Que la vida es una suerte de hipocresรญa trufada de eufemismos para no molestar es algo que pocos, con sentido comรบn y la suficiente edad, discutirรกn. La verdad incomoda tanto como la mentira y asรญ no hay manera de poderse aclarar. Ser sincero aboca a la solitaria marginalidad y lo contrario estรก penado, en apariencia, por la sociedad. Caminar por el mundo sin tropezar obliga a esquivar tantos obstรกculos frente a la sinuosa realidad que uno nunca sabe si es mejor hablar o callar. Nuestra inestable existencia transcurre en un continuo baile donde las mรกscaras ocultan lo que piensa cada cual.
La historia del arte se encuentra plagada de taimadas censuras que buscan preservar poderes, silenciando voces o cuanto menos, obligando a modificar lo que en un principio los creadores quisieron expresar. Esto alcanza el despropรณsito mรกs ejemplar cuando el objeto de la reprobaciรณn es la misma Historia o lo que de ella conocemos los demรกs. Que el rey Gustavo III de Suecia fue asesinado en 1792 como resultado de una conspiraciรณn polรญtica mientras se celebraba un baile de mรกscaras en la รpera de Estocolmo es algo que a Verdi, siendo ya una estrella mundial, le prohibieron relatar. Asรญ, el Rey de Suecia paso a ser Conde de Warwick, en un Boston que por su lejanรญa y entonces menor representatividad resultaba muy poco relacionable con aquella actualidad. Pero hogaรฑo ocurre mรกs o menos igual y para ejemplo, baste lo que acontece en muchas monarquรญas europeas y no se suele permitir del todo contar. Y lo peor es que, anestesiada nuestra opiniรณn, lo solemos aceptar.
โUn baile de mรกscarasโ (G. Verdi-1859) es un Verdi que, sin saberlo bien explicar, me resulta un tanto extraรฑo aun cuando sigue siendo hija de quien culminรณ la evoluciรณn de la รณpera romรกntica, llevรกndola a su mรกs alta expresiรณn musical. Wagner explorรณ otros caminos que, si bien condicionaron a los demรกs, no crearon escuela a imitar. El Verismo fue el canto del cisne anunciador del fin de una manera de componer que durante trescientos aรฑos invitรณ al espectador a deleitarse dejรกndose llevar. Despuรฉs, todo se comenzรณ a trastornar y lo que es peor, a confundir mรบsica con ruido infernal. Como ejemplo… la รณpera โEl gran macabroโ (G. Ligeti-1975) que nos ofreciรณ el pasado sรกbado Ricardo de Cala en su programa de Radio Clรกsica โMaestros cantoresโ, cuya audiencia mucho me temo optรณ por escapar. Solo los acรณlitos de โEl rey desnudoโ han sido capaces de ver lo que en el รบltimo siglo nadie puede descifrar.
El estreno ayer de โUn ballo in mascheraโ, esta nueva coproducciรณn del Palau de Les Arts y la Staatsoper Unter den Linden de Berlรญn, fue deplorable en lo escenogrรกfico y notable en lo musical, por lo tanto, fallido en su valoraciรณn general. Y es que al pagar mi localidad no voy a conformarme con solo escuchar, pues para ello ya dispongo de mi discoteca particular. Que una partitura esplรฉndida y unos intรฉrpretes vocales e instrumentales de primer nivel mundial sean afeados por caprichos de unos disparatados escenรณgrafos consentidos de la superioridad es inadmisible y asรญ el pรบblico con los abucheos finales lo vino a significar.
Mi tenor lรญrico verdiano favorito del รบltimo decenio es el genovรฉs Francesco Meli, heredero del impecable estilo italiano de Bergonzi y la efusividad de Carreras, aunque con emisiรณn mรกs pequeรฑa, lo que le condenarรก a no triunfar de verdad. Ayer fue el mejor, con esa voz sedosa que nunca se descompone y reta a cualquier dificultad en su exigente papel de “Riccardo”, que articulรณ desde el perfecto dominio de la tรฉcnica y el arrojo de una controlada emotividad. Anna Pirozzi (“Amelia”) es justo lo contrario: muchos caballos y menos gracilidad. Pero eso mismo es lo que le pide su personaje a una soprano dramรกtica, como ayer pudimos comprobar (solo la Caballรฉ fue capaz de interpretar este papel desde una sutileza belcantista que no quedaba nada mal). El milanรฉs Franco Vassallo (“Renato”) es un barรญtono de voz metรกlica y pectoral, es decir, fuera de estilo verdiano (nada que ver con el incomparable “Renato” de Bruson, quien ademรกs se llamaba igual) y mรกs apropiado para las interminables andanzas wagnerianas o incluso las รณperas de Richard Strauss. Magnรญfica la joven valenciana Marina Monzรณ como un “Oscar” travestido que interpretรณ con criterio muy actoral y cuya bien timbrada voz merece papeles protagonistas en teatros de la primera divisiรณn mundial. Como sucede en la actualidad, la ausencia total de contraltos llevรณ a que la mezzo Agnieszka Rehlis abordase el papel de “Ulrica” sin poderle dotar de la exigida oscuridad.
