EL HONOR O “LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ”

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Siempre acudo a las artes para descubrir qué apasionó a nuestros antepasados y lo que para ellos constituyó las bases más sólidas de su civilización. El amor, la codicia, el valor, la muerte, la libertad, la familia, la religión y tantos otros temas han sido fuente de inspiración de esas películas que no se olvidan, esos libros que nos fascinan, esas las músicas que nos conmueven o esas pinturas que no precisan de más explicación.

Entre todos estos referentes de lo que el hombre siempre ha considerado esencial para su definición se encuentra el honor, esa cualidad moral que obliga a quien lo quiere tener y mantener a conducirse por los rectos caminos del respeto a sí mismo y a los demás, sin más obligación que la del seguimiento de un código ético no escrito pero sabido por todos y cuyo uso es entendido como la mejor garantía de general consideración.

Pero desgraciadamente el honor ya no tiene cabida en este mundo actual que parece ha olvidado su condición. En este mundo que ha reducido la extensa y secular relación de sus valores a uno solo: la ambición. Un mundo que se representa a si mismo cada día en los informativos de la televisión, cuya imbatible noticia de portada es la corrupción. Hoy parece que solo hay derecho jurídico al honor pero ninguna personal obligación. El honor ya no es el de aquel Rhett Buttler redimido que nos fascinó al final de “Lo que el viento se llevó”.

Desaparecido ya el honor como valor general de vida, solo nos quedaría la honestidad (como bien menor con respecto al anterior) al objeto de no perder lo que tantos siglos nos costó ganar y nos identificó como seres con un concepto ético en la actuación. Es en “La honestidad”, la Crónica 44 de “Marathon-15%: 115 CLAVES DE SUPERACIÓN PERSONAL”, en donde sobre esto escribo mi opinión…

“La honestidad es el signo distintivo de quien entiende la vida como un pacto inexcusable entre sus actuaciones y la verdad, comprometiendo ante cualquier circunstancia la unicidad de un criterio que mantiene firme a pesar de las tentaciones por llegarlo a falsear. La honestidad define tan bien a la persona que para conocerla no es necesario más. Quien es honesto es de fiar y la fiabilidad constituye la puerta de entrada a la confianza y a la credibilidad. Ser honesto es el mejor aval para transitar por una sociedad que, tristemente acostumbrada a las personas con doble faz, pide a gritos integridad. Hoy la honestidad es, por escasa, la cualidad a mejor valorar y con ese tesoro la fortuna nunca puede faltar…”

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Re-flexiones… 1.493 (armas)

“Las armas son instrumentos para matar y los Gobiernos permiten que la gente las fabrique y las compre, sabiendo perfectamente que un revólver no puede usarse en modo alguno más que para matar a alguien”

giovanni-papiniGiovanni Papini

HABLAR MENOS… PERO ESCRIBIR MÁS

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Solo hace unos 200 años que se descubrió la Piedra de Rosetta (traducción de Rashid, la ciudad donde se halló), lo que permitió descifrar los ideográficos jeroglíficos egipcios que hasta esas fechas fueron todo un misterio para los sesudos investigadores de la comunicación. Escribir con símbolos fue uno de los hechos distintivos de una faraónica civilización que nos legó tantos grandes avances, pero parece que ese no. ¿O sí…?

Desde entonces, el desarrollo de la comunicación escrita ha tendido en su evolución a enriquecer paulatinamente los lenguajes (sobre todo con la aparición de la escritura silábica) para convertirlos en herramientas suficientes para explicar con detalle casi todo lo que queremos expresar de la razón y de la emoción. Y ello hasta el punto de llegar a ser considerada un arte por su capacidad de contener y embellecer todo nuestro mundo interior y exterior.

No obstante parece que, tras varios milenios de desarrollo, vivimos tiempos de involución pues ahora lo que vale es reformular la expresión escrita utilizando abreviaturas, emojis y emoticonos o cualquier signo que ahorre el esfuerzo de la explicación. Todo un homenaje a la civilización egipcia, aquella a la que tendremos que imitar con la elaboración de nuestra propia Piedra de Rosetta que nos permita descifrar al leer lo que muchos ya no comprendemos cada vez que recibimos una moderna comunicación.

Es curiosa la paradoja que define esta situación: En un mundo donde la escritura ya no tiene coste al prescindir de los soportes materiales que condicionaban su extensión (papel, lápiz, etc.), ahora nos hemos arrodillado ante un vehículo social de relación que impone una aberración como es la de limitar a 140 caracteres lo que queremos expresar por escrito a nuestro interlocutor. Esto para mí no tiene explicación cabal ni menos aún perdón.

Pero lo que con la escritura condeno con el habla lo aplaudo sin excepción. Hablar lo justo para expresarnos mejor es un signo de inteligencia en la exposición y así lo defiendo en… “El hablar menos para decir más” (la Crónica 37 de “Marathon-15%: 115 CLAVES DE SUPERACIÓN PERSONAL“), alguno de cuyos párrafos reproduzco a continuación:

Quizás en pasadas épocas, cuando el tiempo para todos gozaba de otra disponibilidad, hablar se constituía como una práctica profusa en generosidad que el paso de los años ha adelgazado pasando a ser tan escueta como frugal. Hablar fue un ejercicio de resistencia y hoy lo es de velocidad. La palabra es un bien caro de expresar y derrocharla solo conduce a que nos la quieran arrebatar, interrumpiendo nuestro discurso por el de quienes también desean llenar el tiempo con el discurso de su pensar. Los diálogos en las películas clásicas nos enseñaron aquello que debía ser al comunicar y mucho me temo que nunca será. En definitiva, que no es cuestión de sacrificar nuestra opinión y callar, sino de abreviar. De manifestar nuestras ideas procurando dejar siempre el último minuto por llenar…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro