
Para su โSalomรฉโ, el รบltimo gran compositor alemรกn pedรญaโฆ โla voz de una Isolda de diecisรฉis aรฑosโ, algo imposible de encontrar. Pero ademรกs, querรญa que fuera capaz de interpretar la culminante โDanza de los siete velosโ con la sensualidad y ligereza de una bailarina profesional. Asรญ las cosas, este personaje nunca ha conseguido encontrar a su representante escรฉnico ideal, tanto por la edad como por el fรญsico de las sopranos dramรกticas, casi todas mayores y con algunos kilos de mรกs. Un papel que prueba los lรญmites de la voz y las habituales carencias a la hora de actuar y sobre todo de bailar.
La orquesta tampoco escapa a la dificultad, ante esa intensa arboladura musical que la partitura despliega para asombro de quienes la escucharon en su estreno y placer actual de los melรณmanos que se aventuran a explorar las fronteras de la tonalidad. Las originales armonรญas, enรฉrgicas modulaciones, atrevidas disonancias y deslumbrantes cromatismos, siempre de una fascinante originalidad, comprometen la pericia de los atriles y prueban al mejor Director que podamos encontrar.
Por todo ello, al presenciar una โSalomรฉโ representada, se impone cierto ejercicio de condescendencia, pues no serรญa justo solicitar mรกs de lo que hasta ahora se haya podido dar. Sin embargo, la exigencia deberรก aumentar cuando se trate de una versiรณn solo musical, al prescindir de la parte actoral.
La โSalomรฉโ (R. Strauss-1905) en versiรณn concierto ofrecida estos dรญas en el Palau de la Mรบsica de Valencia, con sus titulares la Orquesta de Valencia y el director Alexander Liebreich junto a Lise Lindstrom (Salomรฉ), Michael Nagy (Jokanaรกn), Michael Weinius (Herodes), Stefanie Iranyi (Herodรญas) y Jon Jurgens (Narraboth), se vio perjudicada por lo que suele ser el signo distintivo de su Sala Iturbi: la excepcional sonoridad. Y es que, lo que supone una ventaja para la mรบsica sinfรณnica resulta ser desventaja para las voces que, sin la atenuaciรณn sonora del foso, no pueden competir con la orquesta ubicada en un plano de igualdad. Esto todavรญa se percibe mรกs en obras como โSalomรฉโ, cuya volcรกnica partitura a cargo de mรกs de cien intรฉrpretes no se debe atenuar so pena de desvirtuar la intenciรณn musical de un Strauss genial. Todo no puede ser y cada auditorio se diseรฑa con un objetivo principal. Algunos lo consiguen, como el Palau de la Mรบsica de Valencia para la mรบsica instrumental y otros, como el Palau de Les Arts para la รณpera, dejan mucho que desear.
Dicho lo anterior, no me puedo definir respecto de las voces supuestamente escuchadas, pues juzgar sin conocer es engaรฑar. En la prรกctica totalidad de la obra, los cantantes principales quedaron silenciados por la masa orquestal y en especial la Salomรฉ de la soprano dramรกtica Lise Lindstrom que, aun contando con un instrumento de probada sonoridad, sus mejores intervenciones en la partitura coinciden con los momentos de mayor enervaciรณn musical.
Pese a tratarse de una versiรณn no escenificada, los cantantes intentaron actuar, ofreciendo las mejores prestaciones la citada Lindstrom y el โHerodesโ del tenor tambiรฉn dramรกtico Michael Weinius, ambos apasionados, pero sin llegarse a pasar. En las antรญpodas, por abajo un ausente Michael Nagy quien, al no saberse su personaje de โJokanaรกnโ, estรกtico tuvo que llevar el libro de la partitura aquรญ y allรก. Por arriba, la histriรณnica โHerodรญasโ de Stefanie Iranyi, siempre al borde de un ataque de ansiedad.
Volviendo a lo instrumental, Alexander Liebreich y la Orquesta de Valencia ofrecieron una versiรณn solo aceptable y que no serรก para recordar. Cuando un equipo no funciona se echan las culpas al entrenador, pero Liebreich es un buen director y reconocido especialista en Strauss (Director del Festival Richard Strauss de Garmisch-Partenkirchen), ademรกs de alemรกn. Por otra parte, los jugadores en este caso son instrumentistas profesionales que hay que respetar (baste el ejemplo de Javier Eguillor a los determinantes timbales, tan preciso como pleno de musicalidad). Pero no todo es la individualidad y aquรญ la noche vino a naufragar ante mucha confusiรณn sonora cuando a las diferentes familias de instrumentos les tocaba armonizar. Solo en โLa danza de los siete velosโ se consiguiรณ brillar y es seguro que fruto de intensos ensayos focalizados en este pasaje que, todos sabemos, siempre es motivo de atenciรณn especial.
Yo acudรญ a la segunda funciรณn, irreconocible en la media de edad de los asistentes, mucho menor de lo habitual al tratarse de un concierto extraordinario fuera del abono general. En un momento de perplejidad tuve la sensaciรณn de que en el Palau de la Mรบsica de Valencia habรญa relevo generacional.
Si hace unos dรญas afeaba al Palau de Les Arts la recuperaciรณn de los programas de mano en forma de lastimosa hoja de papel de fumar, el que gratuitamente nos ha proporcionado el Palau de la Mรบsica para esta โSalomรฉโ (ademรกs del usual, con su acostumbrada calidad) es todo un detalle con el espectador, al editar el libreto completo de la รณpera en castellano, valenciano y alemรกn. Nadie podrรก justificar ahorros presupuestarios, cuando la entrada mรกs cara en el Palau de la Mรบsica para esta รณpera no superaba los 20 euros y llega a los 145 en cualquiera de Les Arts…
Por su sonido deslumbrante (sistema โSonistageโ, registrado en la Sofiensaal vienesa y ahora remasterizado) y la excepcional interpretaciรณn de una Birgit Nilsson infatigable y en plenitud vocal, es recomendable la grabaciรณn que para DECCA y en 1962 realizรณ la Orquesta Filarmรณnica de Viena dirigida por un Georg Solti con todo el saber que en su โAnilloโ y con la misma orquesta, cantante y productor (John Culshaw) pronto nos iba a demostrar.