Los medios corales y orquestales de la casa nunca fallan, lo que llevรณ a Antonino Fogliani, Director Musical de la velada, a triunfar. Quizรกs faltรณ algo de brรญo (que no sonoridad), pero nada mรกs. Pronto los directores pagarรกn por venir a Les Arts.
Quien previamente desconozca el argumento de โUn ballo in mascheraโ es seguro que no se aclararรก hasta el final. Imposible relacionar el libreto de la รณpera con la desquiciada explicaciรณn visual de Rafael R. Villalobos y lo que es peor, es fea de solemnidad. Televisores estropeados y neones que no terminan de arrancar, junto con cables por doquier, en un entorno mural con aspiraciones neoclรกsicas, arruinadas por una iluminaciรณn carente de toda intenciรณn teatral. Las alegorรญas y referencias pseudoculturales propuestas, como suele ser habitual, procesionan por caminos inescrutables a cualquier mortal. En fin, feรญsmo y oscurantismo en estado puro que no se merece la hermosa mรบsica de Verdi ni el sufrido pรบblico en general. Ademรกs, excepto Monzรณ, todos los demรกs cantantes lucieron inamovibles cuando interpretaban sus arias, a la manera de un recital. Por otra parte, el vestuario del televisivo diseรฑador Lorenzo Caprile, excepto en el รบltimo cuadro del รบltimo acto (el baile), parecรญa sacado de Trajes Milano, la secciรณn de corseterรญa para seรฑoras de El Corte Inglรฉs y Deportes Arnau, algo impropio de un exquisito modisto al que alguien ha debido engaรฑar.
Lo peor de esta ausencia generalizada de belleza en la escenografรญa de la actualidad es que se contagia al pรบblico, quien indolente acude a la รณpera tan โcรณmodoโ como reciรฉn salido de la paella familiar. Hoy, en Les Arts, casi todos los espectadores parecen (con perdรณn del siguiente) un turista alemรกn…
Desde hace dรฉcadas, uno de los criterios principales que asumo para seleccionar grabaciones fonogrรกficas es el del sonido y su calidad. No hay que olvidar que la mรกxima en la excelencia de la reproducciรณn musical es lograr la mรญnima perdida de la seรฑal, por lo que cuando esta es deficiente, aรบn peor serรก lo que consigamos escuchar. De nada sirve contar con un buen equipo de alta fidelidad si lo que le llega no la tiene (como ver una pelรญcula analรณgica en un televisor 8K), algo que por no cuidar lo que se compra suele ser muy habitual. Por ejemplo, los registros monofรณnicos (por muy bien que hayan sido remasterizados) trasladan en blanco y negro lo que es color en la realidad. Lo del โdocumento histรณricoโ estรก bien para conservar el pasado o estudiar, pero no para disfrutar. Asรญ, en mi colecciรณn de discos son raras las versiones no estereofรณnicas o cuya grabaciรณn se realizรณ sin cuidar y solo llego a hospedar algunas aceptables funciones en vivo porque recogen la expectaciรณn de lo presencial. Es por esto que, de las innumerables opciones a la venta de โUn baile de mรกscarasโ, recomiendo la segunda de las tres que firmรณ Georg Solti, tomada en el Kingsway Hall de Londres en 1985 para DECCA y cuya esplendorosa sonoridad digital resulta imposible de igualar. Ademรกs, cuenta con el estado de gracia de la National Philharmonic Orchestra, la London Opera Chorus, Margaret Price, Renato Bruson (otra vez) y un Luciano Pavarotti con cincuenta aรฑos y todavรญa ese prodigio de voz natural que, para deslumbrar, no necesitaba de nada mรกs.




