Comenzar con una declaraciรณn de intenciones, en cualquier orden de la vida, es lo mรกs honesto que hay porque, al tiempo que no se engaรฑa, aflora una voluntad de anticipar lo que se pretende contar. Asรญ, solo el principio de la 5ยช Sinfonรญa de Beethoven, con su llamada del destino, es tan revelador como el de โTristรกn e Isoldaโ y su declarada imposibilidad. Las dos obras plantean un interrogante: la sinfonรญa en sus celebรฉrrimas cuatro notas sucesivas (sol-sol-sol-mi) y la รณpera en otras tantas (fa-si-re-sol), pero simultรกneas en su peculiar acorde, disonante hasta no poder mรกs, aunque tras escucharlo tantas veces nos parezca normal. Beethoven aclararรก pronto el enigma, pero Wagner lo mantendrรก hasta el final.
El hipnรณtico acorde de Tristรกn, cuyo extraรฑo sonido en tรฉrminos de la armonรญa convencional plantea una suerte de tensiรณn sin resoluciรณn, anuncia lo que acontecerรก en este febril drama musical: Isolda sufrirรก por un acorde que no es responsabilidad de Tristรกn, pues ambos son vรญctimas del Wagner que a Mathilde Wesendonck no pudo conservar, de tal manera que los amantes nunca concluirรกn en vida sus ansias de felicidad.
โTristรกn e Isoldaโ comienza con una pregunta que, incesante a lo largo de la partitura, se repite hasta llegar al โLiebestodโ, ese sobrecogedor final en el que la muerte es la mejor por รบnica posibilidad de encontrar el amor, lejos de las leyes de lo terrenal (https://www.alonso-businesscoaching.es/blog/2009/09/20/el-sobrecogedor-final-de-tristan-e-isolda/). Wagner, con su mรบsica que progresa suspendida hasta la perpetuidad, nos dice que en este mundo no cabe la fascinaciรณn sin soluciรณn de continuidad, porque estamos condenados a vivir en una montaรฑa rusa emocional.
Ademรกs, este acorde trajo otra involuntaria calamidad al abrir una puerta a la atonalidad, que Wagner nunca contemplรณ en su obra, aunque en el desarrollo cromรกtico de muchos de sus pasajes no se retornase al tono dominante, mรกs por una cuestiรณn estรฉtica que formal. A pesar de ello, el siglo XX amanecerรญa con Arnold Schรถnberg para consternaciรณn del arte musical.
Casi cien aรฑos despuรฉs del estreno de โTristรกn e Isoldaโ (R. Wagner-1865), Bernard Herrmann eligiรณ esa misma intenciรณn musical del โiniciar sin terminarโ para su magistral banda sonora de โVรฉrtigoโ (A. Hitchcock-1958), mi irresistible pelรญcula favorita y a la que he dedicado โDe entre los vivosโ, un relato homenaje al enamoramiento trascendente y su inviabilidad (https://www.alonso-businesscoaching.es/blog/2022/08/30/de-entre-los-vivos-ya-publicado/). Ambas obras plantean un triรกngulo similar (Tristรกn/Scottie, Isolda/Madeleine y Marke/Elster), en el que el amor pasional se interpone al conyugal y todo acaba mal. En las dos asistimos a un coitus interruptus sentimental que nos desasosiega tanto como a los personajes, condenados a una existencia que no pueden consumar. No deja de ser revelador que, las que en mi opiniรณn son las cumbres de la รpera y la Cinematografรญa universal, compartan temรกtica, argumento y concepto musical, ademรกs de ser hijas de Wagner y Hitchcock, los dos autores referentes en su especialidad. Nada es por casualidad.
De otra parte, los larguรญsimos parlamentos musicales que el genial compositor de Leipzig articula en sus รณperas para dotarlas de un carรกcter mรกs mรญstico y teatral, en โTristรกn e Isoldaโ adquieren mayor carta de identidad. Por ejemplo, los mรกs de cincuenta minutos con los que un moribundo y doliente Tristรกn (con alguna incursiรณn de Kurwenal) abre el tercer acto esperando a Isolda sin que esta parezca nunca llegar, posiciona al espectador en la zozobra y la incomodidad. La zozobra, pues nuestro atavismo emocional busca siempre en las historias de amor el final feliz y cuando este no llega, lo pasamos mal. La incomodidad, porque en el siglo XXI no se lleva lo de esperar y mรกs si es haciendo de impertรฉrrita estatua durante mรกs de cuatro horas en nuestra localidad, anhelando que (pese a la belleza de la mรบsica) todo termine ya. Nรณtese que, en general, el estallido de aplausos al final de una obra extensa (sinfรณnica o lรญrica) no suele corresponder tanto a la calidad de su partitura o la interpretaciรณn como a la liberaciรณn de esta pena, desconocida cien aรฑos atrรกs, que es la obligaciรณn de no pestaรฑear (algo similar al griterรญo desbordado que se escucha en el patio de un colegio cuando, despuรฉs de las clases, salen los alumnos a jugar). Asรญ, de la combinaciรณn de ambas sensaciones (zozobra e incomodidad) surge en nosotros una premura insatisfecha que replica a la de los protagonistas de esta รณpera, sumergiรฉndonos en su mismo desasosiego vivencial. De aquรญ que el โLiebestodโ adquiera valor de catarsis tanto para los personajes como para el pรบblico en general.
Tambiรฉn cabrรญa destacar que es en โTristรกn e Isoldaโ donde el sistema de composiciรณn basado en los โleitmotivโ alcanza su mรกxima calidad (el โAnilloโ se lleva la cantidad), porque asignar motivos a personajes y sentimientos no resulta difรญcil para cualquier compositor, pero sรญ armonizarlos al objeto de que cuando aparezcan conjuguen de una manera tan especial que eleven la mรบsica a categorรญa de obra de arte total. Wagner lo consiguiรณ con una brillantez sin igual y por ello la Historia nunca lo olvidarรก. Dentro de mil aรฑos esta mรบsica, inspirada por un amor imposible, seguirรก instalada en el corazรณn de quienes nos sucedan, herederos de un milagro que perdurarรก en su inmortalidad.
Para cualquier teatro del mundo, programar una รณpera de Wagner es el mayor reto a que puede aspirar. Si el โAnillo del Nibelungoโ asusta por su monumentalidad, es โTristรกn e Isoldaโ la que presenta mayor dificultad dado su extremo dramatismo pasional, lo que en todo momento posiciona a los intรฉrpretes de la obra (orquesta y voces) al borde de un ataque de nervios musical. Ni tan siquiera la colina sagrada (que no suele fallar) se salva y de primera mano lo pude comprobar al presenciar en 2011 un โTristรกnโ, con Irene Theorin y Robert Dean Smith en el Festival de Bayreuth, para olvidar (https://www.alonso-businesscoaching.es/blog/2011/09/03/mis-15-dias-en-agosto/). Tampoco me llegaron a entusiasmar las propuestas presenciadas en la Royal Opera House (2009, con Nina Stemme y Ben Heppner) o en el Teatro Real (2014, con Violeta Urmana y Robert Dean Smith, otra vez), aunque si guardo en mi memoria el histรณrico โTristรกn e Isoldaโ que inaugurรณ la temporada 2007-2008 de la Scala de Milรกn, con escenografรญa de Patrice Chereau y Daniel Barenboim dirigiendo a Ian Storey y una Waltraud Meier celestial (puedo decir que yo estuve allรญ, a pesar de la inverosรญmil peripecia vivida hasta lograr llegar… https://www.alonso-businesscoaching.es/blog/2009/04/25/el-condicionamiento-mental-y-la-scala-de-milan/). De aquella colaboraciรณn entre Barenboim y Chereau, surgiรณ โDiรกlogos sobre mรบsica y teatroโ, libro imprescindible para comprender mejor esta apasionante obra, cuyos mรบltiples significados parecen no tener final.
Dicho lo anterior, el estreno ayer en el Palau de Les Arts de la producciรณn de la รpera de Lyon no desmerece lo que hoy podemos presenciar en el circuito de la primera divisiรณn mundial y aรบn es mรกs, lo llega en muchos aspectos a superar, pero sin llegar a la deseada excelencia, algo difรญcil de alcanzar desde hace medio siglo por la ausencia de voces que satisfagan al exigente universo del compositor alemรกn.
Los premios que ha recibido esta escenografรญa, a cargo de Ollรฉ, Flores, Abril, Schรถnebaum y Aleu, son merecidos y constatan que lo conceptual, cuando se aleja del capricho irracional, enriquece una partitura abriendo puertas a nuevos significantes de creatividad. La omnipresencia de una colosal semiesfera decorada por sugerentes imรกgenes proyectadas, todo en blanco y negro, empequeรฑece a los personajes hasta el punto de que su grandiosa historia podrรญa ser la nuestra y de hecho lo es, pues cualquier amor participa de ese mismo fuego abrasador con fecha de caducidad. Todos nos hemos enamorado, sufriendo luego el desencanto de su falta de continuidad. Antes hablaba de la no existencia de la casualidad, pero la gran similitud plรกstica de este montaje (cromatismos aparte) con el de Bayreuth de 1966, que al final recomiendo, me lo hace pensar.
