“En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas”
Gabriela Mistral

Si lo racional y lo emocional constituyen los dos sustentos más intangibles y libres del trípode que conforma en el hombre su compendio vital, el cuerpo se configura como la tercera extremidad, cuyo carácter eminentemente material nos condena a una esclavitud dependiente de las leyes de la física y la química y por consiguiente de nuestro atento cuidado personal.
El Coaching, además de otras también, es una disciplina que preconiza el cambio como la herramienta principal de desarrollo personal. Yo mismo defiendo convencidamente el cambio enarbolando esta popular declaración de principios, incuestionable y de aplicación universal: si siempre hacemos lo mismo, siempre obtendremos lo mismo. Pues bien, si hay algo en nuestra biografía sin posibilidad evidente de intercambiar ese es nuestro cuerpo, fiel compañero existencial que nunca nos abandonará hasta llegar al final.
Así las cosas, parece difícil de explicar que lo único que en nosotros no tiene sustitución sea aquello que no protejamos con más ahínco y fervor, que aquello que puede condicionar realmente el plazo de nuestro transito por este mundo (tan difícil pero tan cautivador) no sea prioridad y si indolente olvido que esperanzadamente viene a confíar en un aleatorio destino que a nadie asegura la salud ni la longevidad. ¿Cabe mayor despropósito vital…?
Hace cinco años, en El Plan de Pensiones Físico, defendía la conveniencia y posiblemente necesidad de emparejar la prevención económica con la corporal para lograr llegar a nuestro último tercio de vida (25 años o más) en condiciones suficientes de disfrutar en lugar de por falta de previsión, mal vivir y penar. Si todos los que percibimos ingresos somos capaces de realizar hoy un esfuerzo económico por ahorrar (por vía privada y/o cotizando a la seguridad social) con el objetivo de más tarde podernos financiar, ¿qué razón explica que no observemos la misma intención para tratar de asegurarnos una mejor calidad de vida corporal? Parece no haber explicación lógica o… ¿si la hay?
Claro que la hay, pues todo logro en esta vida se mide por esfuerzo y este ejerce como moneda de cambio de lo que queremos y podemos comprar, de lo que aspiramos a alcanzar. En definitiva, cuánto me cuesta conseguir algo y cuanto estoy dispuesto a por ello pagar. Pues bien, todo lo relacionado con el cuidado físico parece que nos supone una cuenta difícil de aceptar, tan cara que llega a no importarnos él como por dentro o por fuera podamos llegar a estar. El mientras el cuerpo aguante o que me quiten lo bailao no parece forma de interpretar una vida que más que gastada debiera ser protegida para ahora y luego poderla realmente disfrutar.
En La Vida en 3D pretendí definir geométricamente nuestra existencia en formato real, tridimensionándola en coordenadas de longitud, anchura y altura, todas susceptibles y convenientes de estirar, siendo la primera esa que corresponde al tiempo por vivir y de quien nuestro cuerpo es el principal guardián. Una vida ancha y alta pero corta, poco volumen nos reportará, pues necesitamos del tiempo para todo y de todo para probar, valorar y finalmente decidir con que nos queremos quedar.
Porque de mi cuerpo no me puedo divorciar, no me avergüenza confesar que desde muy joven llevo cuidándolo con esfuerzos y renuncias pues mi salud es, de todo, lo que más valoro y a la postre siento que ello me revertirá en un horizonte vital todavía pleno de posibilidades de disfrutar de una energética realidad que hoy, a mis cincuenta y dos años de edad, pretendo alargar en cantidad y calidad. Esto mismo, por mí comprobado, recomiendo de todo corazón a los demás…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro
Si vivir es solucionar problemas, entonces vivir más pasará por menos problemas solucionar, porque la cuantía y medida de los mismos nunca está inevitablemente determinada, al depender en gran medida de cómo cada cual reacciona y decide actuar ante su adversidad. Todos los problemas no son iguales, aunque en muchas ocasiones así lo podamos apreciar, siendo en su acertada identificación y gestión donde se nos presenta la oportunidad de un ahorro de carga vital que poder gastar directamente, luego, en nuestra felicidad.
En definitiva, todas las alternativas de eficaz identificación y gestión de los problemas nos llevarán siempre a un mismo lugar: el de evitar. Pero… ¿evitar es no comprometerse, huir o abandonar?
Que la realidad hay que encararla con valentía, creo nadie lo dudará, pero que esta valentía pueda en ocasiones confundirse con la insensatez es algo que puede ser perjudicial. Evitar problemas para no tenerlos que solucionar… no supone elegir ponerse de espaldas a la vida sin afrontar los retos creados o sobrevenidos, pues esto sería más una renuncia a estar vitalmente presente para buscar esconderse de la realidad. Evitar problemas para no tenerlos que solucionar… debe contemplarse desde la mirada frontal de quien no rehúye sus compromisos buscados y asumidos, pero sí los elige con criterio y sin dejarse llevar. Todo está en cómo encontrar en los problemas la frontera entre los que verdaderamente nos afectan y los que no nos deben importar. Entre cuáles apostar por solucionar y los qué conviene subordinar.
A menudo me encuentro con personas que hacen de su vida un problema total y aún todavía es más, no conformándose con los presentes, acostumbran anticipar los futuros instalándose en un estado de permanente agobio e insatisfacción vital. Su visión catastrofista de la existencia ejerce de potente imán para incluso, además de los propios, atraer a los de los demás. Viven para sufrir y sufren para vivir. Y así quedan desnudos ante lo que les rodea y a merced de todo mal. En cambio, he coincidido con otras cuya mayor cualidad es la de esquivar ciertos problemas sin renunciar a su responsabilidad. Saben cómo avanzar, atendiendo solo a esos obstáculos que tienen categoría principal y que son por los que merece la pena gastar energías y luchar, obviando lo subsidiario o lo que ya no tiene remedio ni solución y hay que olvidar. Son los vitalmente eficientes, que asumen la tremenda dificultad del progresar, pero no admiten su existencia como un eterno castigo celestial. No valoran los problemas por igual y viven para lograr.
Y… ¿cómo Evitar problemas para no tenerlos que solucionar? Pues bien, como siempre primero advertir que para contestar, lo más honesto es aceptar que a preguntas generales necesariamente corresponderán respuestas generales si no queremos correr el riesgo de proponer aquello que solo a algunos valdrá. Por tanto, mi contestación deberá ser universal y luego cada cual se ocupará de transitarla hacia su propia realidad. Así las cosas, a la pregunta anterior no hay otra respuesta que la derivada del recomendable ejercicio de priorización de los problemas en orden a un solo valor de medición: su grado de relación con nuestros propósitos o lo que es lo mismo, su mayor o menor vinculación a todo aquello que para nosotros significa lo principal y que queda especificado por los objetivos vitales que como destinos en su existencia cada cual se debe fijar.
Si no deseas cargar pesadamente tu vida de problemas sin solucionar, evita muchos escogiendo solo aquellos que te importan de verdad y olvida los que no son más que ruido en la armoniosa sinfonía que día a día compones para interpretar tu felicidad…
Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro