar a cerca de mi aparente seguridad en la inocencia del muchacho, a lo que solo pude responder desde una indefinida posibilidad. Posibilidad cuyo signo me quiso virar para trasladarme la responsabilidad sobre las consecuencias derivadas de que, siendo culpable, lo llegáramos a liberar. En aquel momento, una vez más, el riesgo asumido en forma de angustiosa duda me vino a visitar.
Al volver a la sala pude constatar, estupefacto, en lo que estaba degenerando aquel jurado popular: algunos, entre los que se encontraba el propio Presidente, sonreían despreocupados jugando al “tres en raya” y entonces no me pude dominar, arrebatándoles con firmeza el papel de la vergüenza en que se había convertido aquel Tribunal. Por no ser el Presidente, una vez más tuve que sobrellevar con templanza algún que otro insulto de quien no quiso aceptar este correctivo de alguien sin atribuciones administrativas para gobernar… (continuará en Líder-tiones… 16).
Re-flexiones… 2.089 (censura)
Re-flexiones… 2.088 (censura)
Re-flexiones… 2.087 (censura)
Re-flexiones… 2.086 (celos)
Re-flexiones… 2.085 (celos)
Re-flexiones… 2.084 (celos)
Re-flexiones… 2.083 (celos)
Líder-tiones… 14
Capítulo III – El relato de Davis
(viene de Líder-tiones… 13)… Pese a lo concluyente de mi comprobación, está no logró mudar la opinión de cuantos jurados persistían en considerar culpable al acusado. Instalados en la cerrazón y la inmovilidad, llegamos a otro punto muerto en el avance de nuestra misión, cuyo resultado final amenazaba la integridad del muchacho si no encontrábamos una salida a aquella desesperante ausencia de vocación por dialogar. Entonces, se me ocurrió una manera de desatascar la situación eludiendo un enfrentamiento que no deseaba continuar. Tomé la iniciativa y propuse votar, pero esta vez en secreto y con el compromiso de modificar mi voto si el resultado resultaba ser igual al inicial. De esta manera buscaba asegurar que mi iniciativa se fuera a aceptar, al considerar muchos de los jurados que con esta votación todo finalizaría ya. Pero además quería ofrecer una oportunidad a los indecisos para enmendar su criterio sin tener que mostrar su identidad. La suerte estaba echada y no puedo ocultar que el riesgo que tomaba me llevó por unos momentos a vacilar. Sin embargo, lo asumí en el convencimiento de que hay situaciones cuya querencia por la seguridad solo lleva a fracasar.
El momento de la votación, registrada en papeletas dobladas por la mitad, me llevó a los confines últimos de mi capacidad para sostener la entereza de ánimo a que obligaba aquella apuesta extrema en la que había embarcado al imputado, indolente a toda la farsa de intereses y arbitrariedad en que se había convertido ese Tribunal que no era capaz de juzgar. Pero sin saberlo bien cómo explicar, un presentimiento me decía que alguien podría rectificar tras lo acontecido desde que entramos a deliberar. Es cierto que, aunque nada de lo dicho podía demostrar la ausencia de culpabilidad, estaba seguro de que al menos invitaría a pensar. Y pensar siempre es el comienzo de cualquier posibilidad.
El Presidente, sentado en su lugar, leyó las papeletas con el “culpable” escrito en cada una hasta que casi al final, una diferente, de puro asombro le hizo levantar. Alguien había garabateado lo que yo más deseaba escuchar. El procesado tendría otra oportunidad… (continuará en Líder-tiones… 15).