La interpretaciรณn musical de James Gaffigan y la Orquesta de la Comunitat Valenciana es la otra razรณn para ponderar este espectรกculo por su apabullante y atinada sonoridad. Mรบsculo y empaste a lo Filarmรณnica de Berlรญn se unieron a fiel estilo wagneriano (similar al de la Orquesta de Bamberg, base de la agrupaciรณn que todos los veranos llena el foso del Festspielhaus de Bayreuth), ofreciendo un admirable resultado canรณnico, privilegio de muy pocos teatros y merecimiento del que a Valencia posiciona ya como referente mundial.
De las voces, solo puedo destacar al Rey Marke de Ain Anger, que brillรณ con luz propia mientras el resto del elenco transitaba entre las sombras de unas dificultades que no pudieron solventar. Su emisiรณn, potente y desengolada, transmitiรณ una expresividad difรญcil para los bajos y mรกs para quien se la juega en solo dos pasajes, que son en esta historia el contrapunto musical.
Que la tesitura de la soprano Claudia Mahnke (una Brangรคne que debe ser mezzo o contralto) no se diferenciase de la de Ricarda Merbeth (Isolda) fue un lastre durante todo el primer acto, en especial para mรญ, al encontrarme en una localidad de visiรณn parcial que, sin mirar los subtรญtulos, no me permitรญa identificar a estos dos personajes femeninos al cantar.
Es un asunto personal, pero la voz de Kostas Smoriginas (Kurwenal) tiene lo que en canto me resulta muy difรญcil de soportar y es (a diferencia de Ain Anger) el engolamiento, que convierte la emisiรณn en una planicie sensorial (algo similar a lo que ocurre en la cuerda cuando no se aplica el vibrato a la mano izquierda y todo suena aburridamente igual). Puso voluntad, sรญ, pero no mucho mรกs.
A Stephen Gould (Tristรกn) no se le puede negar su bello timbre de voz y ese estilo de “heldentenor” que recuerda al pasado, excepto por un detalle aquรญ trascendental y que arruinรณ los momentos cumbres de la obra: su falta de sonoridad. Incapaz de pugnar con Isolda en los dos grandes duos pasionales (final del primer acto y principio del segundo), solo cumpliรณ en los tres siguientes, mรกs lรญricos y por tanto asumibles desde su limitada capacidad. Pese a su extensa experiencia wagneriana, algo le debe pasar a este tenor, cuya baja forma fรญsica evidenciรณ en sus muchos problemas de movilidad.
Ricarda Merbeth (Isolda) eclipsรณ a Stephen Gould en los duos, pero con trampa, la que una soprano dramรกtica nunca debe utilizar y es gritar. Cualquier voz aguda, sin ser superior, gana en sonoridad a una grave y todavรญa mรกs al chillar. Este es un mal al que nos acostumbran algunas cantantes veteranas que no se encuentran con la capacidad de mantener notas altas continuadas y a un volumen en pugna con una orquesta mรกs poblada de lo habitual. A su manera, tambiรฉn contribuyรณ al fracaso de los duos, lo que a mi parecer es la esencia de esta รณpera que fue creada para arrebatar.
No obstante, es de justicia significar que para cualquier cantante profesional no debe ser considerado un fracaso lo anterior, como no lo es para un alpinista el no poder alcanzar un ochomil y volverlo a intentar.
Al final, tras aplausos y telones, la funciรณn termino casi a medianoche, horario inconveniente en la semana laboral y que merecerรญa un europeo ajuste para futuras ocasiones en las que se programe este tipo de obras, que no fueron creadas para las prisas de esta contemporaneidad…
Tras casi 120 grabaciones oficiales de โTristรกn e Isoldaโ, la icรณnica de Furtwรคngler con Kirsten Flagstad en 1953 destaca como un referente musical difรญcil de superar, pero en registro mono, lo cual no permite disfrutarla en su integridad. Por ello, mi recomendaciรณn apunta a la magnรญfica toma stereo y en vivo realizada por Deutsche Grammophon desde el Festival de Bayreuth de 1966, con la probervial direcciรณn de Karl Bรถhm y las volcรกnicas interpretaciones de Birgit Nilsson, Wolfgang Windgassen, Christa Ludwig, Marti Talvela y Eberhard Waechter. Un legado para la eternidad.












