El tenis, el trabajo y nuestra equivocación

El tenis, el trabajo y nuestra equivocación

Quien haya empuñado una raqueta en alguna ocasión conoce del insondable misterio por el que unos días casi todas las bolas entran y otros no… aun cuando pueda parecer que siempre las golpeamos con la misma intención.

Quien vive su trabajo con la aspiración de cada día ser mejor también encuentra difícil explicación a esa pertinaz ambivalencia que sucesivamente determina los buenos y malos resultados de los que parece no encontrar fin nunca la voluntad y el tesón.

Entonces… ¿dónde está la explicación?

Pues simplemente en solo considerar del orteguiano… yo soy yo y mis circunstancias, las segundas sin apenas reparar en el primero. No es más, pero tampoco menos, como veremos a continuación.

Es evidente que un día de viento puede condicionar negativamente en la cancha el resultado de nuestros golpes, así como una crisis económica elevar alpinamente el camino de nuestras ansias de progreso profesional o empresarial. Esto es indudable aunque no determinante, pues hay otro factor en juego: YO.

Si ante los repetidos fallos cometidos por la molesta y sorpresiva injerencia de un viento racheado no somos capaces de entender que el mismo también forma parte del partido de tenis al igual que las bolas, la red y nuestro contrincante, entonces caeremos por el peligroso tobogán del balsámico reproche justificativo, cuyas consecuencias siempre adversas apuntarán directamente a nuestra autoconfianza y motivación.

Si los muchas veces infructuosos esfuerzos por mejorar nuestra situación laboral no nos trasladan el retorno esperado llevándonos frecuentemente al desanimo y hasta la inacción, entonces seremos nosotros mismos quienes estemos contribuyendo significativamente al alimento de esa decepción por no entender que lo que de nuestra parte hay que poner nunca (pero nunca) deberá faltar, escapándonos así irresponsablemente de esa necesaria contribución.

Las personas de éxito se distinguen, entre otros méritos, por saber siempre cuál es su responsabilidad en aquello que no están consiguiendo, para entonces acometer sin ambages su resolución, olvidándose de ese viento molesto que al fin y al cabo solo es aire en movimiento de ajena resolución…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

La mayordomía empresarial

Mayordomía empresarial

No es un secreto que yo descubra ahora el que la realidad de las relaciones entre líderes y sus equipos todavía sigue definiéndose muy en términos feudalistas, en donde el sometimiento total y aceptado de los segundos a los primeros podríamos definirlo como de mayordomía empresarial.

Por más que así lo parezca, no toda la responsabilidad del liderazgo efectivo la tiene siempre el Líder en una organización, pues son sus colaboradores quienes deben asumir decididamente la parte de protagonismo que también les corresponde en la mejora constante de los resultados empresariales y que en muchas ocasiones, acomodaticiamente eluden, descargando en sus superiores toda la responsabilidad.

En mis cientos de procesos de actuación como Business Coach he llegado a la conclusión de que muchos responsables de equipos de trabajo viven instalados (por supuesto, erróneamente) en su virreinato particular, que además desgraciadamente es alentado por quienes lo conforman en un intento constante de agradar, aun cuando se encuentren en permanente desacuerdo con sus criterios (el jefe siempre tiene la razón, incluso cuando no la tiene) y lo vengan a callar.

Por supuesto, no seré yo quien aliente la rebeldía y el desacato pues esto no lleva nunca a ningún lugar conveniente, pero tampoco apoyaré a quien se instale en la injustificable dejación de su responsabilidad para con la empresa en la que trabaja. Responsabilidad que siempre le exigirá la defensa adecuada y educada de aquello que considere como mejor, a pesar de quien le tenga que pesar.

Repetir un rendido señor, sí señor sin solución de continuidad es la peor contribución que pueda hacerse a las organizaciones para las que trabajamos y a esos líderes tóxicos que solo buscan en sus colaboradores… mayordomos de su incompetencia empresarial.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro